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PRÓLOGO:
UN DURO DESPERTAR.
“Every experience is a form of
exploration”
Ansel Adams
“Exploration is what you do when
you don’t know what you’re doing”
Neil deGrasse Tyson
“I’m not afraid of storms, for
i’m learning how to sail my ship”
Louisa May Alcott
"Though I'm past one hundred thousand miles
I'm feeling very still
And I think my spaceship knows wich way to go."
"Though I'm past one hundred thousand miles
I'm feeling very still
And I think my spaceship knows wich way to go."
David
Bowie, “Space oddity”
Tomás despertó. El dolor de cabeza
era mayor que las náuseas, aunque cada tanto esto se invertía. Se
sentía como la mañana después de la peor borrachera de su vida,
pero multiplicada por cuatro. Y todavía quedaba el asunto de
averiguar dónde estaba. Intentó abrir los ojos. La poca luz que
había en el lugar fue suficiente para clavarle astillas fotónicas
en sus pupilas. Cerró los párpados, tomó coraje, respiró profundo
y volvió a intentarlo.
La habitación parecía un galpón,
o hangar. O la boca de una ballena. Había otras personas a su
alrededor. No podía contarlas, (necesitaba enfocar la vista para
eso), pero a vuelo de pájaro le parecieron cientos. Todos estaban
igual que él: en el piso, mareados, luchando contra sus cuerpos para
lograr incorporarse. Vinieron a su mente algunos recuerdos confusos.
Una fiesta, un viaje, música, una pelea familiar, las sirenas de la
policía, disparos... ¿y un OVNI?
Dejó que su cuerpo descansara, que
recuperara algo de su fuerza. Aprovechó ese breve descanso para
poner a trabajar a su mente. Y entonces recordó.
La pelea familiar había sido con su
padre. Oscar era policía retirado. Una tradición familiar que Tomás
había decidido romper poco antes de cumplir los diecisiete. El
motivo de la transgresión había sido la muerte de su hermano
Carlos. Porque Carlos sí había seguido la tradición familiar. Pero
también se había metido en asuntos medio raros. Y esos asuntos
terminaron en un sospechoso asalto con olor a ajuste de cuentas.
Tomás no quería ser parte de eso. Y muy a pesar de la opinión de
su padre, decidió que su futuro estaba en el estudio. Aunque todavía
no se había decidido sobre qué carrera elegir. Lo cual lo llevó a
hacer un viaje.
El mejor viaje de su vida. El mejor
viaje de su vida, hasta ahora. Había salido — casi se había
escapado — hacía algo más de un mes. De mochilero, silbando
bajito "Rutas argentinas". Alejándose de aquel padre que
intentaba imponerle un destino. Y también incapaz de decidir por su
cuenta hacia dónde iría su vida. La secundaria había quedado atrás
el año anterior. Sabía que no quería seguir los pasos de su padre
y su hermano. Aunque eso no significaba que supiera lo que quería
hacer. Le interesaba la idea de estudiar ingeniería, pero su corazón
latía con fuerza cada vez que consideraba alguna carrera relacionada
con la astronomía. Por dentro culpaba a la ciencia ficción de
aquella indecisión; ya desde niño podía pasar horas mirando
series, películas o libros ambientados en el espacio. Y aquel
viaje/escape lo llevó sin rumbo fijo a Entre Ríos, Corrientes,
Chaco, Salta y finalmente, cuando alguien le habló del Encuentro
espiritual en el Uritorco, a Córdoba.
Aquello era una fiesta. Pero una
fiesta distinta. Sí, había música, pero también predios enormes
con gente meditando, o haciendo taichi. Había escenarios, pero en
lugar de grupos de música subían religiosos y filósofos, cada uno
hablaba, explicando sus creencias. Tomás se quedó escuchando a
algunos. Una congregación hablaba de la Era de Acuario, como si
estuvieran en plenos años '70. Y al terminar, una secta
norteamericana explicaba que para ellos Jesús había sido un
extraterrestre y la nave que lo traería de regreso estaba pronta a
llegar. Y a continuación, un grupo intentaba explicar la filosofía
budista. Tomás nunca había estado en un lugar semejante. Parecía
una especie de paraíso.
Hasta que se oyeron las sirenas.
