Prólogo: Un duro despertar / Capítulo 1: Primeros Contactos



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PRÓLOGO:

UN DURO DESPERTAR.

“Every experience is a form of exploration”
Ansel Adams

“Exploration is what you do when you don’t know what you’re doing”
Neil deGrasse Tyson

“I’m not afraid of storms, for i’m learning how to sail my ship”
Louisa May Alcott

"Though I'm past one hundred thousand miles
I'm feeling very still
And I think my spaceship knows wich way to go."
David Bowie, “Space oddity”


Tomás despertó. El dolor de cabeza era mayor que las náuseas, aunque cada tanto esto se invertía. Se sentía como la mañana después de la peor borrachera de su vida, pero multiplicada por cuatro. Y todavía quedaba el asunto de averiguar dónde estaba. Intentó abrir los ojos. La poca luz que había en el lugar fue suficiente para clavarle astillas fotónicas en sus pupilas. Cerró los párpados, tomó coraje, respiró profundo y volvió a intentarlo.
La habitación parecía un galpón, o hangar. O la boca de una ballena. Había otras personas a su alrededor. No podía contarlas, (necesitaba enfocar la vista para eso), pero a vuelo de pájaro le parecieron cientos. Todos estaban igual que él: en el piso, mareados, luchando contra sus cuerpos para lograr incorporarse. Vinieron a su mente algunos recuerdos confusos. Una fiesta, un viaje, música, una pelea familiar, las sirenas de la policía, disparos... ¿y un OVNI?
Dejó que su cuerpo descansara, que recuperara algo de su fuerza. Aprovechó ese breve descanso para poner a trabajar a su mente. Y entonces recordó.

La pelea familiar había sido con su padre. Oscar era policía retirado. Una tradición familiar que Tomás había decidido romper poco antes de cumplir los diecisiete. El motivo de la transgresión había sido la muerte de su hermano Carlos. Porque Carlos sí había seguido la tradición familiar. Pero también se había metido en asuntos medio raros. Y esos asuntos terminaron en un sospechoso asalto con olor a ajuste de cuentas. Tomás no quería ser parte de eso. Y muy a pesar de la opinión de su padre, decidió que su futuro estaba en el estudio. Aunque todavía no se había decidido sobre qué carrera elegir. Lo cual lo llevó a hacer un viaje.
El mejor viaje de su vida. El mejor viaje de su vida, hasta ahora. Había salido — casi se había escapado — hacía algo más de un mes. De mochilero, silbando bajito "Rutas argentinas". Alejándose de aquel padre que intentaba imponerle un destino. Y también incapaz de decidir por su cuenta hacia dónde iría su vida. La secundaria había quedado atrás el año anterior. Sabía que no quería seguir los pasos de su padre y su hermano. Aunque eso no significaba que supiera lo que quería hacer. Le interesaba la idea de estudiar ingeniería, pero su corazón latía con fuerza cada vez que consideraba alguna carrera relacionada con la astronomía. Por dentro culpaba a la ciencia ficción de aquella indecisión; ya desde niño podía pasar horas mirando series, películas o libros ambientados en el espacio. Y aquel viaje/escape lo llevó sin rumbo fijo a Entre Ríos, Corrientes, Chaco, Salta y finalmente, cuando alguien le habló del Encuentro espiritual en el Uritorco, a Córdoba.
Aquello era una fiesta. Pero una fiesta distinta. Sí, había música, pero también predios enormes con gente meditando, o haciendo taichi. Había escenarios, pero en lugar de grupos de música subían religiosos y filósofos, cada uno hablaba, explicando sus creencias. Tomás se quedó escuchando a algunos. Una congregación hablaba de la Era de Acuario, como si estuvieran en plenos años '70. Y al terminar, una secta norteamericana explicaba que para ellos Jesús había sido un extraterrestre y la nave que lo traería de regreso estaba pronta a llegar. Y a continuación, un grupo intentaba explicar la filosofía budista. Tomás nunca había estado en un lugar semejante. Parecía una especie de paraíso.
Hasta que se oyeron las sirenas.
Se trataba de al menos quince patrulleros. Y no llegó a contar la cantidad de micros. Adivinó lo que iba a pasar, irónicamente, gracias a las charlas de su padre en aquellos asados familiares de otra vida. Los patrulleros iban a establecer un perímetro, mostrar la cantidad de efectivos para demostrar su fuerza e indicar por altavoz la razón del procedimiento. Drogas, seguramente. Había visto, olfateado y le habían ofrecido distintas variedades de drogas durante aquel evento. Así que comenzó a alejarse, sin correr, hacia las partes más altas de la ladera del Uritorco, a donde ninguna fuerza de seguridad había llegado aún. Por un tiempo estuvo a salvo.
Hasta que comenzaron los disparos.
Cerca de mil personas se encontraban en el festival cuando todo ocurrió. Sin contar a los policías y agentes de la DEA. Cuando empezaron los disparos se produjo un verdadero caos. Una estampida humana, con gente corriendo en todas direcciones, tropezando entre sí. Tomás intentó tirarse al piso, pero evaluó que corría el riesgo de ser pisoteado y decidió seguir corriendo hacia la cima del cerro, lo más lejos posible del enfrentamiento.
Fue entonces cuando apareció el OVNI.
La inmensa mole metálica se estrelló no muy lejos de donde se encontraba en aquel momento. Su visión lo dejó a la vez fascinado y asustado. El sueño de toda su vida y la pesadilla de la que había escapado se juntaban allí, en las laderas del Uritorco, uno en la base, otro en la cima. Fue una respuesta perfectamente natural para Tomás el correr con todas sus fuerzas hacia la nave, apenas se abrieron sus puertas. Mucha gente lo siguió. Al parecer preferían el misterio de lo desconocido que los horrores de la violencia humana.
Y eso era lo último que recordaba.

Volvió a intentarlo y esta vez logró incorporarse. No era el único. Varios de los que lo habían seguido estaban levantándose también. Caminó tambaleante hasta una ventana. Fueron diez pasos que parecieron diez cuadras. Y al asomarse pudo ver el exterior: un cielo nocturno con más estrellas de las que nunca había visto en la vida. Y la luna, aunque había algo raro en ella. El color era distinto. Y entonces lo comprendió, cuando un nuevo cuerpo celeste entró en su rango visual. Aquella no era la Luna, porque la Luna nunca había estado orbitando alrededor de un planeta anillado. Y comprendió que en aquel momento la nave se encontraba... ¡en la órbita de Saturno!
Estuvo con la cabeza apoyada contra la ventana y su boca abierta como una "O" mayúscula hasta que alguien le tocó el hombro. Era una chica, recordaba haberla cruzado durante el festival, habían charlado sobre música y libros brevemente. Su nombre era Noelia, según recordaba.
— ¿Qué pasó?
Tomás no podía responder aquello que aún no sabía, así que le cedió su lugar frente a la ventana. Ella suspiró, primero de sorpresa, luego de miedo.
— ¿Esto es real? ¿Estamos en...?
— El espacio, la frontera final, completó la frase Tomás, impostando la voz. No podía entender cómo tenía ganas de hacer bromas ante aquella inverosímil situación. Pero se sentía bien.
Un hombre los escuchó y se acercó dando rápidos tropezones. Empujó a la chica fuera de la ventana y miró hacia el vacío.
— ¡Tenía razón! ¡Ese loco maldito tenía razón! No puedo creerlo, pero... Pero...
Y recayó en el mutismo.
— ¿Quién tenía razón?, preguntó la chica, olvidando la actitud grosera del hombre.
— ¡Ese loco! ¡Ese rufián, traficante, criminal!, ante cada insulto, la cara del hombre se ponía más y más colorada.
— ¿Ese... mesías? — dijo una voz — Creo, agente Culbert,que esa es la palabra que usted busca para definirme.
El misterioso hombre hablaba con una voz que inundó el recinto sin necesidad de gritar. Sus manos aleteaban teatralmente, acompañando las palabras con gestos realizados con dedos ofidios. El tal agente Culbert abrió tanto sus ojos, que pareció por un momento que Saturno había ganado otros dos satélites. Sus manos temblaron, indecisas sobre si tomar su arma o entrelazarse en oración. Tomás reconoció esa mirada. Era la misma que había tenido su hermano la última vez que lo vio, antes de que lo mataran. Apartó a la chica, que había quedado entre él y Culbert, caminando lentamente hacia un costado. Había una historia entre aquellos dos hombres, una historia de conflictos. Y estaba por definirse ahí mismo.
El hombre de los gestos tespianos acortó la distancia entre él y su adversario hasta quedar frente a frente.
— ¿Y bien, Culbert? ¿Qué harás ahora? ¿Arrestarme? ¿O reconocerme como tu salvador? ¡Como el Último Profeta!
Los ojos del agente, dos frías gemas en un rostro pétreo, comenzaron a llorar. Finalmente, el hombre cayó literalmente sobre sus rodillas y murmuró una palabra, inaudible para aquellos que se encontraban a más de un par de pasos de distancia: "Perdón".

Tomás apartó la vista de la escena y miró alrededor. Parecía que todos aquellos que ocupaban aquel enorme recinto habían despertado ya. Sintió la necesidad de averiguar qué estaba pasando. Y viendo que ya no había ningún conflicto entre aquellos dos hombres, habló lo más alto que pudo, sin llegar a gritar.
— Si ya están todos bien, creo que deberíamos explorar esta nave. Encontrar a sus tripulantes y averiguar por qué nos secuestraron.
Aún incapaz de incorporarse, el agente Culbert respondió:
— Puede que te cueste creerlo, Dios sabe que a mí mismo me ha costado mucho hacerlo, pero no nos han secuestrado. Hemos sido ascendidos. ¡Y estamos yendo hacia el Paraíso!
El hombre teatral sonrió satisfecho. Luego tomó la palabra. Habló para todo el recinto.
—¡Es así! En verdad os digo que es así. Porque nuestro Señor me ha elegido como su profeta, para avisar al mundo que su regreso estaba cerca. Ya lo dijo el Libro Sagrado, que su Segunda Venida sería con todo su poder. ¡Y éste poder es el que nos ha elevado más allá de los cielos! ¡En rumbo directo hacia el planeta Paraíso!
Un murmullo general inundó la sala. El considerarse un enviado de cualquier deidad nunca pasa desapercibido. Los segundos siguientes definirían una buena parte de la vida dentro de la nave. Tomás lo entendió y decidió evitar cualquier posibilidad de conflicto.
— Creo que primero debemos saber qué tan grande es esta nave... y buscar a sus tripulantes.
Y como por arte de magia, comenzaron a oírse palabras de aprobación. El auto proclamado Mesías lo miró, estudiándolo en silencio. Su mirada pasó brevemente de una furia apenas contenida a una expresión neutra y de allí a algo parecido al interés. Un segundo después sonrió, chocó sus palmas en un sonoro aplauso (uno solo) y exclamó:
—¡Este joven tiene razón! ¡Nuestra nave puede haber sido enviada directamente desde los cielos por nuestro Señor, pero seguramente sus ángeles la pilotean. ¡Arriba, mis hermanos! ¡Es momento de explorar!
El hombre teatral se acercó a Tomás, extendiendo su mano.
— David Stern, encantado.
Tomás se presentó. El hombre era puro carisma. ¿Había imaginado aquella mirada de fuego? Porque nada le indicaba en aquel rostro que Stern tuviese algo en su contra.
Tomás, Stern, el agente Culbert, Noelia y otros más se dirigieron hacia un pasillo a la derecha. El resto se dividieron entre un pasillo central y otro a la izquierda.

El pasillo los llevó por una serie de corredores sinuosos que desembocaron en una habitación semi circular, repleta de consolas. Una gran pantalla al frente hizo que Tomás dedujera que se trataba del puente de mando.
Una luz titilaba en una de las consolas. Un joven se acercó a esta y comenzó a tocar los controles. Una voz inundó el recinto.
— Hola. ¿Me escuchan? Creo que desde aquí se puede hablar a otras partes de la nave. ¿Me escuchan?
El joven tocó otros botones y respondió:
— Escucho. Escuchamos. ¿Quién habla?
La otra voz hablaba con una tonada que a Tomás le resultaba difícil de ubicar.
— Me llamo Raúl Quiroga. Estamos en lo que parece ser la sala de motores de la nave. ¿Hablo con el puente, verdad?
El chico que había tocado la consola miró al resto del grupo, sin saber qué responder. Tomás asintió con la cabeza.
— Es el puente, sí. Yo soy Quique Montoya. ¿Hace mucho que estás ahí?
—Recién llego. Estaba en el Uritorco, con ustedes. Tomamos el camino de la izquierda y cuando quisimos acordar estábamos aquí.
El joven miró al grupo nuevamente, como pidiendo la aprobación para seguir hablando y respondió:
— Nosotros tomamos el pasillo de la derecha, Raúl. Y esto te puede parecer re loco, pero miro este tablero y me conozco todos los controles.
— ¡Me pasa lo mismo! Nunca había visto máquinas como estas. Así y todo puedo decir para qué sirve cada una.
Stern se acercó al lugar. Le hizo señas al chico, preguntando con gestos si su interlocutor podía oírlo. El joven asintió. Entonces habló.
— Señor Quiroga, soy David Stern, a cargo del Arca. — hubo varios cruces de miradas ante esta afirmación — ¿Qué tan bien conoce los motores?
En la voz que salía del parlante podía adivinarse una sonrisa de alegría.
—¡Bastante bien, diría yo! Puedo decir qué es cada cosa, cómo funciona y qué necesito para arreglarla en caso de romperse. No entiendo cómo, pero lo sé.
— Entonces, mi querido amigo, usted será nuestro jefe de Ingeniería.
Luego se dirigió a quienes lo acompañaban en la sala:
— ¿Alguien más conoce las funciones de algo?
— Esta es la consola de comunicaciones, no cabe duda — dijo Quique y agregó — ¡Parece mentira, pero la conozco mejor que la consola que uso para mezclar ritmos en el bar!
— ¡Desde acá se puede controlar el rumbo de la nave!, dijo Noelia.
— Y estas son las armas y sensores tácticos, no me cabe ninguna duda, comentó el agente Culbert.
— ¡Bien!, exclamó Stern, chocando las palmas nuevamente, ¡Entonces tenemos gente a cargo de las comunicaciones, el rumbo y las armas! Ahora necesitamos saber hacia dónde vamos a ir.
— Ahora volvemo' a casa, mi hija está allá.
Era una mujer la que hablaba. Tomás se acercó a ella.
— ¿Estás segura de que está allá? ¡Subió mucha gente!
— Corrimo' cerro arriba cuando empezaron los disparo'. Ella tropezó. No pude volver para atrá', porque había demasiadas persona' corriendo y la perdí de vista. Pero ella es asmática, no creo que haya podido llegar hasta acá.
— No lo sabemos. Te prometo que la vamos a buscar. Y si no está acá, volvemos.
— ¡Que alguien acompañe a la señora a buscar a su hija!, ordenó Stern. Pero cuando Tomás la tomó del brazo, exclamó: ¡Usted no! ¡A usted lo necesito acá por el momento!
Una chica se ofreció a ayudarla y salieron de la habitación.
Stern se acercó a Tomás y susurró:
— No podemos volver. ¡No vamos a volver! ¡No hagas promesas que no podrás cumplir, jovencito! — y antes de darle tiempo para responder, agregó en un tono opuesto al que venía usando para regañarlo, más amable — Todos parecen tener una función asignada en nuestra Arca. ¿Cuál crees que sería tu función en este viaje?
Sorprendido, Tomás no supo qué responder. Todavía no sabía cuál iba a ser su función en la Tierra, menos iba a saber qué hacer en una imposible nave interestelar, en una misión supuestamente religiosa.
— No sabría decirte. Siempre me gustó mucho la ciencia ficción. También me leo cada artículo de astronomía que encuentro, y miro todas las series y libros de ciencia ficción que haya por ahí, así que todo esto me resulta más familiar que a muchos de los de acá. ¡Pero no tengo idea de qué hacer con una nave real!
Stern le puso ambas manos en los hombros y le dijo, olvidando su enojo anterior:
— ¡No digas nada más! Serás mi mano derecha. Tengo en claro nuestra misión. Necesito tus consejos para llevarnos a destino. — y levantando la voz para que todos oyeran agregó — ¡para llegar al Paraíso!
Culbert aplaudió con fervor fanático. Un par de personas lo imitaron. Segundos después se sumaron algunos más, hasta que casi todos los que estaban en el puente vitoreaban al excéntrico líder religioso.
Tomás observaba todo maravillado, como se observa un accidente de tránsito o también un hijo recién nacido. Pero no aplaudió. Stern lo notó y abandonó por medio segundo su éxtasis para levantar una ceja ante su actitud. La expresión desapareció tan rápido de su rostro que Tomás llegó a pensar que lo había imaginado.
Mucho después, quizás demasiado tarde, entendió que de haberlo tenido en cuenta, las cosas hubieran salido de otra forma.

Poco después, cada uno tenía asignado su puesto. Algo había pasado, probablemente mientras estuvieron desmayados. Algo que los había dotado con las habilidades necesarias para dirigir la nave. Por otra parte, hasta el momento no habían encontrado ninguna señal de los tripulantes anteriores. Stern aprovechó esto para decir que aquello era simplemente "un regalo de Dios". Pero había quien pensaba que se trataba de un experimento de la NASA, una nave automática fuera de curso y hasta que nada de aquello era real y ellos habían muerto en la redada de la DEA.
Fuera lo que fuese, lo cierto era que ya habían conseguido encender los motores y se encontraban cerca de la órbita de Plutón.
De repente, Tomás tuvo una idea. Se acercó al puesto de Quique Montoya y le preguntó:
— Quique, ¿Te aparece alguna especie de nave cerca? ¿Cualquier cosa artificial?
Enrique acarició sus controles, como lo hacía cuando pasaba música en los boliches, allá en la cada vez más lejana Tierra. Algo apareció en su pantalla.
— ¡Veo algo! ¿Vos decís que es otra nave como esta? ¡Ah, no pará! Es muy chiquita para ser otra nave.
Tomás sonrió. Era lo que buscaba. Le pidió a Noelia que fijara el rumbo y hacia allí se dirigieron. Usaron algo que Culbert definió como "cuerda de gravedad" para subirla a bordo. Sin explicaciones, Tomás corrió a ver el objeto, solicitando la compañía de Raúl y Stern. Llegaron prácticamente al mismo tiempo a la bahía de carga donde éste se encontraba, la cara de Tomás rebasaba de admiración.
— ¿Qué es?, preguntó Raúl, luego de presentarse. Tomás lo miró, incrédulo.
— ¿En serio me lo decís? ¡No la conocés? ¡Este bebé es la Voyager!
— ¿La sonda de la NASA?
— ¡Ajá!
Y ambos se quedaron maravillados, mudos, hasta que Stern los interrumpió.
— ¿Y para qué queremos un antiguo juguete espacial?.
— Porque si nos encontramos con extraterrestres... bueno, según tengo entendido, acá hay un disco diseñado por científicos para que cualquier especie lo pueda entender. Si tenemos que hablar con ellos, podemos empezar por ahí.
Hubo murmullos de aprobación. Todos los presentes lo consideraron una buena idea. Salvo Tomás, porque había mentido. El verdadero motivo para guardar la Voyager era el mapa que indicaba cómo regresar a la Tierra. No podía dejar de pensar en aquella mujer que había preguntado por su hija. Mientras Stern en su fanatismo había decidido que la única opción era buscar un lugar que podría o no existir, su propia decisión había sido que si encontraban una raza lo suficientemente amigable como para confiarles la vida de quienes quisieran volver a la Tierra y sus coordenadas, intentaría hacer regresar a quien lo quisiera.
Y así, mientras volaban hacia el exterior del sistema Solar, comenzó lo que en algún momento le traería uno de los peores problemas de su ya problemática vida.




CAPÍTULO 1: PRIMEROS CONTACTOS

“A spaceman came travelling on his ship from afar,
'Twas light years of time since his mission did start,
And over a village he halted his craft,
And it hung in the sky like a star, just like a star”


Chris de Burgh - A Spaceman Came Travelling

NOELIA
Todavía no habían pasado 24 horas desde que habían despertado en el interior de aquella nave que Stern insistentemente había denominado "El Arca". Algunos detalles, como la función que cada uno de los refugiados tendría en aquel viaje, estaban resueltos. Otros, como el rumbo a seguir, eran una incógnita. Stern, Tomás, Noelia, Enrique, Culbert y otros se encontraban en el puente de mando después de hacer una recorrida general por el resto de las instalaciones. Era el momento de trazar el camino a seguir.
— ¿Para dónde vamos, entonces? — preguntó Noelia, la encargada del timón.
— Aún no lo sé — respondió Stern — lo único que me ha dejado en claro nuestro Señor es que no podemos volver hacia atrás.
— ¿Por qué? — quiso saber Enrique, desde su consola de comunicaciones.
— Por el diluvio, desde luego.—respondió Stern con la misma naturalidad que si hubiera estado hablando de la lista de compras del supermercado.
— ¿Diluvio?
— ¡Sí! ¡Una lluvia sin fin! ¡De fuego y azufre! No hay a donde volver, porque nuestro antiguo hogar, aquel nido de incontables desdichas y desigualdades será consumido dentro de siete días. ¡Así me lo ha revelado nuestro Padre en una visión!
Tomás decidió bajar la vista. Algo en su interior le dijo que podía ser peligroso cruzar miradas con cualquiera. Sobre todo con Culbert vigilando cada expresión, listo para reportar y, de ser necesario, juzgar. Por el momento le seguiría la corriente. Pero a pesar de que las probabilidades de que una nave espacial se apareciera justo frente a alguien que durante años había predicado que aquello iba a suceder eran astronómicas, se negaba a creer que aquella era una nave enviada por algún incierto dios dispuesto a incinerar su planeta. Al menos hasta tener a la deidad frente a sus ojos.
— Si tenemos que elegir un camino a seguir, creo que lo mejor es que decida nuestra navegante, propuso Stern.
— ¿Yo? ¡Hay, ni idea! — dijo Noelia, mirando el mapa que le mostraba su pantalla, lo pensó un poco y agregó: ¡Ya sé! Siempre me gustó el horóscopo. Miro este mapa y acá veo Libra, acá Sagitario, estas de acá son Acuario... Yo soy de Tauro. ¡Pero una taurina atípica, ojo! ¿Les parece que vayamos por ahí?
Al no tener una dirección definida, cualquier punto les parecía bien. Así que el consenso fue general.
Y partieron hacia Tauro. A máxima velocidad.

TOMÁS
El primer turno de Tomás había transcurrido sin novedades. Cada centímetro que avanzaban en el vacío era un récord en la historia de la humanidad, así que a pesar de no haber visto más que aquel oscuro tapiz manchado de estrellas, sentían una emoción reservada únicamente a los pioneros. Aún así, se sentía agotado. Había pasado la primera parte del turno sentado junto a Stern, escuchándolo hablar de la supuesta "misión sagrada" que emprendían. El auto proclamado capitán hablaba con tanto fervor y entusiasmo que no le había dejado hacer ni un comentario. Y tenía un montón de cosas que decir. Debían discutir varios asuntos. Aspectos fundamentales en un viaje de aquella naturaleza. Por suerte, en medio de su monólogo se interrumpió y decidió salir del puente para recorrer la nave. Tomás se quedó un momento sentado en silencio, agotado. Quique sonrió al verlo bostezar y le dijo:
— Es intenso el hombre, ¿eh?
Un chorro helado de adrenalina le inundó las venas al escuchar aquello. Si Quique lo había notado, entonces Culbert lo había notado. Y si aquel fanático podía siquiera sospechar que alguien no estaba de acuerdo con los ideales de Stern, las cosas podían ponerse muy feas.
— Estoy cansado, nada más. ¡Ya en el festival me estaba muriendo de sueño, y todavía no me pude acostar a descansar ni un rato!, dijo para disimular. Miró a Culbert de reojo, pero no notó ningún tipo de reacción. O quizás estaba imaginando cosas. Su hermano siempre le decía que era medio dramático.Y al parecer su hermano tenía razón. Culbert seguía con sus tareas de familiarizarse con su nuevo puesto de trabajo. Si había notado algo de lo sucedido, no daba muestras de ello.
Decidió abandonar su puesto cuando descubrió que se había quedado dormido sentado. Noelia y Enrique le lanzaron una sonrisa entre burlona y cómplice. Dejó el puente a cargo de Culbert y salió hacia el corredor que llevaba a su habitación. Otro conocimiento adquirido inexplicablemente: la ubicación de su cuarto. Sin embargo no pudo llegar a su destino. Se cruzó con Stern en el camino y éste le dijo las palabras que uno nunca quiere oír de una pareja o un jefe: "tenemos que hablar".
Caminaron hasta un recinto mucho más grande que sólo unos pocos habían visto hasta el momento. Estaba lleno de mesas y sillas. Sin lugar a dudas se trataba del comedor. Se sentaron en una mesa. Poco después se les acercó una chica.
— ¿Quieren comer algo?, preguntó. No podía decirse que expresara alegría al hablar, pero tampoco tristeza. O enojo. Hablaba con el tono neutro y carente de emoción de un androide de película de ciencia ficción. Como indiferente ante ellos.
— ¡Tengo tanto sueño que no me había dado cuenta del hambre que tengo!, dijo Tomás, intentando ser gracioso. No le salió. La chica se volteó, volviendo a lo que seguramente era la cocina, Stern apenas sonrió.
— Entonces, señor Stern...
— David, por favor. O Dave. O Capitán, si estamos frente a alguien. Pero entre nosotros soy David. ¿OK?
— Ok, David.
— Te preguntarás por qué te he traído hasta aquí. ¿Por qué te estoy robando preciosas horas de sagrado descanso? — y sin esperar respuesta, agregó — Porque si vas a ser mi mano derecha, necesito conocer a mi mano derecha. ¡Como la palma de mi mano! ¿No?
Tomás se rió ante la ocurrencia.
No llegó a contestar. La chica que los atendía regresó con dos platos de una pasta grumosa de un color negro azulado. Y dos vasos con un líquido del mismo color.
Ambos hombres se miraron, compartiendo su extrañeza. Tras dejar los alimentos, la chica empezó a retirarse, cuando fue interrumpida por Stern.
— Perdón, pero... ¿Qué... Qué es esto?
La chica alzó sus hombros.
— Es comida. Y bebida.
— Pero... No te lo tomes a mal, pero... ¿No hay otra cosa?
— Es lo que hay. Es lo único que hay, respondió ella, lacónica.
— ¡No podemos comer esto!, dijo Tomás, ¡No sabemos si es algo apto para nosotros!
— Sí sabemos. — dijo la joven — Se lo mostré a nuestra médica. Lo analizó y dijo que tiene todo lo que necesitamos.
— ¿Alimento balanceado para humanos?, bromeó Tomás. La chica rió. Fue el primer indicio de emoción desde que habían comenzado a conversar.
— Hola, soy Florencia.
— Hola. Tomás.
— Sí, lo escuché a él cuando te nombró.
— Soy David Stern, capitán de este Arca que nos envía al Paraíso.
Florencia lo miró, inexpresiva. Murmuró un "Hola" y se retiró. Ambos hombres se miraron, extrañados.
— ¿Estará deprimida?, preguntó Stern. Tomás se encogió de hombros.
— No me parece. Creo que es así su personalidad, nada más.
Stern se mostró escéptico, por una vez en su vida.
— No sé... Me titilan todas las luces rojas que indican "Peligro, depresión". ¡No podemos permitir que un estado de ánimo tan negativo se contagie en los demás!
Era claro que había comenzado a verla como una amenaza. ¡A aquella chica, que difícilmente podría matar una mosca! Tomás supo que debía intervenir. Era ahora o nunca.
— Voy a estudiarla, si te parece bien. Así nos sacamos la duda de qué le está pasando.
— ¡Me parece muy buena idea! Necesitamos conocer a nuestros fieles. — "Tripulación", corrigió mentalmente Tomás. — Saber qué tan comprometidos están con la causa. Saber si son felices. Por ejemplo, Tommy, ¿eres feliz? ¿Crees que llegaremos al Paraíso?.
Tomás suspiró. David parecía un tipo simpático, pero no podía olvidar que el tiroteo en el festival había sido por su culpa. Y si la DEA y Culbert habían estado allí, sin dudas que era alguien peligroso. Así que debía ir con cuidado. ¡Si sólo no estuviera tan cansado!
— Voy a decirte la verdad. — Stern asintió, sonriendo amable. Parecía al mismo tiempo una imagen de Jesús y una foto de Charles Manson — No estoy del todo seguro de que nos estemos yendo hacia un planeta paraíso. Pero tampoco puedo negar que vos venís diciendo desde hace años que una nave espacial te iba a sacar del planeta y ahora estamos en el espacio, la frontera final, donde nadie ha llegado antes.
Terminó la frase y sintió que empezaba a transpirar. Estaba tan nervioso que sin darse cuenta bebió aquel líquido extraño.
— ¿Cómo está? — al principio no entendía de qué le hablaba, hasta que Stern le señaló con la mirada el vaso.
— Tiene un sabor que es una mezcla entre un licuado muy aguado y cartón. Con la consistencia de un batido.
— ¡Mmmm! ¡Yum yum! — ambos rieron, lo cual tranquilizó a Tomás — ¡Tenemos que conseguir mejor comida! ¡Las quejas por los alimentos son un factor importante para los motines!
— Podemos conseguir comida si encontramos otras naves y comerciamos. Pero antes de eso hay que establecer un protocolo de primer contacto.
— ¿Primer contacto?
— Sí, qué hacer y cómo comportarnos cuando encontremos una nueva especie.
— ¡Nah, eso es fácil! ¡Tengo un talento natural para conocer gente! ¿O no? ¡Mira cómo nos estamos llevando nosotros dos, que pocas horas atrás éramos un par de extraños!
Tomás asintió. Más por obligación que por convicción. Y continuaron conversando, sintiéndose ya más tranquilo. El resto de la charla se dio de manera muy orgánica.

RAÚL

Su turno había terminado. Aquel fragmento de tiempo había sido probablemente el más productivo de toda su vida. Desde la Sala de Motores se dedicó a conocer al resto de los "ingenieros" a cargo de mantener el funcionamiento de aquella formidable y misteriosa nave espacial. La gran mayoría habían sido mecánicos o artesanos en su "otra vida", allá en la cada vez más lejana Tierra. Como él, que un día se cansó de la monotonía de su rutina, tomó su mochila y se alejó de Cuzco. Primero en ómnibus, luego a dedo y finalmente caminando. Había hecho muchos amigos en el camino. Amistades de tierra adentro que pronto se convertían en agradables recuerdos, cuando decidían seguir distintos rumbos.
Y su rumbo, justamente, lo había llevado hasta allí: cada vez más lejos del Sistema Solar, con conocimientos técnicos dentro de su cabeza que si volviese a su hogar le valdrían al menos una docena de premios Nobel en distintos campos.
Se encontraba pensando en ello, cuando literalmente tropezó con una chica. Era muy delgada, casi transparente, por lo que el tropezón terminó con ella en el piso. Avergonzado, Raúl la ayudó a levantarse. Le pidió disculpas y aprovechó a presentarse.
— Me llamo Raúl Quiroga. Y parece que estoy a cargo de los motores de la nave.
— ¡Raúl! ¡Soy Noelia! ¡Hablamos hace un rato, cuando llamaste al puente!
— ¡Ya se me hacía conocida tu voz!
— La tuya también, por el acento. ¿De dónde sos?
— Cuzco, Perú. ¿Y tu? ¿De Buenos Aires?
— ¡Nuuu! ¿Porteña, yo? ¡Ni hablar! Soy de Neuquén.
Ambos rieron. Una amistad comenzaba a formarse. Comentaron las maravillas que estaban viviendo, la nostalgia por lo que habían dejado atrás y las ansias por descubrir qué les deparaba el futuro. Entonces Raúl se puso un poco serio.
— ¿Y qué opinas de nuestro capitán?
—¿De Stern? Es excéntrico, pero creo que algo de razón tiene.
—¿Crées que ha sido elegido por Dios para llevarnos a un planeta paraíso? — sonreía con sarcasmo. Noelia sonrió. Siempre sonreía, al parecer.
— Ya sé que suena a locura. Pero también sonaba a locura que una nave espacial lo iba a sacar del planeta. ¡Y acá estamos!
Raúl sacudió la cabeza de izquierda a derecha, como sopesando sus ideas y las de ella.
— Sí, puede ser. En ese sentido tienes razón... ¡Pero hay que admitir que sí es excéntrico! Pasó hace unas horas por el cuarto de motores. Se presentó, nos dio un discurso grandilocuente, intentando inspirarnos y luego se fue. En todo el rato que estuvo allí, me dio la sensación de que no nos miraba. De que buscaba a alguien. Alguien que no estaba allí.
— Mmm... ¡Interesante! ¿Alguien como algún conocido?
— Puede ser. Seguramente. Después de todo, se encontraba en el Uritorco con toda su secta, si mal no recuerdo.
— Rauli, ¿Sabías que siempre me gustaron los misterios? — el joven lo negó con la cabeza — ¿Y a vos? ¿Te gustan?
— Me gustan.
— Entonces te propongo que investiguemos mejor a nuestro capitán. ¡Mirá si resulta ser un extraterrestre y fue él quien diseñó esta nave! — Raúl la miró, escéptico — Digo, es una posibilidad. Hasta que no sepamos más, no podemos llegar a ninguna conclusión.
— Yo digo que deberíamos investigar bien a esta nave. Y luego buscar la relación entre ésta y Stern.
— ¡Ey! ¡Me gusta mucho la idea!
— ¡Entonces es un trato!
Y se fueron a descansar.

CULBERT

Mientras Stern le hablaba, Culbert tuvo un pequeño momento de dispersión. Es que escuchar a aquel hombre, hasta el día anterior, le había dado náuseas. Ahora, todo lo que él decía le sonaba sagrado. Y eso lo maravillaba.

Culbert había crecido en una familia muy religiosa. Sus primeros recuerdos estaban llenos de imágenes de iglesias, rezos y otros rituales. Su madre le había inculcado que cada hecho de su vida, fuera éste agradable, triste o doloroso, se debía a la voluntad de Dios. Y sólo Dios sabía el por qué de aquellos sucesos.
Por eso no lloró cuando su madre murió. Ni cuando su hermana abandonó la casa, embarazada y con sus brazos llenos de pinchaduras de jeringas. O cuando su esposa lo dejó, acusándolo de preocuparse más por su trabajo que por ella.
Sin embargo agradecía otras cosas, como las oportunidades que había tenido a lo largo de su vida para avanzar en su carrera dentro de la DEA y luego el FBI, donde había logrado especializarse en sectas y cultos peligrosos. Y había sido por esto, por su formación, que lo habían elegido para el caso Stern.

— Quiero que comprendas que entiendo que no todos nuestros pasajeros estarán de acuerdo con mi doctrina, Culbert. — le dijo Stern, sacándolo de su ensimismamiento — Pero si vas a ser mi mano derecha, necesito saber por qué. Puedo desconfiar de muchos aquí arriba, pero no puedes negar que, debido a nuestra historia previa, tú eres en quien menos confío. El Señor sabe que me has dado más de un motivo para ello.
Culbert sintió una amarga mezcla de vergüenza y arrepentimiento en su garganta. Y nada tenía que ver con la asquerosa pasta negra azulada que estaba comiendo. Y tomando.
— Crecí en una familia muy religiosa. Todo lo que siempre predicaste era una ofensa a las creencias que me formaron. Y siempre tuve mis sospechas de que tu secta...
— ¡Mi Congregación! ¡Detesto la palabra "secta"! Es una palabra que las sectas con muchos fieles utilizan para denostar a las verdaderas religiones. ¡Es un instrumento de poder, para evitar que otras creencias puedan prosperar y quitarles fieles!
Culbert daba por ciertas cada palabra que salía de la boca de Stern.
— Congregación. Perdón. Los viejos hábitos tardan en morir.
— No así quienes se apegan a dichos hábitos, amenazó Stern, con una sonrisa bonachona.
Culbert tragó saliva. Se había puesto nervioso, aún en contra de su entrenamiento. Bajó la mirada, avergonzado.
— Nos estamos desviando. ¿Qué decías de mi Congregación?
Tras recapitular, Culbert prosiguió.
— Siempre sospeché que tu Congregación estaba metida en el tráfico de drogas. Cuando finalmente pude probarlo y fui a arrestarte, ahí fue cuando escapaste a Sudamérica.
— Y seguramente el tema de las drogas es lo que te impide creer en mí.
Culbert sintió un golpe en el corazón. Nitrógeno líquido comenzó a circular por sus venas, o al menos así parecía. Se sintió como un niño que es descubierto haciendo una travesura tan grande que sus padres no sienten enojo, sino decepción.
— Es lo único que me impide creer ciegamente en tus palabras. ¡Pero no me malinterpretes! ¡Creo en tí! ¡Fervientemente!
Stern sonrió. Era aquella sonrisa de tiburón que rara vez dejaba escapar.
— Vivíamos en un mundo sucio, cruel y hostil. Un mundo condenado a morir por sus pecados. Un mundo donde sin dinero no se podía mantener la estructura de una religión. Las drogas me facilitaron el dinero para poder cumplir con mi Misión. Para poder salvar a aquellos que nuestro Señor ha decidido salvar. Aquellos a quienes mis drogas envenenaron, aquellos que murieron por los crímenes que quienes consumían las drogas perpetraban, todos ellos ya estaban muertos, en los planes del Señor. Algunos, los que verdaderamente lo merecen, están ahora allí en nuestro destino, sentados a su diestra, esperando para agradecerme. Los que no lo merecen, se revuelcan en el fuego y azufre por toda la eternidad. ¿Ahora lo entiendes, "Agente"?
El sarcasmo en la última palabra fue otro golpe para él. Una cachetada de desprecio dada con el reverso de una palma oral. Sus ojos ardieron. También su garganta. La congoja del fanático se hacía presente en su ser. Y cuando abrió la boca, terminó su resistencia y lloró al decir "¡Perdón!". Stern tomó sus manos. En su rostro todo era carisma y compasión. Ni un rastro de aquel sarcasmo y desdén de apenas segundos atrás.
— Te perdono, hijo mío.