Se trataba de al menos quince
patrulleros. Y no llegó a contar la cantidad de micros. Adivinó lo
que iba a pasar, irónicamente, gracias a las charlas de su padre en
aquellos asados familiares de otra vida. Los patrulleros iban a
establecer un perímetro, mostrar la cantidad de efectivos para
demostrar su fuerza e indicar por altavoz la razón del
procedimiento. Drogas, seguramente. Había visto, olfateado y le
habían ofrecido distintas variedades de drogas durante aquel evento.
Así que comenzó a alejarse, sin correr, hacia las partes más altas
de la ladera del Uritorco, a donde ninguna fuerza de seguridad había
llegado aún. Por un tiempo estuvo a salvo.
Hasta que comenzaron los disparos.
Cerca de mil personas se encontraban
en el festival cuando todo ocurrió. Sin contar a los policías y
agentes de la DEA. Cuando empezaron los disparos se produjo un
verdadero caos. Una estampida humana, con gente corriendo en todas
direcciones, tropezando entre sí. Tomás intentó tirarse al piso,
pero evaluó que corría el riesgo de ser pisoteado y decidió seguir
corriendo hacia la cima del cerro, lo más lejos posible del
enfrentamiento.
Fue entonces cuando apareció el
OVNI.
La inmensa mole metálica se
estrelló no muy lejos de donde se encontraba en aquel momento. Su
visión lo dejó a la vez fascinado y asustado. El sueño de toda su
vida y la pesadilla de la que había escapado se juntaban allí, en
las laderas del Uritorco, uno en la base, otro en la cima. Fue una
respuesta perfectamente natural para Tomás el correr con todas sus
fuerzas hacia la nave, apenas se abrieron sus puertas. Mucha gente lo
siguió. Al parecer preferían el misterio de lo desconocido que los
horrores de la violencia humana.
Y eso era lo último que recordaba.
Volvió a intentarlo y esta vez
logró incorporarse. No era el único. Varios de los que lo habían
seguido estaban levantándose también. Caminó tambaleante hasta una
ventana. Fueron diez pasos que parecieron diez cuadras. Y al asomarse
pudo ver el exterior: un cielo nocturno con más estrellas de las que
nunca había visto en la vida. Y la luna, aunque había algo raro en
ella. El color era distinto. Y entonces lo comprendió, cuando un
nuevo cuerpo celeste entró en su rango visual. Aquella no era la
Luna, porque la Luna nunca había estado orbitando alrededor de un
planeta anillado. Y comprendió que en aquel momento la nave se
encontraba... ¡en la órbita de Saturno!
Estuvo con la cabeza apoyada contra
la ventana y su boca abierta como una "O" mayúscula hasta
que alguien le tocó el hombro. Era una chica, recordaba haberla
cruzado durante el festival, habían charlado sobre música y libros
brevemente. Su nombre era Noelia, según recordaba.
— ¿Qué pasó?
Tomás no podía responder aquello
que aún no sabía, así que le cedió su lugar frente a la ventana.
Ella suspiró, primero de sorpresa, luego de miedo.
— ¿Esto es real? ¿Estamos en...?
— El espacio, la frontera final,
completó la frase Tomás, impostando la voz. No podía entender cómo
tenía ganas de hacer bromas ante aquella inverosímil situación.
Pero se sentía bien.
Un hombre los escuchó y se acercó
dando rápidos tropezones. Empujó a la chica fuera de la ventana y
miró hacia el vacío.
— ¡Tenía razón! ¡Ese loco
maldito tenía razón! No puedo creerlo, pero... Pero...
Y recayó en el mutismo.
— ¿Quién tenía razón?,
preguntó la chica, olvidando la actitud grosera del hombre.
— ¡Ese loco! ¡Ese rufián,
traficante, criminal!, ante cada insulto, la cara del hombre se ponía
más y más colorada.
— ¿Ese... mesías? — dijo una
voz — Creo, agente Culbert,que esa es la palabra que usted busca
para definirme.
El misterioso hombre hablaba con una
voz que inundó el recinto sin necesidad de gritar. Sus manos
aleteaban teatralmente, acompañando las palabras con gestos
realizados con dedos ofidios. El tal agente Culbert abrió tanto sus
ojos, que pareció por un momento que Saturno había ganado otros dos
satélites. Sus manos temblaron, indecisas sobre si tomar su arma o
entrelazarse en oración. Tomás reconoció esa mirada. Era la misma
que había tenido su hermano la última vez que lo vio, antes de que
lo mataran. Apartó a la chica, que había quedado entre él y
Culbert, caminando lentamente hacia un costado. Había una historia
entre aquellos dos hombres, una historia de conflictos. Y estaba por
definirse ahí mismo.