STERN

Las ideas de Tomás eran bastante buenas, evaluó Stern, sentado sólo en la mesa del salón comedor. Se había entrevistado con casi todos los que estaban asignados a puestos de mando. Y aunque no todos estaban completamente convencidos de su doctrina, tampoco había notado focos de disenso importantes.
Se levantó. Saludó con una inclinación de cabeza a la joven que atendía el lugar. "Esta chica es peligrosa, como la loca que gritaba que quería volver a la Tierra a buscar a su hija. A esta chica la noto deprimida, o indiferente. No parece contenta de estar acá. Tengo que tenerla vigilada. ¡No puedo permitirme un suicidio! ¡Bajaría la moral terriblemente!", pensó. Y se dirigió a su habitación. Nunca había sido de los que duermen demasiado y se sentía sobreexitado por todo lo que estaba sucediendo, pero sus párpados insistían en recordarle que ya estaba extendiendo su vigilia por un tiempo mayor del aconsejable.
"¡Un censo! ¡Eso tengo que hacer! Necesito saber si alguien de mi grupo llegó a abordar. Cuánta gente de confianza tengo realmente acá. Porque si tengo que matar a alguien, no creo que pueda contar con Culbert. Al menos no todavía. Tengo que trabajarlo más."
El cansancio y sus pensamientos se vieron interrumpidos de repente por un encuentro fortuito.

— ¿Dave? ¡Al fin te encontré!
Aunque la voz venía desde detrás suyo, no necesitó más para saber quién le había hablado.
— ¡Mike! ¡Mi viejo y querido amigo!
Ambos se abrazaron, sonriendo. Se conocían desde hacía años. Lo suficiente como para que con una mirada David pudiera explicarle que allí no podían hablar con libertad.
— ¡Siempre supe que estabas en lo cierto! ¡Nunca dudé de tus palabras! ¡De tus enseñanzas!
— Tranquilo, viejo amigo. Nuestro Padre Celestial nunca podría haberte abandonado en aquella Tierra destinada a arder. No a tí, el más fiel de mis discípulos.
Y continuaron así hasta llegar a los aposentos del capitán. Allí ambos sufrieron una transformación alquímica. O más bien, pudieron mostrarse sin disfraces.

— ¿Cuántos sobrevivieron?, quiso saber Stern.
— No muchos. Parker, Bench, Morales, Keegan. Y un puñado de ovejas. Por lo que pude averiguar hasta ahora, unos diez o doce. Pero puede haber más.
Stern sopesó la información. Su mente comenzó a planificar estrategias y descartarlas. Era lo que siempre hacía. Era lo que lo había llevado hasta allí.
— Somos pocos. Necesitamos evangelizar. Quiero que le hables a los del Círculo Interno. Necesitamos más ovejas. Y necesito que identifiques los posibles focos de problemas. ¡No quiero motines, ni insurrecciones! Hay una joven en el comedor que parece estar siempre deprimida. Y apenas llegamos tuve una breve discusión con una loca que quería volver a la Tierra para encontrar a su hija. Quiero que las investigues.
Mike asintió. Luego tragó saliva ruidosamente. David reconoció ese gesto: estaba por darle malas noticias.
— Culbert está aquí.
Stern se asustó. Luego comprendió que con "aquí" se refería al Arca, no a su habitación. Sonrió aliviado.
— El bueno de Culbert se ha convertido en la oveja más oveja que puedas imaginar.
Ambos rieron sonoramente.
— ¿Ese boy scout? ¿Cómo?
Stern lo miró, extrañado. Su sonrisa se evaporó como alcohol en el desierto.
— Porque vio la incuestionable verdad, desde luego. — Mike lo miró sin comprender, entonces agregó — ¡Que mi religión es la verdadera, por supuesto! ¿O lo estás dudando?
Mike lanzó una carcajada. La silenció al ver la expresión de furia de su amigo.
— ¿No crees en mi palabra, Michael?
Intentó responder, pero no le salió la voz.
— ¿Crées que estamos aquí, cada vez más lejos de la Tierra, por una simple e improbable casualidad?
— No, Dave, yo...
— ¿Debo preocuparme porque aquel que en otra vida fue mi mano derecha ahora se me opone?
— Dave, mi vida es tuya. Siempre lo ha sido.
Stern sonrió. Una lluvia de fuego y azufre había erradicado todo signo de enojo de su rostro.
— ¡Eso es todo lo que quería escuchar, Mike! — Y tras un silencio juzgador agregó — Mike, todo lo anterior, las drogas, los engaños, las mujeres, sacarle las casas a los incautos... todo eso quedó atrás. Somos nuevas personas. Con nuevas vidas. Lo anterior fue un medio. Y estamos yendo hacia el fin que justifica dichos medios. ¿Entiendes?
Mike bajó la mirada. Asintió levemente.
— ¿Entonces, Mike, ¿eres un hombre nuevo, o eres un problema?
Todavía mirando al piso, murmuró "un hombre nuevo". Stern sonrió y le palmeó el hombro. Al hacerlo, notó una expresión de dolor en su amigo.
— ¿Ahora te molesto cuando te toco? ¿Ese es el hombre nuevo en que te has convertido?
Una inyección de adrenalina congeló las venas del hombre. Sin pensarlo, se rompió la camisa, dejando su hombro izquierdo al aire. Había un vendaje en él.
— Fue un disparo. Arriba del corazón. Casi muero, Dave. ¡Casi muero por tí! ¡La doctora de la nave tuvo que hacer un milagro para no perder el brazo!
Stern se notó genuínamente sorprendido.
— ¡Mike! ¡No tenía idea!, hizo un breve silencio para asimilar la noticia y agregó:
— ¡Supongo que le debemos tu vida a la buena doctora, entonces! ¿La conocemos?
— No es de los nuestros. Era local, una argentina.
David asintió. Su mirada se perdió en un punto varios años luz detrás de la pared. Permaneció así demasiado tiempo. Mike iba a volver a hablar, cuando Stern dijo:
— Todavía no conozco a todos nuestros tripulantes. ¿Qué clase de líder soy? ¡Pero somos tantos! ¡Pasé buena parte del día familiarizadome con los sistemas de la nave y entrevistando a aquellos más cercanos a mí. ¡Pero todavía no conozco a todos!
— Ya habrá tiempo. Vamos a tener un largo viaje. Y mañana será sólo un día más.
David lo miró, sonriendo. Había ternura en su mirada. Se le acercó.
— Siempre sabes qué decir para hacerme sentir bien, Mike. Por eso eres mi favorito. Y tomándolo de la nuca le besó los labios.
Una hora después, Stern dormía tranquilo.

Mike no.


NOELIA

¿Era el comienzo de un nuevo día? No había manera de saberlo, sin un Sol para indicarle el paso del tiempo. En cualquier caso, ella se sentía descansada y lista para volver al timón. Se levantó, evitó el momento del desayuno (antes de acostarse había pasado por el comedor y ya sabía cuál era el menú, por lo que no estaba ansiosa por volver a comer) y se dirigió al puente. Cuando estaba llegando se encontró con Tomás. Hablaron brevemente de la necesidad de ampliar el menú del buffet y luego ella sintió la necesidad de preguntarle algo importante:
— Te va a sonar un poco raro, porque yo soy la que supuestamente conozco mejor el sistema de navegación, pero... ¿Cómo sabemos que estamos yendo en la dirección correcta?
Tomás la miró. Ella era pura inocencia. Era improbable que le hiciera esa pregunta a pedido de Stern. Era una duda genuina.
— No lo sabemos. Por otro lado, ¿cómo sabemos que el camino que elegimos seguir en nuestra vida es el correcto? Tampoco lo sabemos, ¿no?
Ella sonrió. Luego lanzó una carcajada y le golpeó un hombro con el dorso de la mano.
— ¡Fuaaa! ¡Pará, Señor Miyagui! ¡No te hacía tan filósofo!
Él se unió a su carcajada, haciendo un risueño dueto. Llegaron al puente mientras aún reían. Enrique los miró, sorprendido. A Tomás no le importó. Realmente necesitaba las risas. Le aflojaron la tensión en la espalda que ni el sueño le había quitado.
Se fueron a sus respectivos puestos, reemplazando a quienes los ocupaban. Buscó en su pantalla la constelación de Tauro, pero no la encontró. Tampoco estaban ahí Virgo, o Piscis. Eran todas formas nuevas. Y comprendió que se debía al movimiento de la nave. Estaba viendo las mismas estrellas, desde otra perspectiva. Buscó al Sol. Lo encontró allí, al borde de la pantalla, casi a punto de desaparecer del mapa. Habían avanzado un montón mientras ella descansaba. No sabía cómo sentirse al respecto.
— ¿De qué se reían?, preguntó Enrique.
— De la vida, respondió Tomás, provocando otro estallido de carcajadas en Noelia. Su risa era tan contagiosa que todos empezaron a reír.
Entonces las puertas se abrieron al llegar Culbert, quien, sorprendido, se congeló en la entrada, mirándolos a todos con una mirada mezcla de intriga y desdén. En menos de diez segundos, todas las risas se apagaron. Había algo en aquel hombre que a Noelia le provocaba escalofríos. No podía confiar en alguien que todo el tiempo miraba a todos con desconfianza.
Decidió concentrarse en lo que aparecía en su pantalla. Aquella era su tarea. Ya tendría tiempo de reír cuando terminara. O al menos cuando Culbert se retirara del puente.

Quique la sacó de su ensimismamiento, varias horas después.
— Noelia, tengo un mensaje del Capitán Stern. Quiere verte en el salón de entrada. — Su voz mostró sorpresa — ¡Dice que de inmediato!
Noelia barrió el puente con los ojos. Cruzó miradas disimuladamente con Tomás. ¿Será que Culbert le había dicho que estaban riendo? ¿Acaso estaba prohibido reír? Realmente no sabía qué pensar, ni qué esperar. Así que llamó a su reemplazo y fue al encuentro de Stern, preparada para lo que fuera. O al menos eso pensaba.

No estaba realmente preparada para lo que sucedió. Esperaba una reprimenda, un castigo, o hasta incluso una llamada de atención.
En lugar de eso, se encontró a Stern mirando hacia el exterior por una de las ventanas. Al voltearse, sonreía.
— ¡Señorita Noelia! ¡La estaba esperando! ¡Por favor, acérquese!
Así lo hizo. Stern le indicó con una seña de su mano que mirara las estrellas junto a él.
— ¿Qué opina?, ella lo miró sin entender así que agregó: ¡De la vista! ¿Qué ve cuando mira a través de esta ventana?
Ella miró, algo nerviosa. No porque la situación fuese particularmente estresante, sino porque ella era así. Se ponía nerviosa cuando un superior le hablaba.
— Ahí está Geminis. Parte de aquellas estrellas son de Cáncer, pero aquellas otras no. No sé por qué, ni como, pero sé mucho más de todo lo que estoy viendo que antes.
— También habla inglés a la perfección.
Ella arqueó una ceja.
— ¿Inglés? No, ni una palabra. Yo más bien diría que usted habla español muy bien.
Ahora fue Stern quien arqueó una ceja.
— ¿Estoy hablando español? ¿En serio? — ella asintió, tímida — ¡Wow! ¡Qué extraño! ¡No me había dado cuenta!
Rieron mientras miraban las estrellas pasar.
— La mandé llamar porque quiero conocerla mejor. Vamos a trabajar mucho tiempo juntos, así que necesito saber quién es cada uno de mis tripulantes.
— Entiendo, dijo, más relajada. Comenzaba a sentirse cómoda ante su presencia.
— Quiero saber qué opina de nuestra misión.
Ella lo pensó un poco antes de responder. Finalmente sintió cómo sus mejillas comenzaban a enrojecerse y confesó:
— La verdad que no entiendo mucho cuál es nuestra misión, si me permite decirlo.
Stern la observó, sin expresión en el rostro. Parecía más una máquina escaneando un objeto que una persona observando a otra. Finalmente mostró una melancólica sonrisa, llena de tristeza.
— Todos tenemos nuestras limitaciones. Nadie es perfecto, sin importar cuánto uno crea serlo. El que usted no entienda la misión así lo demuestra.
Noelia comenzó a sentirse ofendida por el comentario. Entonces Stern agregó:
— No soy el buen comunicador que creía ser. De serlo, usted y varios otros de nuestra tripulación sabrían muy bien qué es lo que hacemos aquí. — tomó sus manos entre las suyas — ¡Gracias, Noelia! ¡Gracias por ser sincera conmigo! Esta charla me motiva a mejorar mi manera de comunicarme con ustedes. Hoy pienso dar un discurso explicando bien lo que vamos a hacer.
Ella se ruborizó como nunca lo había hecho antes. Lanzó la misma risita nerviosa que había soltado algunos años atrás, cuando el chico que le gustaba la había besado por primera vez. Aunque aquella historia no había terminado bien.

Y esta tampoco lo haría.

TOMÁS

Llegó la hora del descanso y Tomás abandonó su puesto. Culbert lo acompañó por el pasillo, al principio en un incómodo silencio, hasta que se decidió a romperlo.
— Entonces, señor Culbert, ¿qué opina de nuestra situación?
El hombre que había sido un agente de la DEA y el FBI por un momento pareció despistado, como sacado a la fuerza de sus pensamientos. Segundos después retomó su habitual expresión de sagacidad.
— ¡Es tan curiosa! ¡Y a la vez... fascinante! Si hace un par de días alguien me hubiera dicho que hoy iba a ser uno de los principales ayudantes de Stern, probablemente lo hubiese encerrado por faltarme el respeto. Hoy, debo admitir que todo lo que creí desde mi cuna era falso.
— ¿Sólo porque la nave apareció?, interrogó Tomás, a sabiendas de que mostrarse escéptico ante aquel hombre podía ser peligroso.
— Porque apareció, como él lo profetizó, donde él lo profetizó.
Tomás se sorprendió al oír esto. Quizás, después de todo, Stern fuera realmente mucho más que lo que él pensaba.
— ¿David profetizó que la nave iba a caer en Argentina?
Culbert sonrió. Era una visión extraña el verlo sonreír.
— Desde luego. Fue por eso que llevó a su culto a Sudamérica. Claro que sólo les dijo que "allí estaba su destino". Como podrás imaginar, en aquel momento pensé que estaba escapando de mí por haber expuesto su relación con el narcotráfico. ¡Qué corta había sido mi visión! ¿Cómo no pude ver que no se trataba de mí, sino de algo mucho más grande? Pero sí había algo más grande. ¡Y ahora soy parte de aquel "algo"!
Alguna expresión debió escapar del autocontrol de Tomás, porque Culbert le clavó la mirada con firmeza.
— ¿Aún no crees que esta es una misión divina?, preguntó el ex agente con curiosidad. El pánico invadió a Tomás, quien se limitó a balbucear una muy obvia mentira:
— Todavía no. ¡Pero cada vez estoy menos escéptico!
Culbert respondió con un mísero "Mhm". Caminaron juntos en silencio hasta que tomaron caminos diferentes.
"¡Esto salió muy, pero muy mal!", se dijo.

Sin proponérselo, terminó en el buffet. La chica que lo había atendido antes, durante su reunión con Stern, se le acercó.
— Hola, Tomás. ¿Te traigo lo de siempre? Ambos rieron. El batido negro azulado, con un plato de pasta haciendo juego, era el único alimento disponible en aquella supuesta "Arca de salvación".
— ¿La verdad? Tengo más ganas de conversar que de comer.
Ella no entendió al principio. Luego cayó en cuenta de la invitación, sonrió levemente y se sentó. Las otras mesas estaban vacías.
— ¿Todo bien en el puente?, preguntó Florencia. Por primera vez parecía genuínamente interesada en algo.
— Sí, estamos viajando hacia la constelación de Tauro. Aunque ya no tiene la forma de un toro, vista desde acá. Ni estamos seguros de que sea el rumbo correcto. Sin mencionar el hecho de que no me animo a opinar sin sentirme amenazado de muerte por la mirada de Culbert o Stern. Fuera de eso, todo bien.
Ella se lo quedó mirando con la mirada ausente, como masticando cada palabra, analizando cada frase. Después de un rato dijo:
— Culbert es un tipo muy callado. Está muy solo. Todos estamos solos, pero él está solo con sus pensamientos. Y piensa mucho. Ya vino como tres veces acá y nunca me habló más de lo necesario. Y siempre se sienta solo.
Fue el turno de Tomás de analizar lo que le decían. Finalmente dijo:
— ¿Vos decís que necesita un amigo?
— Todos necesitamos un amigo. Todos necesitamos confiar en alguien. O al menos tener la ilusión de que se puede confiar en alguien.
Su voz volvió a sonar melancólica, como cuando la había conocido, durante la entrevista con Stern.
— ¿Y vos como te estás adaptando a esto?, Florencia alzó los hombros y miró más allá de donde Tomás estaba sentado.
— Estaba sola en la Tierra. Estoy sola ahora. La única diferencia es que si miro por la ventana, a cada rato veo una nueva maravilla. Así que creo que estoy bien.— e hizo una casi imperceptible sonrisa. Tomás sonrió, una sonrisa que transmitía bondad.
— Sola no. Acá estoy yo. Cuando necesites un amigo para hablar, avisame.
Ella asintió con timidez. Por un breve instante sus ojos se mostraron capaces de mostrar expresiones. Entonces Tomás agregó:
— Me debe haber hecho bien hablar con vos.
— ¿Por qué lo decís?
— Porque ahora me dio hambre.
Y lanzaron una carcajada al unísono mientras ella se levantaba para ir a buscar aquella insulsa excusa de alimento.

Volvió a cruzarse con Culbert algo mas tarde. Éste lo saludó apenas con una leve inclinación de su cabeza. Tomás decidió acercarsele. Después de todo, a quien realmente le temía era a Stern. Culbert era sólo un pobre hombre atrapado en las redes místicas de aquel auto proclamado "profeta". Quizás, apelando a su cordura podría establecer una relación más estable con él. Además, tanto mirar por encima del hombro, tanto tener que cuidarse de cada palabra y gesto que deseaba expresar, le recordaba a su vida en casa de sus padres. Y ese era uno de los motivos por el que se había ido de allí.
— Señor Culbert, ¿puedo hacerle una pregunta? — éste asintió en silencio. Era evidente que no tenía ganas de hablarle, pero Tomás no dejó que eso lo detuviera. — ¿Cuántos años ha pasado persiguiendo a Stern?
— Ocho, contestó a secas. Siguió caminando, como dando por concluida la conversación.
Tomás sonrió. Porque cuando se ponía nervioso no podía evitar sonreír como un tonto. Juntó coraje y continuó la conversación:
— ¡Ocho años es mucho tiempo! Usted debe ser quien mejor lo conoce de los que estamos aquí.
— Me he cruzado con algunos miembros de su culto. ¡Religión!, se corrigió de inmediato. Miró alrededor como temeroso de haber sido escuchado.
— ¿Hay más de su grupo? ¡No sabía! Y dígame, ¿cómo fue que tuvo la revelación de que él era el Elegido?
Intentaba sonar genuínamente interesado. Pero Culbert debió interpretar que se estaba burlando, porque en lugar de responder preguntó:
— ¿Por qué le interesa tanto conocer su pasado, cuando es su futuro lo que debería tener en cuenta? ¡Estamos hablando de un hombre santo que, contra todo dogma conocido, eligió llevar una vida de pecado como penitencia para preparar su alma para éste viaje. ¿Sabe el sacrificio que ha hecho David? ¿Y para qué? ¡Para que ingratos como usted elijan cuestionarlo, ponerlo en duda y hasta ridiculizar sus enseñanzas! ¡No, señor! ¡No puedo permitir esta actitud! ¡Él debe saber a quién ha elegido como su ayudante!
Y se marchó, dejando atrás a un preocupado y sorprendido Tomás.

CULBERT

Caminaba a paso rápido, respirando con furia por la nariz. Stern le había ordenado buscar amenazas ¡Y la principal era aquel joven que él había elegido para ser su mano derecha! ¿Cómo reaccionaría su líder? ¿Lo encerraría? ¿Lo mandaría matar? ¿O quizás lo educaría? No importaba el método. Lo importante era encargarse del asunto.
Pasaba por el hall de entrada, camino al puente, cuando sintió un cosquilleo en todo el cuerpo. Segundos después, algo lo golpeó con fuerza en la nuca.
Fue lo último que sintió en mucho tiempo.

ENRIQUE

Había oído que en el vacío del espacio el sonido no se transmite. Sin embargo, lo que oía por sus audífonos era una sinfonía cósmica. Una serie de ritmos discontinuos e impredecibles, dignos de una buena mezcla de temas dubstep puestos en random. Cometas desintegrandose, asteroides chocando entre sí, campos magnéticos rozandose entre sí, explosiones estelares, la propia vibración de su nave. Todo era música. Y cada molécula era un instrumento que colaboraba a dar forma al ensamble.
Esto era, sin dudarlo, lo mejor que le había pasado en la vida. Al principio lo había negado, pensando que todo lo que estaba viviendo era una fantasía producto de alguna sustancia alucinógena que alguien le había dado en el Encuentro. Pero con el tiempo comprendió que aquello era real. Y casi llora de emoción.
Dedicaba buena parte de su turno a buscar señales de comunicaciones de otras especies. Nuevas civilizaciones que les indicaran que no estaban solos, viajando temerariamente más allá de lo que muchos habían llegado a ver con sus telescopios.
El resto de su tiempo en el puente de mando lo dedicaba a transmitir los mensajes de Stern a la tripulación.

Aquella mañana comenzó de una manera muy extraña. Sus compañeros fueron tomando sus puestos, relevando a quienes cumplían el turno anterior. Comenzaba el tercer día del viaje y habían logrado establecer una cierta rutina para trabajar de manera mas ordenada.
Entonces llegó Tomás.
Enrique no había hablado demasiado con él, pero las pocas veces que lo había hecho, notó que se trataba de un buen pibe. Algo cauto, quizás demasiado, pero también alguien en quien se podía confiar. Enrique separaba a la gente en dos grupos: aquellos con quienes se podría sentar a comer un asado y aquellos con los que no. Y había decidido que Tomás era un posible invitado. Sin embargo, aquella mañana llegó al puente con una actitud muy extraña. Miraba hacia todos lados, se sobresaltaba cada vez que una puerta se abría y al menos cinco veces en menos de diez minutos le preguntó si sabía algo de Stern. Enrique era bastante bueno para leer a las personas. Y era obvio para él que Tomás no confiaba para nada en quien se había declarado Capitán de la nave. Así que no entendió por qué tanta ansiedad por conocer su ubicación.
Finalmente, Stern llegó al puente. Enrique notó que Tomás se contenía. Miraba fijamente a su líder, siguiendo con su mirada el recorrido desde la puerta del pasillo hasta su asiento. Stern lo notó y antes de sentarse se lo quedó mirando, todavía de pie, desde lo alto.
"¿Todo bien?", le preguntó.
"Todo bien", respondió Tomás.
Stern se lo quedó mirando, como estudiando su nerviosa actitud. Y luego preguntó, mirando alrededor:
"¿Alguien ha visto a Culbert? ¡Está llegando tarde, y tenemos algo importante que hablar!"
Enrique revisó sus pantallas. Luego lo llamó por altavoz. Minutos después, aún no había tenido respuesta. Durante aquellos tensos minutos, la contención de Tomás comenzó a desgranarse.
Y entonces sucedió. Aquello que tanto había esperado.

Primero fueron sonidos de estática. Algo parecido a lo que podía oírse con las viejas radios de UHF cuando uno juega con la perilla del sintonizador. Luego esos sonidos se intercalaron con otros: gruñidos, graznidos, cloqueos. Enrique tardó un momento en darse cuenta y se tomó otro instante para asegurarse de que estaba en lo correcto. Todo indicaba que sí. Así que gritó, lleno de emoción:
— Creo que... ¡No! ¡Estoy seguro!
Todos lo miraron, extrañados y agregó: ¡Estoy captando una transmisión extraterrestre!
Las palabras resonaron en las cabezas de todos los presentes durante los cinco segundos de silencio que siguieron a sus palabras.

STERN

"¿Extraterrestres? Pero... ¿Cómo? ¿Serán iguales a nosotros? ¡Deberían serlo! Después de todo, fuimos hechos a imagen y semejanza de nuestro Padre.
Pero... ¿Y si no lo son? ¿Les digo que son demonios? ¡No! ¡No estamos en condiciones de pelear con nadie... todavía!
¡Ángeles! ¡Son los enviados del Señor para desearnos buen viaje!
Sí... Puedo creer eso. Y ellos también van a hacerlo.

NOELIA

¿Extraterrestres? ¿Cómo serán? ¿De dónde vendrán? ¿Cómo será su planeta? ¿Sus ciudades? ¿Tendrán horóscopos? Acá las constelaciones son distintas. Y deben tener otras mitologías y otras faunas. No creo que conozcan lo que es un carnero, un pez o un cangrejo. ¡Tendría que hacerles un horóscopo para ellos!
¿Serán los dueños de esta nave? ¿Qué va a pasar si la quieren de vuelta? ¿Y cómo sabemos si es verdad, en caso de que la reclamen? ¡Tengo que hablar con Raúl!

TOMÁS
¡Una nave! ¿Justo ahora? ¡No estamos preparados!
Tengo que manejar esto bien. Tengo que evitar que Stern meta la pata. Si hacemos todo bien, puedo intentar irme con los extraterrestres antes de que Stern me descubra...

CULBERT

¿Qué me pasó? ¡Ah! ¡Mi cabeza! ¿Dónde estoy? ¿Qué... qué es eso?

STERN

Había dado la orden a Noelia. Cambiaron de rumbo, hacia el punto de origen de la señal. Pero la otra nave parecía alejarse cada vez más, incluso yendo a máxima velocidad.
Tomás intervino, aconsejando preguntar al cuarto de máquinas si era posible aumentar la velocidad. Lo notaba muy nervioso. ¿Qué le habría pasado? Ya le pediría a Culbert que lo averiguara. Por el momento, su consejo era bueno y decidió seguirlo.
Raúl, luego de pensarlo, encontró la forma de aumentar la velocidad un poco más. Aunque según los cálculos de Noelia aún con ese incremento no sería suficiente para alcanzar a la otra nave en al menos dos días, salvo que los extraterrestres se detuvieran. Estos cálculos pusieron todavía más nervioso a Tomás, quien se acercó al puesto de la navegante, exigiéndole revisar sus cuentas. Así lo hizo, revelando los mismos resultados.
Ahora sí que David notó algo muy extraño en su conducta. Dejó el puente a cargo de Noelia y le ordenó a Tomás acompañarlo al pasillo.

— ¿Qué demonios te sucede? ¿Cómo vas a perder la compostura de ese modo? ¿Por qué estás tan nervioso?
Tomás respiró profundo. Intentaba calmarse. Cuando la gente estaba nerviosa, pensó Stern, era cuando cometía los errores más estúpidos. Era el momento de aprovecharse de eso.
— ¿Es porque encontramos extraterrestres? ¿Te preocupa lo que encontremos?
— Sí — mintió Tomás y David lo notó — ¡No podemos equivocarnos!
— No, no. Seguro que no. — Lo evaluó en silencio unos segundos. Había comenzado a normalizar su respiración. Era el momento de atacar. — Ya sé cual es tu problema — Calló, observando su reacción. Se había sobresaltado, pero no tanto. — ¡Tu problema es que te falta un trago! A mí también, pero debemos conformarnos con la Cartón Cola azulosa.
Tomás sonrió con la boca, pero sus ojos seguían expectantes. Estaba listo para otro ataque.
— No intentes mentirme, Tommy Boy.— Tomás balbuceó unas palabras de excusa. "¡Así que todo es por una mentira!", pensó. — ¡Es un trago lo que necesitas!" — Tomás lo miró, como sin poder creer lo que escuchaba. El viejo tira y afloja de insinuaciones funcionaba muy bien con él. Ya casi podía sacarle qué sucedía.
— ¡Tengo una idea! ¡Una charla de bar! Discutiremos los protocolos a seguir para el primer contacto, como aconsejaste. ¿Qué te parece? — Tomás sonrió, aliviado. Era el momento de contraatacar con artillería pesada. — ¡Una mesa de trabajo con nosotros dos y Culbert! ¿Estás de acuerdo?
Tomás perdió por un segundo el poco control que aún mantenía. Logró acomodarse, pero lo suficientemente tarde para que Stern lo notara. ¡Era algo con Culbert! ¿Tendría que ver con su repentina ausencia?
Fue en ese momento que Mike los interrumpió.
— ¡Señor! ¡Necesito hablar con usted! — miró fijo a Tomás y añadió — En privado.
Stern lo miró tan fijo que sus ojos parecían gritarle todo lo que su boca no podía en aquel momento. Luego miró a Tomás, quien comenzaba a recuperarse del sutil interrogatorio y comprendió que ya era tarde. Su segundo al mando se había librado — por ahora — de revelar aquello que lo afligía. Así que le palmeó un hombro y le dijo, rebasando una alegría ficticia:
— ¡Parece que tendremos que dejar ese trago para otra ocasión! Lamento tener que dejarte, por ahora. — Miró fijamente a Mike y agregó — lo lamento muchísimo.

Como ya habían acordado, caminaron por los pasillos hasta entrar a su habitación. Allí, una vez más, el "Capitán Stern" volvió a ser "Dave". Y "Dave" estaba furioso.
— ¡Odio ser interrumpido! ¡Estaba logrando algo ahí! — apoyó una mano entre el hombro de Mike y su cuello, apretando con el pulgar hasta hundirlo en su carne — ¡Más te vale que sea importante!
Intentando disimular una mueca de dolor, Mike balbuceó:
— La mujer... la que me pediste que investigara... ya la encontré. Se llama Diana Carrizo.
Stern aflojó su mano, pero la dejó apoyada en el mismo lugar.
— Quiero que la hagas desaparecer ya mismo, antes de que convenza a otros de volver a la Tierra. ¡Y quiero que seas discreto! ¡No puedo permitir que Culbert empiece a hacer su trabajo de detective!
— Va a ser algo difícil... — había terror en su voz. La amable mano se convirtió una vez más en una garra de acero que inflingía tanto dolor como miedo.
— ¿Me estás cuestionando? ¿Tú también, hijo mío?
— ¡No! ¡Nunca me atrevería a tanto, por favor! Es que ella... Diana... es la doctora que me salvó la vida... ¡Es nuestra única doctora!

DIANA

Sus primeros momentos a bordo de la nave habían sido caóticos, como mínimo. En lo único que pensaba era en Juliana. Su hija. La había perdido durante la confusión del tiroteo. La muchedumbre asustada las había empujado y sus manos se habían soltado. No había habido una última mirada, una frase de despedida ni nada similar. Tan sólo un fuerte tirón en su mano y la sensación de vacío en sus dedos. La había buscado entre los sobrevivientes, entre aquellos que habían logrado abordar aquella nave espacial del demonio. Pero había sido inútil.
Ahora ella estaba ahí, en el negro vacío interestelar. Y Juliana sola en la Tierra, sin nadie que le recordara dónde había dejado sus pastillas para la tiroides, o su ventolín.
Lloró. Gritó. Exigió regresar. Y entonces encontró a un hombre sangrando. Al ver la herida lo supo: herida de bala sin orificio de salida, pero sin daños en ninguna arteria u órgano importante. Pidió ayuda y entre dos lo llevaron a la enfermería. Para cuando lo había curado, se había corrido la voz. Ahora tenía varios casos de fracturas, golpes y contusiones. Y nadie que la ayude. Y así se mantuvo ocupada, ajena a las intrigas, complots y sutilezas que transcurrían en el resto de la nave.
Casi no había tenido tiempo de poder descansar, apenas unas micro siestas de alrededor de media hora cada tanto. Lo suficiente como para seguir funcionando sin desmayarse.
Pero ahora todo estaba relativamente tranquilo en la enfermería. Las dos personas que seguían internadas estaban estables y fuera de peligro. Así que el recuerdo de Juli volvió a acecharla.
Por primera vez desde el inicio del viaje, abandonó su lugar de trabajo. Tenía hambre. Aquella chica, Florencia, le había estado trayendo aquella pasta que usaban para comer, primero para analizarla y ver si realmente era comestible, luego como una atención, para que no tuviese que abandonar a sus pacientes. Era hora de devolverle las visitas.

Llegó al buffet y encontró varias mesas ocupadas y el rumor en el aire de una decena de conversaciones. Buscó una mesa apartada y se sentó. Poco después apareció Florencia, con un plato y un vaso de pasta nutriente.
— ¿Qué pasa que hay tanto quilombo?, preguntó molesta. La chica se le acercó y dijo, en voz baja:
— Parece que encontraron una transmisión extraterrestre. Dicen que cambiaron el rumbo para encontrar el lugar de origen. Pero no sé si es tan así. El único que nos podría decir algo es Tomás. Y no está de humor para hablar, me parece.
— ¿Quién e' ese Tomás? — preguntó barriendo el salón con la mirada. Adivinó que era aquel joven que estaba sentado solo, comiendo con la mirada baja. — Me voy a sentar allá, con él. ¡Ya me acordé de quién es!
Caminó dando grandes zancadas, hasta la mesa en la que Tomás almorzaba. Sin preguntar tomó asiento frente a él y le dijo:
— ¡Yo te conozco! Vos estaba' en el puente. ¿Te acordá' de mí?
El joven abrió sus ojos, sorprendido y hasta un poco sobresaltado. Aún así, la reconoció en segundos.
— La señora que quiere volver. Usted perdió a su hija en la confusión.
Diana había sido muchas cosas en su vida: empleada en un almacén, vendedora de cosméticos, empleada doméstica y tarotista. Ahora, según este muchacho, era "la señora que perdió a la hija". Y eso le dolió en el centro de su corazón. Por un momento se quedó mirando la mesa en silencio, con la mirada perdida en el mismo punto que estaba mirando Tomás.
— ¡Perdón! Disculpe la falta de tacto. Me agarró distraído y se me olvidaron los modales.
Diana sonrió para sus adentros. Por fuera su rostro era un yunque: imperturbable, duro, severo.
— ¡Sé! ¡Perdí a mi hija y quiero volver! ¿Qué estamo' haciendo al respecto? ¿Eh?
Ese acercamiento tan agresivo sacó al joven del aturdimiento en el que estaba. Como si se hubiera despertado de una larga siesta, sacudió la cabeza para acomodar sus ideas y se defendió:
— Apenas la sacaron a usted del puente mandé atrapar una sonda de la NASA. Adentro de esta sonda hay un mapa que muestra cómo volver a la Tierra.
Eso agradó a Diana, pero no tenía intención de demostrarlo, así que contraatacó.
— ¿Nada má'? ¿Y qué voy a hacer yo con un mapa? ¡No tengo idea de donde estamo' ! ¡Acá adentro parece que soy la doctora, o algo así, no una seguidora de mapas, o lo que sea!
Tomás levantó una ceja. No estaba acostumbrado a ese trato. Pero entendió que la mujer tenía razón.
—¡Déjeme terminar de explicarle! No puedo hacer volver a todos. Stern no me lo permitiría. Pero le prometo que cuando encontremos una nave con extraterrestres en los que podamos confiar, les voy a dar el mapa y van a poder ir con ellos todas aquellas personas que deseen volver a casa.
Diana lo miró. Parte de ella le creyó. Otra parte se puso a comparar lo que le decían con aquel discurso político que prometía viajes a la estratósfera.
— Sí, sí. Promesa', promesa'. ¡Cuando lo vea, lo voy a creer! Mientra' tanto, voy a seguir en la enfermería, emparchando a lo' que se lastimen por culpa de tus decisione' y las del Stern ese.
Tomás sintió verdadera culpa. Lo sabía. Oficialmente él estaba prácticamente al mando. Y aquellos que están al mando son los que hacen que los que no lo están mueran.
— ¿Le cuento un secreto, señora?, preguntó con un hilo de voz.
— Me llamo Diana.
— Diana, por favor no diga nada, pero la verdad que no tengo idea de por qué estoy acá. — ella se sorprendió, sin terminar de entender lo que le decía el joven — Usted tiene conocimientos de medicina, Noelia ganó conocimientos de astrometría y pilotaje, este chico Raúl se volvió ingeniero espacial de un momento a otro... ¿Y yo? ¿Qué soy? — Diana estuvo por responder, cuando Tomás la interrumpió — soy un inútil, eso soy. Igual que en mi vida allá en la Tierra. No sabía para donde disparar allá, y parece que acá tampoco.
— So' la mano derecha de Stern. El que le da las idea', dijo la doctora, confundida.
— No, Diana. Eso es lo que él dice, porque se me ocurrieron un par de pavadas. Pero él hace lo que se le canta.
— Entonce' a lo mejor tu trabajo es que no haga siempre lo que se le cante. A lo mejor tenés que imponerte, llevarle la contra. ¡Yo te apoyaría! No me caés bien, pero me caés mejor que ese yanqui loco.
Tomás sonrió. Tenía razón. Quizás debía pensar menos y actuar más.
Llegado el momento vería cómo actuar. Por lo pronto, se contentó con saber que había ganado una amistad. O algo parecido.

ENRIQUE

El sonido de la otra (posible) nave era cada vez mas fácil de encontrar. Por momentos desaparecía, sólo para resurgir con mayor nitidez un par de horas mas tarde. ¡Se estaban acercando!
Apartó la vista de su tablero y se lo comunicó al capitán. Stern hizo su característico choque de palmas (sólo un aplauso) y tras decir un discurso demasiado largo en la opinión de Enrique sobre la importancia de establecer nuevas relaciones con otros seres, dio la orden de enviar un mensaje dirigido al rumbo probable en que se encontraba la otra nave.
Justo en ese momento llegó al puente Tomás, quien lanzó una contra orden:
— ¡Cancelá esa orden, Quique! ¡No mandes ningún mensaje!
Todos se volvieron a verlo, sorprendidos. Todos excepto Stern, quien se había quedado con la mirada fija en algún punto indefinido, allá en el horizonte.
Enrique se quedó paralizado, esperando a ver qué tenía que hacer. Esperando la reacción de Stern. El capitán finalmente se giró en su silla, lentamente, hasta quedar frente a Tomás, y le preguntó con voz serena:
— ¿Y por qué no debemos enviar este mensaje? ¿No quedamos en que debíamos contactar a otras culturas? ¿En que era bueno para poder comerciar y obtener información sobre a dónde dirigirnos?
Tomás se veía nervioso, pero no tanto como un par de horas antes.
— Sigo opinando igual. Pero creo que va a ser más seguro primero saber a quién estamos saludando, antes de emitir cualquier comunicación. Pueden ser agresivos, o amables. Puede ser una mejor idea evitarlos que conocerlos. Creo que Culbert estaría de acuerdo conmigo.
Enrique consideró que Tomás tenía razón. Todavía no tenía ni idea de a qué clase de cultura podían pertenecer las transmisiones que estaba recibiendo. Tenía sentido lo que decía.
— Creo que tienes razón — dijo Stern, sorpresivamente — ¡Cancele esa orden, entonces! ¡Pero no deje de escuchar! Necesito saber qué dicen nuestros elusivos amigos.
Enrique asintió. Volvió a concentrarse en su consola, buscando patrones de sonido. Ritmos en el vacío. La repetitiva música de un lenguaje desconocido.