El hombre de los gestos tespianos
acortó la distancia entre él y su adversario hasta quedar frente a
frente.
— ¿Y bien, Culbert? ¿Qué harás
ahora? ¿Arrestarme? ¿O reconocerme como tu salvador? ¡Como el
Último Profeta!
Los ojos del agente, dos frías
gemas en un rostro pétreo, comenzaron a llorar. Finalmente, el
hombre cayó literalmente sobre sus rodillas y murmuró una palabra,
inaudible para aquellos que se encontraban a más de un par de pasos
de distancia: "Perdón".
Tomás apartó la vista de la escena
y miró alrededor. Parecía que todos aquellos que ocupaban aquel
enorme recinto habían despertado ya. Sintió la necesidad de
averiguar qué estaba pasando. Y viendo que ya no había ningún
conflicto entre aquellos dos hombres, habló lo más alto que pudo,
sin llegar a gritar.
— Si ya están todos bien, creo
que deberíamos explorar esta nave. Encontrar a sus tripulantes y
averiguar por qué nos secuestraron.
Aún incapaz de incorporarse, el
agente Culbert respondió:
— Puede que te cueste creerlo,
Dios sabe que a mí mismo me ha costado mucho hacerlo, pero no nos
han secuestrado. Hemos sido ascendidos. ¡Y estamos yendo hacia el
Paraíso!
El hombre teatral sonrió
satisfecho. Luego tomó la palabra. Habló para todo el recinto.
—¡Es así! En verdad os digo que
es así. Porque nuestro Señor me ha elegido como su profeta, para
avisar al mundo que su regreso estaba cerca. Ya lo dijo el Libro
Sagrado, que su Segunda Venida sería con todo su poder. ¡Y éste
poder es el que nos ha elevado más allá de los cielos! ¡En rumbo
directo hacia el planeta Paraíso!
Un murmullo general inundó la sala.
El considerarse un enviado de cualquier deidad nunca pasa
desapercibido. Los segundos siguientes definirían una buena parte de
la vida dentro de la nave. Tomás lo entendió y decidió evitar
cualquier posibilidad de conflicto.
— Creo que primero debemos saber
qué tan grande es esta nave... y buscar a sus tripulantes.
Y como por arte de magia, comenzaron
a oírse palabras de aprobación. El auto proclamado Mesías lo miró,
estudiándolo en silencio. Su mirada pasó brevemente de una furia
apenas contenida a una expresión neutra y de allí a algo parecido
al interés. Un segundo después sonrió, chocó sus palmas en un
sonoro aplauso (uno solo) y exclamó:
—¡Este joven tiene razón!
¡Nuestra nave puede haber sido enviada directamente desde los cielos
por nuestro Señor, pero seguramente sus ángeles la pilotean.
¡Arriba, mis hermanos! ¡Es momento de explorar!
El hombre teatral se acercó a
Tomás, extendiendo su mano.
— David Stern, encantado.
Tomás se presentó. El hombre era
puro carisma. ¿Había imaginado aquella mirada de fuego? Porque nada
le indicaba en aquel rostro que Stern tuviese algo en su contra.
Tomás, Stern, el agente Culbert,
Noelia y otros más se dirigieron hacia un pasillo a la derecha. El
resto se dividieron entre un pasillo central y otro a la izquierda.
El pasillo los llevó por una serie
de corredores sinuosos que desembocaron en una habitación semi
circular, repleta de consolas. Una gran pantalla al frente hizo que
Tomás dedujera que se trataba del puente de mando.
Una luz titilaba en una de las
consolas. Un joven se acercó a esta y comenzó a tocar los
controles. Una voz inundó el recinto.
— Hola. ¿Me escuchan? Creo que
desde aquí se puede hablar a otras partes de la nave. ¿Me escuchan?
El joven tocó otros botones y
respondió:
— Escucho. Escuchamos. ¿Quién
habla?
La otra voz hablaba con una tonada
que a Tomás le resultaba difícil de ubicar.
— Me llamo Raúl Quiroga. Estamos
en lo que parece ser la sala de motores de la nave. ¿Hablo con el
puente, verdad?
El chico que había tocado la
consola miró al resto del grupo, sin saber qué responder. Tomás
asintió con la cabeza.