STERN

Dejó pasar un tiempo prudencial antes de reaccionar. Era importante que nadie lo viera perder el control. Él era un líder religioso, un hombre espiritual. Su época de criminal había quedado atrás, era una horrible crisálida que había descartado al volar fuera de su mundo natal. "Ahora soy una mariposa espacial", pensó, y no pudo evitar una pequeña carcajada. Tomás, quien se encontraba sentado a su derecha, lo miró, extrañado. Su única respuesta a una muda pregunta fue:
— Me río porque soy una mariposa.
Lo cual dejó todavía más confundido a su ayudante, cosa que le levantó el ánimo.
Cuando lo consideró oportuno, apoyó su mano en el hombro de Tomás y lo invitó a tomar algo.
— Creo que uno de los dos debería quedarse en el puente. Por si logramos comunicarnos.
— ¡Tommy Boy! ¡Siempre tan cauto! ¡Enrique todavía está descifrando su idioma! ¡Y en cualquier caso, aún estamos a varios días de distancia! ¡Vamos! ¡Hay algo que quiero preguntarte!
Su voz invitaba, pero sus ojos estaban gritando una orden. Tomás no tuvo más opción que aceptar la invitación.

TOMÁS

Salieron del puente con Stern hablando pavadas en voz alta y alegre, mientras gesticulaba como solía hacer cuando daba un discurso. Pero varios pasos más tarde, su actitud cambió drásticamente. Hizo silencio como nunca lo habían visto en aquella nave y sus brazos cayeron al costado de su cuerpo, casi inertes. Tomás lo siguió en silencio, visiblemente nervioso. Toda la charla que había tenido con Diana parecía perderse mientras caminaba, como un trozo de barro atrapado en el relieve de las suelas de sus zapatillas. Entonces notó que no se dirigían al buffet. ¿A dónde iban? No quería preguntar. El silencio, aunque tenso, era mejor que escucharlo hablar. Y más todavía con aquella actitud.
Se detuvieron frente a una de las habitaciones. La de Stern. Una vez adentro, Tomás quizo adelantarse.
— Si esto es por haberte contradicho, te pido disculpas, pero creo que es mi función. Aportar lo que sé para que puedas tomar mejores decisiones. ¡Conseguir que lleguemos a destino! Yo sé que tenemos nuestras diferencias ideológicas, pero...
La mano de Stern había ido subiendo lentamente hasta llegar a la altura de la cara, allí levantó su dedo índice y lo ubicó frente a la nariz, haciendo el gesto internacional de silencio.
— Shhhh... No es por eso que te quiero hablar. Me toca el ego que me contradigas frente a los demás, no voy a negarlo, y tu falta de fé la tomo como un desafío, yo sé que al final admitirás que mi credo es el correcto. — Su voz era tranquila, demasiado tranquila.
— ¿Y entonces para qué me trajiste acá?
La tranquilidad se convirtió en seriedad. Una seriedad sepulcral.
— ¡Culbert! ¿Qué hiciste con él? ¿Lo mataste?

NOELIA

El bostezo fue la luz de alarma que le indicó que ya era hora de irse a descansar. Con Melina, su relevo en el timón, habían arreglado que los turnos de trabajo serían de ocho horas, salvo que alguna quisiera quedarse más tiempo. Hacía ya dieciséis horas que no se movía de su consola, esperando el momento en que los extraterrestres les hablaran, buscando fervientemente en cada estrella a la que se acercaban una señal de vida inteligente. Pero hasta ahora apenas habían logrado acercarse un poco más a la fuente de origen de las transmisiones que habían captado.
Melina, que estaba tan entusiasmada como ella con su nuevo trabajo, se encontraba en el puente desde hacía un par de horas, esperando que su compañera decidiera que era el momento de dejar su puesto. Así que no tardó nada en relevarla.
— ¡Al primer signo de un contacto me llamás! ¿Estamos?, dijo, apuntandole con el dedo índice. Ninguna de las dos pudo contener la risa. Y se fue a descansar. Pensó en pasar por la sala de motores, para ver si Raúl estaba ahí. Y allí lo encontró, dirigiendo a los demás con una competencia que a él mismo le asombraba.
— ¿Hace mucho que estás de turno?, le preguntó. Raúl se sonrojó.
— ¿La verdad? ¡No tengo idea! Doce horas, catorce. ¡Ni me fijé!. Ambos rieron.
— ¡Yo tampoco! ¡No quería irme del puente! ¡Estamos tan cerca...!
—... Y a la vez tan lejos. Lo sé. Por eso no me he ido. Porque creo que puedo aumentar la velocidad en un 15 por ciento. Sé que no suena a mucho, pero...
— Te entiendo. Pero eso nos puede ayudar a encontrarnos con la otra nave más rápido, lo interrumpió ella.
— Un quince por ciento antes. Volvieron a reír. Los ojos de Raúl se desviaron por un momento. Algún panel detrás suyo reclamaba su atención. Antes de volver a perderlo, le hizo una propuesta:
— Venía a invitarte a investigar la nave. Ver si encontramos algún indicio de lo que le pasó a la gente que manejaba esta nave antes que nosotros — y agregó en voz baja — y ver si Stern tiene algo que ver con ella.
— ¡Buen plan!, dijo sonriente.

Minutos después se encontraban caminando por los pasillos centrales, aquellos que vinculaban la sala de motores con otras áreas vinculadas al funcionamiento de la nave. Noelia quiso saber si ya habían explorado la totalidad de los sistemas.
— Para serte franco, apenas hemos podido ver todo aquello que sirva para mantenernos vivos y en movimiento. Somos muy pocos y estamos todos trabajando un montón. Lo bueno es que en estos sistemas no hay nada de qué preocuparse.
— ¡Eso es bueno! — Raúl la miró sin comprender — Quiero decir, es bueno para nosotros. Porque significa que hay varias partes de la nave que todavía no conocemos. ¡Tenemos más para explorar!
Él se sonrió. ¡Esta chica parecía encontrarle el lado bueno a todo! En cierta forma, era el complemento ideal para su natural pesimismo.
Mientras avanzaban por los pasillos, internándose cada vez más en los rincones poco explorados de la nave, Raúl le iba explicando qué había detrás de cada puerta: "Aquí está el sistema de prevención de incendios", "Éste es el núcleo generador de la atmósfera,"Por éste corredor se llega a la centrífuga que genera la gravedad artificial", "¡Sin eso no vivimos! ¡Es el contrarrestador de inercia!". Hasta que finalmente llegaron a una puerta donde no supo qué responder cuando Noelia le preguntó qué había detrás. Entusiasmada, con la luz de mil soles en sus pupilas, le dijo: "¡Vamos a averiguarlo! ".
Raúl abrió su kit de herramientas, el cual había encontrado convenientemente ubicado sobre una de las consolas de mantenimiento, al igual que el resto de los integrantes del equipo de trabajo de Ingeniería, y tomó una especie de destornillador que se usaba para abrir las puertas y escotillas. Pero no pasó nada.
— ¿Qué pasa?, preguntó Noelia. Raúl hizo una mueca, torciendo la comisura de su boca.
— No funciona. Es como querer usar un destornillador Philips en un tornillo de punta plana.
— ¿Y no tenés la punta para abrirla?
Raúl revisó su maletín. Había varias herramientas. Pero ninguna era apropiada para la tarea.
— Me temo que no. — Ella se mostró decepcionada, como un niño al que se le acabara de pinchar su globo— ¡Pero no olvides que soy artesano! ¡Mañana tendré la punta que necesitamos!
Ella volvió a sonreír.
— ¡Buenísimo! ¡Acá adentro hay algo! ¡Y quiero saber qué es!

STERN

Tomás le había jurado que no había matado a Culbert. Aunque sí había admitido que la última vez que se vieron habían discutido. ¿Podía ser tan estúpido como para inculparse siendo culpable? ¿O era tan inteligente como para hacerlo y así pasar por estúpido? Claro que puede ser que solamente estuviera nervioso y hubiese hablado sin pensar.
— Tom, hay algo que me siento obligado a decirte. Culbert no está, nadie lo ha visto. Y si tú eres el último que lo vio con vida...
— Sí, ya sé. Eso me convierte automáticamente en el principal sospechoso. No soy idiota.
Stern lo miró, sorprendido. ¿Le estaba leyendo el pensamiento? Conocía a un tipo (líder de otro culto, en California), que afirmaba poder leer el pensamiento de sus fieles y competidores. Nunca lo había creído, pero... tampoco había creído que algún día una nave espacial iba a ir a rescatarlo de aquel mundo en ruinas. ¡Y allí estaba!
— Sí, tengo que admitir que no se ve nada bien... Especialmente teniendo en cuenta tu nervioso comportamiento desde la última vez que se vieron. ¡Estás tan nervioso como si hubieras matado a alguien! ¿Entiendes lo que te digo?
Sus frases eran acusatorias, pero su tono de voz era comprensivo.
— Entiendo. Culbert no se tomó muy bien el hecho de que yo no sea un creyente.
— Que no seas un creyente, todavía — corrigió David, con una sonrisa. Tomás pareció tranquilizarse.
— Todavía.— dijo y suspiró aliviado.
— Esto nos deja con tres intrigas: ¿ Dónde está Culbert? ¿Alguien le hizo daño? Y si es así, ¿Quién?
Tomás lo pensó un poco.
— ¿Quién puede tener algo en su contra? ¿Alguien de tu... Congregación?
Stern meditó al respecto. "¡Mike!", pensó. Pero respondió:
— No lo creo. No quedamos muchos a bordo. Y los pocos que quedaron serían incapaces de lastimar a alguien. Estamos hablando de gente muy pacífica y espiritual. ¡Hippies del siglo XXI!
Tomás prometió investigar el caso. Con Culbert fuera de juego, no quedaba nadie que lo reemplazara. Y aunque él todavía no tenía muy claro cuál era su rol en aquella nave, recordaba historias de su padre y su hermano acerca de algunas investigaciones que habían hecho. Quizás había huído tan lejos sólo para terminar haciendo aquello que su padre le había querido imponer. Quizás era su destino.
David le dio permiso para investigar y lo dejó ir. Aprovechó que estaba solo en su habitación para analizar la situación mientras miraba por la ventana cómo quedaban atrás las estrellas.

Algún tiempo después golpearon a la puerta. Esperaba encontrar a Mike, o a Tomás. Pero en lugar de ellos, una atractiva joven con una expresión de enojo lo estudió de arriba a abajo.
— ¿Vos sos el jefe acá? — Sonaba impetuosa, ofendida y enojada. Como una niña caprichosa, pero de veinte años.
— Soy el Capitán y líder espiritual de la nave. ¿Cuál es tu nombre y el motivo de tu enojo?
Había conocido mujeres así. Le divertían. Le gustaba disfrutar de sus bríos, observarlas así, salvajes y aguardar el momento oportuno para hacer su movida y dominarlas. No tanto por el hecho de que fueran mujeres, lo que a él realmente le gustaba era dominar personas. Lo del género era secundario. Y la manera más fácil de dominar a alguien era a través del sexo.
— Me llamo Valeria, y vengo a quejarme de un montón de cosas.
Su voz era aguda. Muy aguda. Un poco más aguda, evaluó Stern, y sería un excelente silbato para perros.
— ¡Pues adelante! ¡Pasa, querida! Para eso estoy, para servirles a ustedes. — Tomó una de sus manos entre las suyas y mirándola fijamente a los ojos se la besó. La soltó lentamente y justo antes de separarse, añadió — Para servirte a tí.
Fueron apenas unos segundos, pero Stern alcanzó a notar que la respiración de Valeria se aceleró. Y que su voz tardó un poco en retomar su tono ofendido.
— Hay... ¡Hay mucho por lo que quejarse! La comida, por ejemplo. ¡Bah! ¡La cosa esa a la que llaman comida!
— Sí, es horrible, reconoció, ¡Tiene gusto a papel sanitario!
Ella se sonrió. Fue involuntario, lo suficiente como para tomarla por sorpresa.
— Dime, Valeria, ¿Te gustan las manzanas?
— Sí, respondió, confundida.
— Bueno, resulta que uno de mis fieles me regaló en secreto unas manzanas que tenía en su mochila al momento de abordar. Puedo compartirlas contigo. — la miró a los ojos, serio, cambiando el tono de su voz — Es bueno ser el líder. Y también lo es estar cerca del líder... o a su lado.
Posó su mano en el hombro de la joven, sintiendo cómo su cuerpo temblaba. Continuó mirándola fijo, con la austera expresión de un encantador de serpientes.
Pero por dentro se relamía de gusto.

TOMÁS

Comenzó su búsqueda en el último lugar en el que había visto a Culbert, en aquel pasillo donde habían discutido. No pudo evitar recordar aquella discusión. Su miedo ante el fanatismo del antiguo agente. Siempre le habían parecido extrañas las personas radicales. En especial si eran religiosas. Ya le costaba entender que alguien estuviera dispuesto a matar a otro por ideas políticas, o por los colores de su equipo deportivo, mucho más le costaba entender esa actitud ante una creencia en un ser sobrenatural. Aunque ahora tenía la palabra de Stern de que eso no era importante para él. Y si a él no le importaba, Culbert iba a tener que guardarse su opinión.
Pero para eso, primero tenía que encontrarlo.
Recordó que la discusión había terminado con el ex agente yendo al encuentro de Stern para contarle de su falta de fé. Para eso tendría que haberse dirigido al puente. Continuó por el pasillo, pasó por el hall de entrada de la nave — aquel lugar donde todos habían despertado, donde su viaje había comenzado —, continuó por el corredor que conectaba con el centro de mando y terminó su recorrido.
Nada. Ni una mancha de sangre en el piso, ni un pedazo de tela de su ropa. Nada que indicara que alguien había atacado a Culbert.
Pero, ¿Y si no había seguido aquel camino? ¿Qué tal si alguien le había dicho que Stern se encontraba en el buffet, por ejemplo? ¿O en su cuarto?
Volvió atrás, hasta el hall de entrada, y esta vez tomó el camino hacia el buffet. Al llegar se encontró con Florencia, quien estaba limpiando una mesa.
— Hola.
Ese fue su saludo, breve, conciso. A ella no le gustaba usar palabras de más.
— ¡Hola, Flor! Te hago una consulta, ¿Lo viste a Culbert?
— No, hace rato que no viene. Debe tener comida guardada, como algunos otros.
— ¿Hace mucho que no lo ves?
— Desde que estuvo acá con Stern. Comió una sola vez en todo el viaje.
— ¿Ni siquiera lo viste pasar por la puerta, o venir de paso, buscando a alguien?
Florencia lo miró inquieta.
— No. ¿Qué pasó?
— No sabemos. Desapareció. Para peor, la última vez que alguien lo vio fue discutiendo conmigo.
Ella se quedó pensando en esas palabras. Sus manos tomaron el trapo con el que estaba limpiando la mesa y comenzaron a retorcerlo copiosamente. Luego dijo:
— ¿Pero te dejaron investigar a vos, aunque seas el principal sospechoso?
— Idea de Stern.
— A veces me da la sensación de que no tiene idea de lo que hace ese hombre.
La frase lo tomó por sorpresa. Él pensaba lo mismo, pero nunca se animaría a decirlo tan abiertamente. Sólo se limitó a expresar una leve sonrisa y asentir.
— Si llegás a saber algo, ¿me avisás?
— Obvio.
Se estaba yendo cuando ella lo detuvo.
— ¿Te puedo mostrar algo?
— Obvio, sí.
Se fue, corriendo, hasta la estructura que hacía las veces de mostrador. Buscó algo debajo y volvió con una bandeja. Sobre ella había una escultura hecha con la pasta alimenticia, la única fuente de alimento disponible. Florencia la había moldeado en forma de un pollo al horno.
— ¡Está muy bueno! ¡Si no prestás atención al color, parece un pollo de verdad!
Ella se sonrió, con sus mejillas tomando un notorio color rojizo. Bajó la vista y un mechón de pelo le ocultó la mitad de la cara. Se apresuró a correrlo, como si le molestara.
— Tengo la teoría de que si le doy forma de comida, nos va a parecer más una comida. Y no va a ser tan desagradable comerla.
La idea era buena. Tenía cierto sentido.
— ¡Me gusta la idea! Si no te complica mucho, estaría bueno que siguieras haciéndolo. Por lo menos hasta que consigamos otra fuente de alimento.
— ¡Ok! ¿Querés probarlo?
— Ahora no puedo. Estoy tratando de encontrar a Culbert y saber qué le pasó. ¡Pero guardame un pata muslo para la cena!, le dijo, sonriendo, mientras se iba. Ella lo saludó con la mano, mostrando una tímida sonrisa.

FLORENCIA

Mantener esa sonrisa hasta perderlo de vista le costó horrores. Cuando Tomás finalmente salió del buffet, sintió que algo más fuerte que ella se estaba apoderando de sus ánimos. Era una vieja sensación, desaparecida hacía mucho tiempo, que ahora regresaba. Y ella sabía que sin sus medicamentos, resistirse era inútil. Así que se dejó ganar.

NOELIA

No veía la hora de terminar su turno. Por primera vez desde el comienzo del viaje, había encontrado algo aún más fascinante que pilotear una nave espacial. No podía dejar de pensar en aquella puerta cerrada. ¿Por qué estaba cerrada? ¿Habría alguien escondido adentro? ¿Qué secretos se escondían allí, algo mas abajo de la sala de motores? Estaban en el espacio. Una semana atrás aquello le habría parecido imposible. Así que, literalmente, cualquier cosa podía suceder.
El movimiento de las estrellas a su alrededor de pronto se le antojó monótono y aburrido. ¡Necesitaba terminar aquel turno! Quizás Melina podría cubrirla. Pero, ¿Iba a poder escaparse de sus tareas Raúl? Una de sus pantallas le dio la respuesta: la gente de mecánica estaba resolviendo una fuga de energía que habían captado hacía un par de días. Así que no. No iba a poder pedirle a Raúl que la acompañara. Era todo cuestión de guardarse la ansiedad y esperar. Suspiró, intentando que su soplido alejara las ansias que revoloteaban a su alrededor.

Tenía la mirada perdida en la pantalla, cuando algo le llamó la atención y la obligó a prestar atención. Un cuerpo, allí, en la esquina más lejana de su monitor. Tenía el tamaño de un cometa, o un asteroide. Pero comenzó a desaparecer y aparecer, como si saltara. Volvió a mirar, ahora completamente enfocada en ello.
— ¡Quique! ¡Hay algo ahí...! ¡Viene para acá!
Enrique la miró, entre asustado y eufórico.
— ¡Lo oigo! ¡Es nuestro amigo, el que viene transmitiendo desde antes de ayer! ¡Cada vez lo escucho más cerca!
Se miraron entre todos los presentes. Alguien preguntó:
— ¿Qué hacemos?
Pero Noelia ya había tomado los controles para analizar la trayectoria y calcular el tiempo de encuentro, mientras Quique llamaba a Stern.


STERN

"¡Capitán Stern, al puente por favor!"
Stern despertó sobresaltado. ¿De dónde venía la voz? ¿Dónde estaban los parlantes? No importaba. Lo importante es que tenía que estar en el puente lo antes posible. Había un cierto tono de urgencia en la voz de Enrique. Urgencia y algo de... ¿miedo? ¿exitación? No podía precisarlo.
Se levantó de la cama y despertó a... ¿Cómo se llamaba? ¿Eugenia? ¿Valencia? ¡Valeria!
— ¡Arriba, vamos! ¡Me necesitan en el puente!
Ella entre abrió los ojos y murmuró.
— ¿A mí también me necesitan?
Al principio él no comprendió. Luego entendió para dónde iba la conversación y respondió:
— No, sólo a mí. Porque soy el Capitán. Y ser el Capitán tiene sus privilegios. Como elegir quién duerme y quién no en mis aposentos. ¡Y te falta mucho todavía para ganar ese privilegio!
Ella lo miró ofendida, todavía acostada. Su respuesta fue el silencio.
— ¡Vamos! ¡Arriba, que estoy apurado!
Tiró de las sábanas, destapándola. Mientras con una mano tomaba su calzado, con la otra le arrojó a Valeria sus ropas. Ella seguía muda, con los labios formando una "O" mayúscula y el ceño fruncido en un enojo como pocas veces había tenido. Cuando él terminó de calzarse la miró. Ella se encontraba en la misma posición.
— ¡Hey! Entiendo que esta no es la manera más romántica de continuar lo que hicimos anoche, pero debes entender que tengo mis obligaciones. Y eso es lo más importante.
Su rostro se suavizó un poco. Él se acercó y le acarició una mejilla con el dorso de su mano.
— Pero eso no significa que no valore lo que hicimos. ¿Entiendes?
Ella asintió.
— ¡No te olvides que pertenecer tiene sus privilegios, pero también sus obligaciones! Y esas obligaciones, en este momento me reclaman. ¡Así que a levantarse y a salir de mi cuarto! ¡Ya habrá otra oportunidad de continuar con esto!
Valeria comenzó a vestirse rápidamente.

Notó al momento el alivio de los demás al verlo entrar al puente. Eso le gustó.
— ¿Qué está pasando?
Enrique y Noelia empezaron a hablar a la vez. Tras mirarse un segundo, él le cedió la palabra.
— La fuente de emisión de la señal que veníamos siguiendo... Confirmamos que se trataba de una nave, y no un planeta. Y... ¡Está viniendo para acá!
— ¿Para aquí...?, pero no supo qué preguntar a continuación. Eran grandes noticias. Todo lo que estaba intentando construir podía quedar confirmado o truncado, según cómo saliera todo.
Enrique intervino.
— ¡Están viniendo cada vez más rápido! ¡Noelia, fijate en cuanto tiempo van a estar acá, a ver si tengo razón!
Así lo hizo. Levantó la vista sorprendida.
— ¡Tenés razón! ¡Van estar acá en menos de cinco minutos!
— ¡Muy bien, todos a sus puestos! Esto es lo que se conoce como "Primer Contacto". Debemos ser muy cautelosos y hacer las cosas bien. Estos extraterrestres pueden saber dónde queda el Paraíso... o ser enviados de Satán para impedirnos cumplir con nuestra misión. Así que les ordeno que me dejen hablar a mí. ¿Entendido?
— ¡Sí, Señor!, respondieron todos. Y sonó como música para sus oídos.

Poco después, la consola de Enrique comenzó a emitir un sonido. Era un aviso indicando que estaba entrando una comunicación. Todos se miraron, nerviosos y tomaron aire. Enrique activó la pantalla.
La criatura que apareció en el monitor no se parecía en nada a las distintas espectativas que cada uno tenía. Noelia había visto en Internet, hacía mucho, una foto de un oso que había perdido el pelo por una enfermedad. Algo así se veía la criatura con la que se estaban comunicando. Sólo que estaba vestida con una especie de armadura metálica, decorada con lo que parecían ser vísceras, enganchadas y enroscadas por todo su robusto cuerpo.
La visión de las vísceras colgando fue demasiado fuerte para Stern, quien apartó la vista asqueado. El ser de la otra nave emitió una serie de gruñidos y cloqueos. Al no obtener respuesta, volvió a reiterar los sonidos. Noelia y Enrique se miraron, asustados, sin saber qué hacer. Enrique preguntó:
— Capitán, ¿qué le contesto?
Stern tomó aire una vez más, volvió a mirar hacia la pantalla y no pudo evitar otra mueca de asco.
— ¡Saludos! Venimos del planeta Tierra, y buscamos...
Antes de poder continuar con su saludo, el ser gruñó fuertemente y cortó la comunicación. Segundos después, la nave tembló. Stern miró asustado a Enrique, quien le devolvió una mirada de puro terror
— ¡Nos disparan! ¡Y el único que sabe cómo defendernos es Culbert!

TOMÁS

No sólo no había ni un rastro de dónde podía estar Culbert, sino que además no tenía idea de cómo continuar con su búsqueda. Era como si hubiera desaparecido, al igual que los anteriores tripulantes de la nave (si es que alguna vez había existido tal cosa).
El cimbronazo interrumpió su concentración. "¿Qué está pasando?", se preguntó. Otro golpe. Y otro más. Hubo gente que pasó corriendo al lado de él, a muchos no los conocía aún. Los paró y les preguntó qué sucedía.
— ¡Recién me crucé con alguien que estaba cerca del puente! ¡Parece que nos atacan!
Una ola de adrenalina inundó los sistemas de Tomás. Un explosivo cóctel de miedo, instinto de supervivencia y determinación llegó a su cerebro, electrizando sus sentidos. Fue como despertar, estando ya despierto.
Y corrió hacia el puente.

— ¡Capitán, sigo intentando mantener la comunicación, pero no me responden!, gritó Enrique.
— ¡No puedo establecer una ruta de escape! ¡Es una sola nave, pero se las ingenia para mantenerse frente a nosotros cada vez que intento girar en alguna dirección!, informó Noelia.
— ¡Capitán! ¿Qué hacemos?, preguntó Enrique, asustado. Stern comenzaba a responder, cuando la puerta del puente se abrió. Era Tomás.
— ¡Informe de situación!
— ¡Es una nave mucho más chica que la nuestra, pero también recontra ágil!, respondió Noelia.
— ¡Y cortaron toda comunicación con nosotros! ¡No están interesados en hablar!
Un nuevo impacto sacudió la nave, como subrayando las palabras de Enrique.
— ¿Estado de nuestras armas?
— Hasta ahora resisten, ¡pero no sabemos cómo manejarlas!, explicó Stern.
Tomás se ubicó frente a la consola que originalmente era el lugar de trabajo de Culbert. Reconoció de inmediato los controles. Activó las defensas automáticas. Aquello entretendría a sus adversarios, dándoles tiempo para planificar una estrategia.
— Noelia, la nave tiene algo que sirve para simplificar el proceso de orbitar un planeta, ¿verdad?
— Sí, el ancla gravitacional. Es como una cuerda de energía que se une al campo gravitacional de un cuerpo, empujando a la nave hacia el punto de atracción. En teoría nos va a facilitar muchísimo el establecer una órbita alrededor de un planeta o satélite. Es lo que usamos para recuperar la sonda Voyager.
— ¿En teoría?, preguntó Stern. Noelia lo miró con tristeza.
— Es que nunca lo probamos. ¡Ni sé si vamos a llegar a hacerlo!
Tomás habló con una inusitada seguridad:
— ¡Vamos a llegar! ¡Vamos a viajar mucho y vamos a ver muchas maravillas! ¡Pero primero tenemos que sacarnos a estos mosquitos de encima!
Noelia asintió, sonriendo con esperanza. Porque era verdad. Aquella otra nave, comparada con la que ella piloteaba, era apenas un molesto mosquito intentando inútilmente desangrarla a base de minúsculos picotazos.
— Quiero que inviertas la polaridad del ancla y la uses para repelerlos. ¡No queremos matarlos! ¡Queremos calmarlos!
Noelia comprendió. Activó el ancla gravitacional, pero no acertó. Lo que sus atacantes carecían de fuerza les sobraba de velocidad y agilidad. Volvió a disparar, y volvió a fallar. No quiso levantar la vista, pero tampoco gritó de frustración. En lugar de eso, inconscientemente comenzó a tararear una canción. Enrique fue el único de la habitación en reconocerla y no pudo evitar una tímida carcajada: era un tema de batalla de un famoso videojuego RPG japonés.
Al cuarto intento la cuerda gravitacional golpeó el flanco izquierdo de la pequeña nave lo suficiente como para desestabilizarla y Noelia gritó "¡Yattaze!" El minúsculo vehículo comenzó a girar sobre sí mismo y sin ningún tipo de control se alejó de ellos girando como un trompo.
— ¡Muy bien, Noelia! — lo pensó un momento y preguntó — ¿Qué dirección está tomando la otra nave? ¿Podés proyectar un rumbo estimado?
Ella lo miró, sin entender. Luego calculó la trayectoria de sus adversarios y lo miró, sorprendida.
— ¡Si no corrigen el rumbo en los próximos cinco minutos van a quedar atrapados en el campo de gravedad de aquella estrella! ¡En menos de una hora van a ser aplastados e incinerados!
El encargado de los sensores externos de la nave, un chico llamado Gonzalo, agregó:
— ¡Leo signos vitales muy débiles! ¡Todos, salvo un tripulante, quedaron muy afectados por el golpe que les dimos!
— ¡Noelia, acercate a ellos! ¡Cuando estés bien cerca, volvé a activar el ancla, pero en un haz más amplio! Vamos a hacer lo mismo que con la Voyager.
Atraparlos fue más fácil que repelerlos. Lo consiguió al primer tiro. Cuando logró estabilizarlo y se aseguró de que su moméntum era seguro, los soltó.
— Los signos vitales de los extraterrestres se estabilizan, informó Gonzalo, y agregó ¡Rápidamente!
Menos de un minuto después, Enrique recibió una notificación: la otra nave quería comunicarse nuevamente.
Stern le advirtió:
— ¡Cuidado! ¡Se visten con tripas! ¡No les demuestres que te dan asco!
Tomás lo miró, indignado. ¿Por eso había sido todo el problema? ¿Porque le había dado asco sus ropas? Agradeció que se hubiera tratado de una nave que no era rival para ellos.
La pantalla se encendió. La criatura apareció en ella, con las vísceras que adornaban su armadura colgando desordenadas por la feroz fuerza centrífuga a la que había sido expuesta. Volvió a lanzar una serie de gruñidos, pero esta vez apareció una transcripción de lo hablado en la pantalla de Enrique, quien leyó en voz alta.
— Ustedes son una especie muy extraña. Nos acercamos a saludar y nos responden con rechazo. Los atacamos y consiguen derrotarnos, pero en lugar de festejar la victoria, nos salvan la vida. Las tradiciones de mi pueblo demandan que nuestras especies se consuman en el fuego de la guerra hasta que sólo el más fuerte prevalezca... Sin embargo, ustedes nos conocen muy bien. — Todos se sorprendieron al escuchar aquello — Sí, nos conocen y nos han enviado un guerrero, para efectuar el Grohlrargr Cnock. Y por eso ahora estamos en deuda con ustedes.
Tomás lo miró a Enrique, sin entender, pero éste se alzó de hombros. Estaba tan confundido como él.
— ¿Un guerrero? ¿Puedo ver a ese guerrero del que hablan?
— Él es quien está traduciendo mis palabras, pero lo relevaré un momento de sus tareas. ¡Ven aquí, Bufanda—de—Intestinos!
El mensaje se interrumpió bruscamente. Segundos después, apareció en pantalla Bufanda—de—Intestinos.
También conocido como el Agente Benjamin Culbert.



CULBERT

Dos días atrás...

Despertó confundido. Sentía el mismo aturdimiento y la misma confusión que había sentido cuando despertó en la nave, menos de una semana atrás. Pero... ¿Qué había pasado? Lo último que recordaba era estar discutiendo con aquel tipo, Tomás, acerca de su fé. O la falta de esta, en realidad. Luego se había dirigido hacia el puente y de pronto sintió un golpe en la cabeza. ¿Lo habían atacado? ¿Y quién? La lógica indicaba que Tomás, pero podía equivocarse.
Alguien pasó caminando cerca de donde él se encontraba tirado. No alcanzó a verlo bien, pero de acuerdo con su silueta se trataba de un hombre muy alto y robusto. ¿Un jugador de Football americano? ¿Un físicoculturista? Por extraño que pareciera, le dio la impresión de que era alguien incluso más grande. No recordaba haber visto a nadie con semejante cuerpo en la nave.
Entonces notó que las paredes eran distintas a las de "su" nave. ¡Alguien o algo lo había secuestrado!
El pensamiento le provocó una inyección de adrenalina. Se incorporó de un salto, miró rápidamente los alrededores, evaluando potenciales escondites y vías de escape, y corrió a esconderse en un recodo oscuro, detrás de una especie de columna.
Se tomó un momento para aclarar la cabeza. ¿Qué cómo había llegado allí? Por ahora no importaba. Su prioridad era evaluar la situación. Poco después, dos de las criaturas se cruzaron en el corredor cercano a donde se encontraba y escuchó una conversación. En realidad era una sinfonía de gruñidos y sonidos guturales, pero él comprendió toda la charla.
— ¿Hueles eso, Saboreador—de—Médulas?, preguntó uno de los gigantes.
— Lo huelo, Cazador—de—Presas—Ágiles. ¡Delicioso! Deben ser los animales que cazamos en aquella luna.
— Puede ser. Huelo a sapiencia. Aquellas bestias habían empezado a usar herramientas.
— El sabor de la sapiencia es delicioso. Pero no puedo evitar apenarme tras consumir una cultura tan primitiva.
— Sí, te entiendo. En unos cuantos años, con el estímulo adecuado, habrían llegado a las estrellas. Al devorar a los lanza piedras perdemos la posibilidad de que nuestros descendientes puedan enfrentar mayores retos.
— Es así, Cazador—de—Presas—Ágiles. Es el misterio de la Cadena alimentaria.
— Eres sabio, Saboreador—de—Médulas. Tienes bien ganado tu nombre.
— Y tú el tuyo, mi igual.
El alienígena conocido como Saboreador—de—Médulas siguió su camino, mientras que el otro se quedó allí un instante, olizqueando el aire y emitiendo una suerte de ronroneo. Luego miró hacia el rincón donde se escondía Culbert y volvió a olfatear. Mostró los dientes, quizá sonriendo, quizá amenazando. Culbert no pensaba quedarse a averiguarlo. Así que saltó sobre él, golpeando su tráquea con una mano, el único punto débil que encontró en aquel uniforme metálico. El ser se llevó las manos al cuello, mientras caía de rodillas. Culbert aprovechó aquel breve lapso de debilidad para estrellar su pie contra el lateral de la cabeza de la criatura. Esta cayó, aturdida, pero aún sosteniéndose con uno de sus brazos. Pateó aquel brazo, grueso como un tronco, pero no sirvió de nada. El extraterrestre sacudió la cabeza, intentando aclarar su mente y lanzó un amenazante rugido, grave y potente, similar al de los leones. Apurado, golpeó una vez mas con todas las fuerzas de su pierna en la cabeza del gigante. Esta vez logró dejarlo inconsciente.
Cuando levantó la vista se encontró con otros dos seres tanto o mas grandes que aquel con el que acababa de pelear. Iba a ser imposible escapar. Así que tomó el arma que Cazador—de—Presas—Ágiles llevaba en su uniforme. Sólo esperaba estar agarrandola del lado correcto, ya que no se parecía en nada a cualquier arma que hubiese visto antes. Los seres se detuvieron, sorprendidos de ver a un compañero en aquella posición. Culbert gritó:
— ¡Atrás! ¡Si se acercan o me atacan, me llevaré su vida conmigo!
Los seres intercambiaron miradas. No supo leer las expresiones, pero parecían miradas de sorpresa y algo más. Algo que no supo bien cómo interpretar, pero parecía... ¿Alegría? ¿Felicidad? No, tenía que estar equivocado, como cuando un chimpancé sonríe y en realidad está haciendo un gesto amenazante. Forzó a su rehén a dirigirse más cerca de la esquina de la habitación, para evitar que los rodearan. Uno de los seres habló. Estaba cubierto con una cantidad mayor de vísceras que los demás:
— Soy el Líder de la nave de caza Colmillo Agudo, mi nombre es Otros—lo—Siguen. ¿Quién eres y cómo entraste en mi nave?
Culbert vio en su propio desconocimiento de la respuesta la oportunidad de hacer parecer que tenía todo bajo control.
— Soy Benjamin Culbert, del Arca. No voy a revelar cómo entré, pero sepan que no estoy sólo.¡ Y mis compañeros pueden venir tan fácilmente como yo, en cualquier momento!
El líder de la nave dio un violento paso al frente, como un gorila marcando su territorio, y gruñó:
— ¿Me estás diciendo que intentas provocar un Grohlrargr Cnock?
Culbert no tenía idea de qué estaba hablando, pero consideró que lo mejor era seguirles la corriente, por lo que respondió afirmativamente. El Líder lanzó un rugido mientras asentía, el otro ser lo imitó y con una voz mucho más potente que la de sus compañeros, gritó:
— ¡Grohlrargr Cnock!
Los compañeros de su rehén comenzaron a lanzar gruñidos y ladridos a dúo. Al parecer había provocado algún tipo de ritual o celebración. Cazador—de—Presas—Ágiles giró la cabeza y susurró:
— ¿Qué esperas? ¡Ahora debes soltarme! ¡Ya te han reconocido como un cazador superior a mí! ¿O deseas humillarme todavía más?
Culbert evaluó la situación. Estaba rodeado. Ya no podía escapar. Su única esperanza era que su rehén dijera la verdad. Que todo aquel despliegue no fuera parte de un plan de los alienígenas para liberar a su compañero.
"El que no arriesga, no gana", pensó y lo soltó. Todos comenzaron a golpear el piso con sus pies, sin dejar de ladrar. Cazador—de—Presas—Ágiles se volteó para quedar frente a frente con él. Lo estudió con sus ojos y mostró los dientes, en aquel extraño gesto que era a su vez una sonrisa y una amenaza. Se le acercó, lentamente. Luego lo tomó de la nuca y lo atrajo, hasta que la boca de Culbert quedó junto a su cuello.
— Ahora muerdeme, le susurró.
Extrañado, Culbert hizo lo que su antiguo rehén le indicó. Le mordió el cuello, sin llegar a sacar sangre, porque sus dientes no lograron penetrar el grueso cuero que era la piel de su rival. Cazador—de—Presas—Ágiles bajó los brazos, dejándolos flaccidos junto al cuerpo. Los demás festejaron. El Líder se les acercó. Tomó las cabezas de ambos y los separó.
— Muy bien. Has cumplido el ritual con honor. ¡Ahora a trabajar!
El grupo se disgregó. Cuando sólo quedaron Culbert y Cazador—de—Presas—Ágiles, el humano quiso saber qué debía hacer ahora.
— ¿Realmente no lo sabes? ¡Ahora buscamos a los tuyos y nos devolverán a tu manada!
— ¿Nos devolverán?
— ¡Claro! ¡Te has ganado mi vida! Después del Grohlrargr Cnock me convertiste en tu presa. Aquí tienes mis trofeos.
Y diciendo esto le entregó las vísceras que colgaban de él. Culbert tomó unos intestinos y los cruzó en su cuello, con asco.
Se dirigieron al puente, para indicar el rumbo a seguir. Al llegar, los otros dos seres lo recibieron con festejos. El Líder gritó:
— ¡Bienvenido a la Tribu, Bufanda—de—Intestinos!