— Es el puente, sí. Yo soy Quique
Montoya. ¿Hace mucho que estás ahí?
—Recién llego. Estaba en el
Uritorco, con ustedes. Tomamos el camino de la izquierda y cuando
quisimos acordar estábamos aquí.
El joven miró al grupo nuevamente,
como pidiendo la aprobación para seguir hablando y respondió:
— Nosotros tomamos el pasillo de
la derecha, Raúl. Y esto te puede parecer re loco, pero miro este
tablero y me conozco todos los controles.
— ¡Me pasa lo mismo! Nunca había
visto máquinas como estas. Así y todo puedo decir para qué sirve
cada una.
Stern se acercó al lugar. Le hizo
señas al chico, preguntando con gestos si su interlocutor podía
oírlo. El joven asintió. Entonces habló.
— Señor Quiroga, soy David Stern,
a cargo del Arca. — hubo varios cruces de miradas ante esta
afirmación — ¿Qué tan bien conoce los motores?
En la voz que salía del parlante
podía adivinarse una sonrisa de alegría.
—¡Bastante bien, diría yo! Puedo
decir qué es cada cosa, cómo funciona y qué necesito para
arreglarla en caso de romperse. No entiendo cómo, pero lo sé.
— Entonces, mi querido amigo,
usted será nuestro jefe de Ingeniería.
Luego se dirigió a quienes lo
acompañaban en la sala:
— ¿Alguien más conoce las
funciones de algo?
— Esta es la consola de
comunicaciones, no cabe duda — dijo Quique y agregó — ¡Parece
mentira, pero la conozco mejor que la consola que uso para mezclar
ritmos en el bar!
— ¡Desde acá se puede controlar
el rumbo de la nave!, dijo Noelia.
— Y estas son las armas y sensores
tácticos, no me cabe ninguna duda, comentó el agente Culbert.
— ¡Bien!, exclamó Stern,
chocando las palmas nuevamente, ¡Entonces tenemos gente a cargo de
las comunicaciones, el rumbo y las armas! Ahora necesitamos saber
hacia dónde vamos a ir.
— Ahora volvemo' a casa, mi hija
está allá.
Era una mujer la que hablaba. Tomás
se acercó a ella.
— ¿Estás segura de que está
allá? ¡Subió mucha gente!
— Corrimo' cerro arriba cuando
empezaron los disparo'. Ella tropezó. No pude volver para atrá',
porque había demasiadas persona' corriendo y la perdí de vista.
Pero ella es asmática, no creo que haya podido llegar hasta acá.
— No lo sabemos. Te prometo que la
vamos a buscar. Y si no está acá, volvemos.
— ¡Que alguien acompañe a la
señora a buscar a su hija!, ordenó Stern. Pero cuando Tomás la
tomó del brazo, exclamó: ¡Usted no! ¡A usted lo necesito acá por
el momento!
Una chica se ofreció a ayudarla y
salieron de la habitación.
Stern se acercó a Tomás y susurró:
— No podemos volver. ¡No vamos a
volver! ¡No hagas promesas que no podrás cumplir, jovencito! — y
antes de darle tiempo para responder, agregó en un tono opuesto al
que venía usando para regañarlo, más amable — Todos parecen
tener una función asignada en nuestra Arca. ¿Cuál crees que sería
tu función en este viaje?
Sorprendido, Tomás no supo qué
responder. Todavía no sabía cuál iba a ser su función en la
Tierra, menos iba a saber qué hacer en una imposible nave
interestelar, en una misión supuestamente religiosa.
— No sabría decirte. Siempre me
gustó mucho la ciencia ficción. También me leo cada artículo de
astronomía que encuentro, y miro todas las series y libros de
ciencia ficción que haya por ahí, así que todo esto me resulta más
familiar que a muchos de los de acá. ¡Pero no tengo idea de qué
hacer con una nave real!
Stern le puso ambas manos en los
hombros y le dijo, olvidando su enojo anterior:
— ¡No digas nada más! Serás mi
mano derecha. Tengo en claro nuestra misión. Necesito tus consejos
para llevarnos a destino. — y levantando la voz para que todos
oyeran agregó — ¡para llegar al Paraíso!
Culbert aplaudió con fervor
fanático. Un par de personas lo imitaron. Segundos después se
sumaron algunos más, hasta que casi todos los que estaban en el
puente vitoreaban al excéntrico líder religioso.