Notó en seguida que se trataba de una nave mucho más chica que la que el Señor le había enviado a David Stern. Calculó un tamaño similar al de un avión de pasajeros de los grandes. O un porta aviones. Y aparentemente aquellos tres eran toda su tripulación.
— ¡Cuéntame de tu gente, Bufanda—de—Intestinos! ¿Son cazadores o presas?
Tras pensarlo brevemente, decidió que debía hacer parecer a la Tierra aún más violenta de lo que era en realidad. No podía arriesgarse a que consideraran la idea de usar su planeta como coto de caza, así que respondió:
— Definitivamente cazadores. Cazamos animales para comer. Hay quienes lo hacen por deporte. También nos cazamos entre nosotros.
— ¿Entre ustedes? ¿Cómo es eso?, preguntó sorprendido Otros—lo—Siguen.
— Hay quienes buscan a los más débiles para sacarles lo que es suyo. Se llaman ladrones. También hay quienes cazan a aquellos que les sacan a los demás. Como yo.
El Líder emitió un gruñido aprobatorio.
— Eres un Caza Raptores. Interesante. ¿Qué hay de tus Líderes? ¿Son grandes cazadores?
Culbert sonrió y respondió.
— Hay quienes dirían que la mayoría son Raptores. Pero siempre hay alguien intentando cazarlos. ¡Muchas veces se cazan entre ellos!
Otros—lo—Siguen hizo una mueca de sorpresa que en aquel rostro feral se vio muy cómica.
— Bien dicen que nunca hay que juzgar a una especie por sus gobernantes.
Culbert lanzó una carcajada que pronto se extendió entre los otros dos tripulantes. Cazador—de—Presas—Ágiles preguntó a continuación:
— ¿Y cómo nos encontraron? ¡No puedo encontrar tu nave ni aún con todos los sensores a máxima potencia!
— Busquennos y nos encontrarán. Estamos por ahí. Estamos probando sus habilidades de caza.
Cazador—de—Presas—Ágiles sonrió, complacido. Evidentemente a los suyos le gustaban los desafíos. Con respecto a aquello de que los encontrarían si los buscaban, hablaba más por esperanza que por convicción. ¿Qué había pasado? ¿Cómo había llegado allí? Si estos seres no lo habían secuestrado ni sabían nada del Arca, ¿Dónde estaban Stern y los otros?

Durante los días siguientes se encargó de construir un mito alrededor de los humanos. Que eran grandes cazadores, que hacía años que estaban estudiando a la especie de Cazador—de—Presas—Ágiles (luego supo que se hacían llamar Graahrknut, que en su idioma significaba "Los que están en la cima de la cadena alimentaria". Y también, por supuesto, les siguió diciendo una y otra vez que la nave que lo había llevado hasta allí era una de las tantas que los humanos poseían. No podía confiar en que aquella gente que había dedicado toda su cultura a exaltar los valores de la cacería se interesaran por la Tierra.
Y continuó así hasta que Saboreador—de—Médulas encontró el rastro muy leve de una transmisión. Al principio Culbert supuso que era una falsa alarma, pero a medida que se acercaban se dieron cuenta de que seguían una buena pista. Ver el Arca desde afuera lo llenó de esperanza y dicha. Pero cuando intentaron comunicarse, se dio cuenta de que sus compañeros no conocía el inglés, el castellano o cualquier lenguaje terrestre. Es más, no eran los Graahrknut quienes hablaban en inglés, o español. ¡Era él quien todo este tiempo había estado hablando en Graahrknut!
"Ya habrá tiempo para pensar en eso", se dijo a sí mismo. Y se ofreció a oficiar de traductor.

STERN

Había varias cosas que David Matthew Stern no soportaba. Pero una de las peores era sentir que había quedado en ridículo. Y en aquel momento sentía que había hecho el ridículo. ¡Delante de todo el personal del puente, para peor! Ese... argentino, ese tipo tan... insulso. ¡Humillado por alguien tan inferior!
Podía sentir el río de lava candente deslizándose lentamente por los recovecos de su cerebro, odiando todo a su paso. Sus dientes debían haberle dolido, por la fuerza con la que los apretaba, casi haciendo que estos se convirtieran en diamantes, de tanta presión a la que estaban siendo expuestos.
Y entonces, en medio de aquel violento proceso casi geológico que amenazaba con hacer estallar su verdadero rostro con una erupción digna del volcán Yellowstone y arruinar sus planes a corto plazo, una débil vocecilla intentó hacerse oír. David la escuchó por casualidad, entre rugidos de montañas y explosiones de cráteres renacientes.
"¡Tranquilo!", le decía la pequeña voz. "Tranquilo. Ten paciencia. Ya llegará tu momento." Era la voz de la razón. Su razón, al menos.
Y sonrió pacíficamente, imitando a una estatua de Buda.

TOMÁS

Habiendo solucionado el malentendido que casi arruina el Primer Contacto, Tomás invitó a los tripulantes de la nave extraterrestre a visitarlos, para conocerse mejor, comerciar y procurar la devolución de Culbert. Noelia recomendó vincular ambas naves en uno de los muelles de atraque, que casualmente era el hall de entrada en el que ellos habían despertado, luego del tiroteo en el Uritorco. Tomás recomendó cercar los alrededores del lugar, para evitar curiosos que pudieran interferir en el encuentro.
La comitiva de recepción estaba formada por Tomás, Stern y otros tres tripulantes, a cargo de la seguridad de la nave, entre ellos Mike. Estos últimos, sólo por precaución, llevaban cada uno un arma de fuego, una de las pocas que habían ingresado a la nave. Curiosamente, inventariar las armas había sido una de las primeras ideas y tareas de Culbert, antes de desaparecer.
Pronto, Enrique les avisó por el altavoz que el atraque había sido exitoso. Cuando las puertas se abrieron, tres figuras enormes surgieron de ellas, junto a una silueta familiar. Culbert había vuelto al Arca.
El Líder de la nave Graahrknut habló:
— Grrorgr knugrr. Raarrgh grohrgknack rawl Graahrknut.
Culbert comenzó a traducir:
— Somos los Graahrknut, a bordo de la nave de caza...
Y entonces sucedió.
Unos brazos metálicos surgieron del techo y las paredes. Con una puntería excepcional se dirigieron hacia los cráneos de los tres Graahrknut, clavándose en sus nucas. Los ojos de los visitantes se pusieron en blanco. Cuando los soltaron, sus cuerpos cayeron, inconscientes.

— ¿Qué... Qué pasó?, preguntó Culbert, asustado. Nadie supo responderle.
Los seres no se movían, pero estaban vivos. Tomás llamó a Diana. Si estaban vivos, había que tratarlos antes de provocar un incidente aún peor.
Stern preguntó a Culbert:
— ¿Alguien más sabe de esto? ¿Llegaron a informarlo a su planeta, o algo así?
— No — contestó Culbert — son una cultura cazadora. Esta era una expedición exploradora, en busca de nuevas presas y desafíos. Están muy lejos de su hogar.
Había tristeza en su voz.
— Bien. — exclamó Stern, aliviado — ¡Tommy Boy, si al despertar están furiosos, quiero que los eliminen y destruyan su nave!
Culbert intentó protestar, pero Stern le plantó cara y le dijo:
— ¿Te atreves a contradecirme, Agente? — Culbert bajó la vista, avergonzado — ¡Bien! ¡Recuerda tu misión! ¡Nuestra misión! ¡No la pienso arriesgar por unos... animales!
— Sí, Señor.
Y Stern se marchó, dejando a cargo a Tomás.

DIANA

Cuando Diana llegó y se encontró con quienes serían sus pacientes, lo primero que dijo fue:
— ¿Cómo quieren que los atienda? ¡No soy veterinaria!
— Bueno, tampoco sos una doctora, técnicamente hablando, bromeó Tomás. Cuando estaba muy nervioso podía hacer las bromas más estúpidas.
— Puede ser. ¡Pero desde que estamo' en esta nave del diablo me conozco todo' los rincone' del cuerpo humano y cómo arreglarlos! ¿Sabé'? ¡Así que no te hagás el cancherito conmigo!
Cuando Diana estaba nerviosa podía ponerse muy agresiva.
— No se enoje, Doctora. Pero le pido que los revise y trate de ver si están bien, si se pueden salvar.
— Yo recomiendo matarlos antes de que despierten, opinó Mike.
— ¡Sí, claro! — exclamó con sarcasmo Diana — ¡Primero me vas a tener que matar a mí! ¿Sabé'?
Mike se la quedó mirando, sorprendido. Él le debía la vida, no había manera de que le disparase. ¿O sí? Permaneció congelado un segundo más de lo debido. Lo suficiente para que ella dejara de interesarse por su reacción y volviera a enfocarse en sus pacientes.
— ¡A ver usté! ¡El que anda por ahí con los chinchuline' colgando del cuello!
— Me llamo Benjamin Culbert.
— ¡No me importa! ¡Lo que me importa es que usté' vivió un par de día' con ellos, ¿No?
Culbert asintió.
— Ajá. ¿Todos esto' órganos y vísceras que están acá tirado' son de ello', o son adorno'?
— Son... trofeos. Usan en sus ropas las entrañas de sus presas, como nosotros usamos medallas.
Diana hizo una mueca de asco.
— ¿Seguro que ninguna de las vísceras es de alguno de ello'? — Culbert negó con la cabeza — Entonce' están bien. Lo único que tienen es esa herida en la parte posterior del casco, pero no es algo grave.
Tomás la miró, confundido, y preguntó:
— ¿Cómo sabe que no es grave?
Diana le pidió a uno de los hombres de seguridad que se acercara. Le bajó el mentón y corrió los pelos de la nuca. Había una herida igual que la que ahora tenían los extraterrestres.
— Todos las tenemo'. Yo creo que lo que les pasó a ellos es lo que nos pasó a nosotro' cuando subimo' acá. Es más, yo creo que así es como aprendimo' a ser doctore, piloto, ingeniero' y lo que sea que vos sea'. — Dijo lo último mirando a Tomás, quien bajó la cabeza avergonzado. Ella lamentó haber dicho eso. Tenía ese problema, a veces era demasiado franca y terminaba lastimando a las personas.
— ¡Tiene sentido! — dijo Culbert. — ¡Eso explicaría también por qué todos hablamos en español!
— Sé, ponele, dijo Diana.
Hizo un breve silencio, mientras evaluaba lo que veía y avisó:
— ¡Atentos! ¡Estos bicho' están por despertar!
Uno de los extraterrestres gritó. Un rugido furioso que puso a todos en estado de alerta. Sus compañeros comenzaron a imitar su comportamiento, aunque aún no despertaban. Parecía como si los primeros indicios de su conciencia los obligaran a emitir esos sonidos en caso de inconsciencia, posiblemente para ahuyentar posibles predadores. Puede que también lo hicieran para despertarse entre sí, porque es lo que comenzó a pasar.

TOMÁS

Los gritos habían ido menguando hasta convertirse primero en gruñidos, luego en ronquidos y finalmente en ronroneos. Verlos así, tan pacíficos, bajó los niveles de adrenalina de los humanos que allí se encontraban. Culbert ordenó bajar las armas. Por el momento no representaban una amenaza, al parecer.
Claro que todo era parte de una estrategia de caza.
Otros—lo—Siguen se incorporó de un salto. Tomó por sorpresa al guardia que tenía cerca suyo y le golpeó el abdomen con una de sus enormes manos, levantándolo en el aire. Cazador—de—Presas—Ágiles se levantó dando una pirueta en el aire y con una feroz patada le rompió la mandíbula a Mike. Tomás tiró de las ropas de Culbert, alejándolo del ataque de uno de los seres. Ambos cayeron hacia atrás. Saboreador—de—Médulas se aprestó a rematar al guardia derribado por su Líder. Tomó una de las armas que ahora estaban tiradas en el suelo, pero no pudo accionar el gatillo porque sus dedos eran demasiado gruesos. Entonces decidió usarla como garrote. La levantó sobre su cabeza y cuando iba a bajarla se escuchó un disparo.
Todos permanecieron inmóviles, congelados ante el inesperado sonido de aquel imposible trueno que había sonado a años luz de cualquier atmósfera natural. Todos miraron hacia el origen del sonido y vieron a Stern, pistola en mano, todavía apuntando en diagonal hacia su derecha. Cuando tuvo la atención de todo el grupo, cambió el objetivo de su mira, listo para acribillar a alguno de los seres. Tomás aprovechó para hablar:
— ¡Tranquilos! ¡Todo fue un mal entendido! ¡Los invitamos aquí para conocernos mutuamente!
Otros—lo—Siguen habló, con una voz ronca. Sus palabras parecían ser esculpidas desde la garganta, en vez de habladas. Pero, como había predicho Diana, sonaban en español.
— ¿Conocerrrnos? ¡Nos invitarrron parrra cazarrrnos!
— ¡Les juro que no!, intentó explicar Tomás, pero el Líder de los Graahrknut no lo dejó continuar.
— ¡Porrr supuesto que sí! ¡Nos tomarrrron por sorrrprrresa! ¿Saben cuántas especies nos han tomado porrr sorrrprrresa desde que comenzamos a cazarrr entrrre las estrrrellas? — nadie contestó — ¡Sólo una!
Al decir esto, sus congéneres comenzaron a aullar. El recuerdo de aquella derrota debía ser bastante reciente, o al menos nunca había sanado propiamente.
— Insisto, no fue nuestra intención que se sintieran agredidos. Nuestra nave...
— Nuestra nave está preparada para atrapar las mejores presas. No nos gustan las crías, o las especies frágiles. ¡Queremos verdaderos guerreros! ¡Queremos nutrirnos con su gloria!, dijo Culbert desde el piso. Tomás lo miró, preguntándole con la mirada si se había vuelto loco. Pero el Agente le susurró "Confía en mí, sé lo que estoy haciendo".
El Líder de los Graahrknut lo observó detenidamente. Lo estudió con detalle. Y finalmente soltó un sonido extraño, que a Tomás le pareció una llamada de apareamiento. Pero no, era el equivalente Graahrknut de una carcajada. Sus compañeros rieron también. Tomás, Culbert y Diana se permitieron soltar un suspiro de alivio.

Minutos después, el grupo de visitantes se encontraba reunido con Stern, Tomás, Noelia, Culbert y otros. Diana había llevado a Mike a la enfermería, ayudada por el otro miembro de Seguridad. Los ánimos ya eran mas distendidos.
— ¿Entonces usted es el Líderrr de esta nave?
Stern saboreó el momento. Luego respondió afirmativamente. Aprovechó la ocasión para disculparse por su reacción inicial al conocerlos.
— No comprrrendo su concepto de "pedirrr disculpas". Hubo una ofensa de su parrrte, los desafiamos a una pelea justa y nos derrotó, borrando dicha ofensa. Ustedes son mejorrres cazadorrres que nosotrrros, por lo que están en todo su derrrecho de burrrlarse.
Tomás quiso explicar que todo era un mal entendido, pero Culbert le hizo señas para que no hablara. Después de todo, lo importante era que los Graahrknut ya no los atacarían.
Con eso solucionado, había llegado la hora de comerciar.
Otros—lo—Siguen explicó que en su cultura, no tenían dinero, sino que los intercambios de bienes se cobraban en alimento o presas vivas. Tomás mandó llamar a Florencia, entonces, para que trajera un plato de aquella pasta negro azulada que era hasta el momento su única fuente de alimento. Minutos después la chica a cargo del Buffet hizo su aparición, con su timidez característica. Traía una bandeja con varios platos de pasta alimenticia cortada en cubos.
Los Graahrknut tomaron los cubos con dos enormes dedos, los llevaron a su hocico y olfatearon. Se miraron entre ellos y finalmente los llevaron a sus bocas. Luego de tragarlos, Otros—lo—Siguen dio su veredicto:
— No tiene saborrr. Su texturrra es desagrrradable. No tiene... no hay palabrrras en su idioma parrra lo que voy a decir, perrro no tiene Rrargargnng.
— Alma de la presa — aclaró Culbert.
— ¡Exacto! Alma de la prrresa... Y aún así tiene todos los nutrrrientes necesarrrios parrra que un cazadorrr se mantenga en forrrma durante larrrgos viajes.
Saboreador—de—Médulas acotó:
— Y almacenarrrla ocupa mucho menos espacio que nuestros corrales de a borrrdo. Si aprrrendemos a prrroducirrr algo así, podrrríamos optimizarrr el espacio interrrno de nuestrrras naves.
— ¡Podrrríamos llegarrr más lejos! ¡Encontrarrr nuevos desafíos! — dijo su Líder.
— Es verrrdad — agregó Cazador—de—Presas—Ágiles, y luego cuestionó — ¿Pero valdrrría la pena un viaje con esa comida?
Saboreador—de—Médulas lo miró y se quedó en silencio, analizando la cuestión. Luego emitió su veredicto:
— Sólo las potenciales victorrrias a conseguirrr después de semejante viaje podrrrán saberlo. Quizás sí. Quizás no.
Stern habló:
— Tenemos un dicho en nuestro mundo: "El que no arriesga, no gana".
Otros—lo—Siguen sonrió al escuchar esa frase. Miró detenidamente a Stern. Luego dijo:
— Su gente es sabia. Ustedes son una especie muy... parrrticularrr. Se han ganado nuestrrro rrrespeto, cuando conocimos a Bufanda—de—Intestinos. Luego los desprrreciamos al conocerrrlos en video. Volvierrron a ganarrrse nuestrrro rrrespeto al salvarrrnos. Luego nos atacan a trrraición. Y ahorrra nos demuestrrran sabidurrría. — nadie supo qué decir. Las siguientes palabras definirían si todo terminaría en un apretón de manos o a los tiros. — ¡Aceptamos su extrrraña comida! Y les daremos trrres bueyes Rrohmg a cambio.
— Esos bueyes harrrán que mi viaje sea un poco mejorrr — comentó Cazador—de—Presas—Ágiles. Los humanos se lo quedaron mirando, sin entender. Otros—lo—Siguen se sintió obligado a explicarles.
— Su Exploradorrr, Bufanda—de—Intestinos, tomó de rrrehén a Cazadorrr—de—Prrresas—Ágiles y luego le perrrdonó la vida. Porrr eso, su existencia le perrrtenece. No se puede separrrarrr aquello que una cacerrría ha unido.
Culbert miró a sus compañeros, confundido. Luego a aquel grandulón de no menos de 300 kilos que acababa de convertirse en su responsabilidad. Cazador—de—Presas—Ágiles levantó su labio superior y resopló por el hocico. Era un equivalente Graahrknut a un guiño de ojos. Los extraterrestres lanzaron una vez más aquel ladrido que tenían por risa.
— Bien — dijo Tomás, cortando aquel incómodo momento de estupor — entonces... ya que vas a ser uno más de nosotros... ¿Cómo era tu nombre?
El gigante lo miró y dijo, con orgullo:
— Mi nombrrre es Cazadorrr—de—Prrresas—Ágiles, un nombrrre que gané en mi Rrrito de Crrrecimiento.
— ¿Podemos llamarte de alguna manera más corta? — preguntó Noelia — ¿Caz, por ejemplo?
Cazador—de—Presas—Ágiles gruñó, disgustado. Otros—lo—Siguen golpeó la mesa con el codo. Cazador—de—Presas—Ágiles lo miró y bajó la vista. Luego dijo:
— Sólo si aquel que me ha vencido lo aprrrueba.
Culbert asintió.
— No tengo ningún problema.
El oso extraterrestre contuvo otro gruñido y dijo a regañadientes:
— Entonces pueden llamarrrme Caz.

CAZ


Varias horas después, habiendo recibido bastante información sobre el territorio en el que se encontraban en aquel momento y las civilizaciones que lo poblaban, llegó el momento de decir adiós. Adiós a sus compañeros. A su vida como la había conocido. A su nombre. ¿A la posibilidad de volver a cazar? Sintió una fuerte ansiedad.
Se encontraban frente a la puerta de salida de la nave que a partir de ahora sería su hogar. Sus antiguos compañeros de viaje hablaban despreocupados con estos nuevos seres. Estos... Humanos. No pudo seguir conteniéndose y soltó un ronroneo de fastidio. Saboreador—de—Médulas lo oyó y se le acercó con presteza. Le habló en su lengua natal:
— ¡Silencio! ¡Esas muestras de frustración son típicas de niños y estúpidos! ¡Y no eres ninguna de las dos cosas!
— Pero... ¡Mi destino no está aquí, entre estos pequeños y debiluchos seres! ¡Mi destino está allí, entre las estrellas! ¡Rastreando comunicaciones y signos de vida con ustedes! ¡Buscando nuevos cotos de caza, nuevos sabores con los cuales enriquecer nuestro menú!
— Tu destino aún no llega, joven Cazador—de—Presas—Ágiles. Crees que tu vida es la piel de tu presa, pero aún te falta descubrir su carne, sus vísceras, y el interior de sus huesos.
— ¿Dices que mi viaje recién comienza?
Su amigo sonrió con picardía.
— No por nada me llamo Saboreador—de—Médulas, jovencito. He vivido mucho. He tomado a la presa de mi vida y la he saboreado hasta el tuétano. No me importaría morir, ahora que he tenido una existencia plena. Pero sí me molestaría ver que te rindes, cuando aún no entiendes que el verdadero festín no está en la cacería en sí, sino en los compañeros con quienes disfrutas dicho festín... Sin importar qué tan improbables sean estos compañeros.
Y se alejó sonriendo, hacia el interior de su nave.

Cuando llegó el momento de despedirse de Otros—lo—Siguen, Cazador—de—Presas—Ágiles se preparó para atesorar aquellas palabras de despedida, dichas en su lengua natal. Sabía que no volvería a oír su idioma en mucho tiempo.
—Nunca olvides tu nombre. Y recuerda que la más ágil de las presas es la vida misma.
Cazador—de—Presas—Ágiles saboreó cada matiz idiomático de aquella frase. Había implicaciones más profundas en el idioma Graahrknut que lo meramente dicho con palabras. Era una combinación de imágenes sensoriales que se incluían entre cada palabra. Y Otros—lo—Siguen había incluido el sabor de la carne, la sensación de la adrenalina fluyendo por las venas, los sonidos de una presa desprevenida, indefensa, y la dicha que se sentía cuando entre compañeros se disfrutaba del festín posterior a la cacería.
Cazador—de—Presas—Ágiles ronroneó complacido. Ambos extendieron sus brazos hasta que la mano de cada uno estuvo entre los dientes del otro. Y se mordieron con fuerza, hasta que cada uno saboreó la sangre del otro.
Y cuando se separaron y la puerta se cerró detrás de su antiguo Líder, Cazador—de—Presas—Ágiles dejó de existir.
Y nació Caz.

DIANA

Había sido un buen golpe el que había sufrido Mike. Su mandíbula estaba fuera de lugar y fracturada en tres partes. Por suerte la enfermería estaba muy bien equipada. Diana uso una especie de lápiz que servía para adormecer los nervios y calmar el dolor. Era lo más parecido a un anestésico que tenía a su disposición, pero era igualmente efectivo, así que no se quejó. Luego reconstruyó la mandíbula, desde el hueso hasta los dientes, pasando por los tendones y músculos, y comenzó a fortalecer la estructura ósea usando un artefacto al que ella llamaba "el suelda huesos". Cuando estaba casi terminando, fuera ya de toda presión, recién ahí se puso a hablar.
— ¿Tas mejor? — preguntó, sólo para agregar — ¡No hables, nene! ¡Esa quijada va está delicada como dos hora' má'!
Mike asintió. Ella le palmeó el hombro con fuerza.
— Así que ya sabé, ¡Chito la boca! ¿Estamo'? — se alegró cuando su paciente solamente asintió — Bien, así me gusta, que le haga caso a la "dotora".
Se puso a acomodar los utensilios que había usado para curarlo. Y mientras, siguió hablando.
— Ahora, cuchame una cosa, ¿Ya es la segunda vez que te emparcho, ¿no? ¿Te vas a andar lastimando seguido vó'? — No esperó ni se fijó si había una respuesta a su pregunta. Siguió hablando. — ¡Casi muerto estabas la otra vé'! ¡Todavía guardo la bala que te saqué de la panza! ¡La primera bala que saqué en mi perra vida!, perdón por la "espresión".
Siguió guardando cosas, en silencio. De golpe se paró a pensar algo, como considerando una idea. Dejó lo que estaba haciendo y se le acercó, mirándolo fijo.
— Vó sos yanqui. ¿Sos amigo del loco ese? ¿El que dice que Jesú es un marciano? — Mike asintió, preocupado — ¡Tranca, nene! ¡Por mí, que crea que Jesú es una piba de Loma de Zamora! ¡Tá todo bien! ¡Si por eso fuimo' con mi Juli a ese Encuentro! ¡Pá tené la cabeza abierta! — Contuvo el llanto mientras decía la última frase. Por un momento reinó el silencio en la enfermería, hasta que ella inspiró profundamente y siguió trabajando. — ¡Bué, ya está! ¡Ahora nada de comer sólido', ni agarrarse a las piña'! ¿Estamo'? — bufó una sonrisa irónica y acotó — Con lo de no comer sólido no vas a tener problema', igual.
Mike sonrió tímidamente. Ella le golpeó el hombro con fuerza.
— ¡Ya podés hablar tranquilo, paparulo!
— ¡Oh, OK!, respondió sorprendido.
— Te decía, que si sos amigo del yanqui.—Mike asintió — Bueno, entonce' te voy a pedir un favor: necesito que le recuerde' que yo quiero volver a casa. Que quiero volver a ver a mi hija. Porque todo muy lindo con este viaje por las estrella', pero mi Juli está solita allá en la Tierra y me necesita. Tá enferma, pobrecita. Y creo que ahora sé cómo curarla. ¿Estamo'?
— Estamos — respondió Mike, mostrándose mucho mas convencido de lo que en realidad estaba.

RAÚL

Acababan de decirle que el extraterrestre iba a trabajar con él. Eso le pareció extraño. De alguna manera podía aceptar estar viajando en una nave espacial, podía aceptar todos aquellos conocimientos técnicos tan avanzados que tenía en su cerebro, y hasta que Dios lo había elegido para aquella misteriosa peregrinación. Pero el tener un ser de otro mundo a su cargo... eso le daba otra perspectiva al asunto. Era la confirmación de que todo lo otro era más que una simple fantasía.
Por suerte, en aquel viaje estaba Noelia, quien le aportaba su cuota de "normalidad", con su carácter luminoso y sus proyectos divertidos. Pensaba en ello mientras terminaba de construir la "llave", el aparato que iban a usar para forzar la misteriosa puerta que habían encontrado.
Su turno ya estaba terminando, así que llamó a su amiga y se lo contó. Arreglaron encontrarse frente a la puerta, en quince minutos.
— ¿Nerviosa?, preguntó el joven, sonriendo, cuando llegaron allí.
— ¡Ansiosa!, respondió Noelia. Ambos rieron.
Al principio la puerta se resistió. Parecía querer usar toda su voluntad para evitar que los secretos que resguardaba se descubriesen. Hasta que finalmente cedió. Y lo que había del otro lado los dejó mudos...

...de la decepción.
No había nada, ni nadie. Al otro lado de la misteriosa puerta cerrada herméticamente tan solo había una habitación vacía. Otro de los tantos cuartos vacíos que poblaban la nave, esperando ser transformado en una oficina, un dormitorio o incluso un armario para guardar escobas.
Los amigos intercambiaron miradas de desilusión.
— Quizás haya un panel oculto, o una puerta secreta, bromeó Raúl.
— O una cámara de los secretos, continuó la broma Noelia.
— ¿Expelliarmus?
Ambos lanzaron una sonora carcajada que ahuyentó al fantasma del desencanto.
La risa de Noelia se interrumpió de golpe.
— ¡No voy a rendirme, Raulo!
Él la miró y asintió.
— Yo tampoco, Noe.
Y continuaron recorriendo los sinuosos corredores.

CULBERT

"De vuelta en casa", pensó cuando entró a su habitación. No gastó tiempo en pensar que todavía no se cumplía una semana desde que habían abordado aquel Arca. Mucho menos en considerar que había pasado los últimos dos días fuera de ésta. Lo que le importaba era que aquella habitación se sentía como un hogar, incluso cuando su única decoración era la pequeña foto de sus padres que había sacado de su billetera para pegarla en una de las paredes.
Se tiró un momento a descansar. Las últimas horas habían sido realmente agotadoras. Y entonces golpearon a su puerta.
Era Caz. El gigante de piel grisácea lo miró fijamente desde sus dos metros y medio de altura. Todavía se estaba familiarizando con las expresiones de los Graahrknut, pero estaba seguro de que no había furia ni hambre en sus amarillos ojos.
— ¿Qué sucede, Caz?
El extraterrestre se mordió un labio al escuchar el apócope de su nombre. Fue su única muestra de disconformidad.
— Me prrresento ante tí, Prropietario.
Una de las cejas de Culbert se alzó.
— ¿Propietario?
— Errres dueño de mi vida y mi destino. Soy tu prrropiedad y lo serrré hasta mi muerrrte.
Culbert intentó explicarle que en su cultura nadie podía poseer a otra persona, a lo que Caz respondió:
— De acuerrrdo con mi cultura, si no me aceptas como tu prrropiedad estoy obligado a cazarrrte y luego de devorrrarrrte deberrré acabarrr con mi vida. La muerrrte porrr rrrechazo es una de las peorrres muerrrtes. No tiene honorrr.
— Ok, ok. ¡Serás mi Propiedad! ¡Pero quiero que nos tratemos como iguales! ¿Entendiste?
El extraterrestre lo miró confundido. Luego se golpeó las piernas con las palmas de sus zarpas y murmuró disgustado "¡Humanos!"
Entró en la habitación, todavía con su bolsa de pieles cosidas que usaba para transportar sus cosas.
— ¡Un momento, un momento! ¿Qué estás haciendo?
Caz abrió la bolsa y desparramó su contenido en un rincón. Había piedras, pastos secos, huesos y, por supuesto, vísceras y carne. Mientras las acomodaba en el lugar que había elegido como suyo, formando una especie de nido, dijo:
— Preparando mi lugar para dormir.
— ¿Vas a dormir aquí? ¡No tengo otra cama!
— No necesito una cama, Prropietario. El suelo está bien parrra alguien como yo.
— ¡Pero tenemos habitaciones de sobra!
— ¡Mi lugarrr es aquí, contigo!
Culbert se dio cuenta de que era imposible discutir con aquel ser. Se volteó y fue a acostarse, pero no pudo dormir. Por más que le diera la espalda no podía evitar pensar en que alguien estaba allí a su lado, durmiendo en el suelo. Así que tomó sus sábanas, las sacó de su cama y las tiró en el rincón opuesto al que había elegido su compañero de cuarto.
— ¿Ves?, — le dijo, enojado—, ¡Iguales!
Y se acurrucó en el piso.
Lo último que escuchó antes de dormirse fue un bufido de su compañero y una palabra:
— ¡Humanos!


TOMÁS

En uno de los corredores laterales de la nave había una sección de aproximadamente cinco metros de largo totalmente transparente. Había sido descubierta por uno de los ingenieros, que se lo había reportado a Raúl, quien inmediatamente se lo contó a Noelia y al resto del personal del puente. Lo habían bautizado "El Mirador". Tomás había querido verlo desde que se enteró que existía, pero no había tenido tiempo para hacerlo. Y ahora que lo hacía, estaba tan fascinado por la vista, que no tenía posibilidad de pensar en cuánto lamentaba no haberlo hecho antes.
En aquel momento pasaban a cierta distancia de una guardería estelar. La enorme nube de gas y polvo se iluminaba con miles de luces provenientes de estrellas recién nacidas. Era la más maravillosa de las vistas que había disfrutado en su vida.
Una silueta en el borde de su visión lo sacó del ensimismamiento. Era Florencia. Estaba congelada a unos pasos del comienzo del majestuoso ventanal. Congelada de miedo, por la expresión de su rostro.
Se le acercó un poco, conservando algunos metros de distancia.
— ¿Estás bien?
Ella asintió enfáticamente. Luego lo miró brevemente a los ojos y bajó la vista al suelo. Negó con la cabeza.
— Nun... Nunca me animé a venir acá.
— ¿Por? ¿Tenés vértigo, o algo así?
Ella empezó a asentir, pero se interrumpió. Los dedos de su mano derecha tamborileaban nerviosamente sobre su mano izquierda.
— Tengo vértigo, pero acá no.
Tomás no entendió. Se quedó esperando una explicación, pero no llegaba, así que le dijo:
— Perdón, no te entendí.
Ella tomó aire. Sus dedos eran los palillos de la batería de una banda de power metal.
— En una terraza, un balcón, un avión o arriba de una silla sí tengo vértigo. Porque si me caigo me golpeo contra el piso. Acá no hay piso, ergo, no tengo vértigo.
— ¿Entonces?
— Entonces que en el buffet tengo paredes. Y piso. Y techo. Como en mi casa. Puedo escuchar a todos hablando de tal estrella, o de cual nebulosa, o hasta de extraterrestres. Pero para mí están hablando de Star Wars, y me quedo tranquila. Esto es distinto.
— Esto te prueba que es real eso de estar viajando por el espacio.
Florencia no respondió, pero dio a entender con el rostro que Tomás había acertado.
Durante un tiempo se quedaron así, ella mirando el piso, él mirándola a ella. Entonces recordó algo.
— Una vez en el secundario tuve que leer a un filósofo que decía que nada es real. — Ella lo miró, intrigada — El tipo decía algo así como que de lo único que uno puede estar seguro es de que uno existe, porque está pensando en su propia existencia. Nunca se me dio por leer filosofía, pero creo que según lo que decía este chabón, no tendrías que tenerle miedo a esta ventana, porque a lo mejor te la estás imaginando. Y no hay nada peor que tenerle miedo a algo que no está ahí, ¿No?
Ella mostró una sutil sonrisa. Y de a poco se fue acercando a él. Cuando estuvieron uno al lado del otro, ella se animó a mirar por el ventanal. No pudo evitar un suspiro de sorpresa.
— Hermoso, ¿no?, le dijo y ella asintió, muda de asombro.
— Descartes — dijo ella, de repente. Él la miró sin comprender, así que agregó — Es el nombre del filósofo que me decías recién. A mí sí me gusta la filosofía.
Y siguieron mirando en silencio, hasta que Tomás empezó a sentirse incómodo por la situación.
— Tengo que irme — dijo, sin molestarse en plantear una excusa. Ella lo miró, inexpresiva.
Cuando había avanzado unos diez pasos, escuchó a Florencia llamándolo. Se giró. Ella aún miraba las estrellas y sin dejar de mirarlas le dijo:
— Gracias por ayudarme, jefe.
Una vez más no le entendió, pero ella tampoco le explicó nada. Siguió mirando hacia afuera incluso después de que él la perdió de vista.

STERN

"Soy el Profeta. El elegido de Dios. El descendiente de Moisés, Jesús, Smith y los demás. ¡No voy a dejar que un sudamericano cualquiera me quite mi lugar en la historia! ¡Porque Dios me eligió a mí, no a él!".
Eso era lo que pensaba Stern, mientras se reunía con Mike, Valeria y un puñado de tripulantes fieles en su habitación. Desde luego, lo que dijo fue completamente distinto:
— Les pedí que vinieran porque confío en ustedes. Como bien saben, estamos en una misión sagrada. Tras sufrir durante largos años las burlas y humillaciones, tras haber sido perseguidos y denunciados, calumniados y amenazados, finalmente llegó el único juicio que debe importarnos: el Juicio de Dios. Y él, en su infinita sabiduría nos ha encontrado dignos y nos ha salvado. Como también ha salvado a otros. Hermanos que no comparten nuestras creencias, que incluso se burlan de ellas. Por eso está en nosotros el poder evangelizarlos, el convertirlos a nuestra religión y hacerles ver lo erróneo de su visión del mundo. Porque somos los elegidos, los portadores de la luz de la verdad. Y aquellos que no están en la luz, están en la oscuridad. Y en un planeta paraíso no hay lugar para la oscuridad. ¡Así que vayan, mis hijos! ¡Prediquen la Palabra! ¡Salven las vidas de aquellos que nuestro Padre ha preseleccionado! ¡Porque si Él los eligió, es que en algún recodo de su alma hay un pequeño destello de luz, o una prueba que debemos afrontar!
Todos aplaudieron y salieron a cumplir con su "misión sagrada". Todos, excepto Valeria y Mike, a quienes detuvo Stern. Cuando quedaron a solas, el tono teatral de Stern cambió hacia formas más confidenciales.
— No todos van a salvarse — confesó, y agregó — Y no quiero que todos se salven. Valeria, quiero que vigiles bien a ese Tomás. Me dejó en ridículo frente a los Graahrknut y nuestra tripulación. Mike, va lo mismo con nuestra doctora.
— ¿Con la doctora? ¿Por qué?
Stern lo miró, con suma violencia en sus ojos. Sin embargo, habló con una calma congelante.
— La doctora quiere volver a la Tierra. Eso puede provocar que otros quieran acompañarla. Y perder gente es un lujo que no podemos darnos. Así que vas a vigilar a tu amiga la doctora...
— ¡No es mi...! — y prefirió interrumpirse al ver la cara de su Líder.
— Vas a vigilar a tu amiga la doctora. Y me vas a contar todo lo que hace y dice.
Valeria habló, aún acostumbrándose a esta posición de confianza:
— ¿Y qué va a pasar con este Tomás y la doctora si no se convierten?
Stern sonrió y le acarició con ternura la nuca.
— A ellos dos no los quiero convertidos. ¡Los quiero muertos!




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