Tomás observaba todo maravillado,
como se observa un accidente de tránsito o también un hijo recién
nacido. Pero no aplaudió. Stern lo notó y abandonó por medio
segundo su éxtasis para levantar una ceja ante su actitud. La
expresión desapareció tan rápido de su rostro que Tomás llegó a
pensar que lo había imaginado.
Mucho después, quizás demasiado
tarde, entendió que de haberlo tenido en cuenta, las cosas hubieran
salido de otra forma.
Poco después, cada uno tenía
asignado su puesto. Algo había pasado, probablemente mientras
estuvieron desmayados. Algo que los había dotado con las habilidades
necesarias para dirigir la nave. Por otra parte, hasta el momento no
habían encontrado ninguna señal de los tripulantes anteriores.
Stern aprovechó esto para decir que aquello era simplemente "un
regalo de Dios". Pero había quien pensaba que se trataba de un
experimento de la NASA, una nave automática fuera de curso y hasta
que nada de aquello era real y ellos habían muerto en la redada de
la DEA.
Fuera lo que fuese, lo cierto era
que ya habían conseguido encender los motores y se encontraban cerca
de la órbita de Plutón.
De repente, Tomás tuvo una idea. Se
acercó al puesto de Quique Montoya y le preguntó:
— Quique, ¿Te aparece alguna
especie de nave cerca? ¿Cualquier cosa artificial?
Enrique acarició sus controles,
como lo hacía cuando pasaba música en los boliches, allá en la
cada vez más lejana Tierra. Algo apareció en su pantalla.
— ¡Veo algo! ¿Vos decís que es
otra nave como esta? ¡Ah, no pará! Es muy chiquita para ser otra
nave.
Tomás sonrió. Era lo que buscaba.
Le pidió a Noelia que fijara el rumbo y hacia allí se dirigieron.
Usaron algo que Culbert definió como "cuerda de gravedad"
para subirla a bordo. Sin explicaciones, Tomás corrió a ver el
objeto, solicitando la compañía de Raúl y Stern. Llegaron
prácticamente al mismo tiempo a la bahía de carga donde éste se
encontraba, la cara de Tomás rebasaba de admiración.
— ¿Qué es?, preguntó Raúl,
luego de presentarse. Tomás lo miró, incrédulo.
— ¿En serio me lo decís? ¡No la
conocés? ¡Este bebé es la Voyager!
— ¿La sonda de la NASA?
— ¡Ajá!
Y ambos se quedaron maravillados,
mudos, hasta que Stern los interrumpió.
— ¿Y para qué queremos un
antiguo juguete espacial?.
— Porque si nos encontramos con
extraterrestres... bueno, según tengo entendido, acá hay un disco
diseñado por científicos para que cualquier especie lo pueda
entender. Si tenemos que hablar con ellos, podemos empezar por ahí.
Hubo murmullos de aprobación. Todos
los presentes lo consideraron una buena idea. Salvo Tomás, porque
había mentido. El verdadero motivo para guardar la Voyager era el
mapa que indicaba cómo regresar a la Tierra. No podía dejar de
pensar en aquella mujer que había preguntado por su hija. Mientras
Stern en su fanatismo había decidido que la única opción era
buscar un lugar que podría o no existir, su propia decisión había
sido que si encontraban una raza lo suficientemente amigable como
para confiarles la vida de quienes quisieran volver a la Tierra y sus
coordenadas, intentaría hacer regresar a quien lo quisiera.
Y así, mientras volaban hacia el
exterior del sistema Solar, comenzó lo que en algún momento le
traería uno de los peores problemas de su ya problemática vida.
CAPÍTULO 1: PRIMEROS CONTACTOS
“A spaceman came travelling on his ship from afar,
'Twas light years of time since his mission did start,
And over a village he halted his craft,
And it hung in the sky like a star, just like a star”
Chris de Burgh - A Spaceman Came Travelling
'Twas light years of time since his mission did start,
And over a village he halted his craft,
And it hung in the sky like a star, just like a star”
Chris de Burgh - A Spaceman Came Travelling
NOELIA
Todavía no habían pasado 24 horas
desde que habían despertado en el interior de aquella nave que Stern
insistentemente había denominado "El Arca". Algunos
detalles, como la función que cada uno de los refugiados tendría en
aquel viaje, estaban resueltos. Otros, como el rumbo a seguir, eran
una incógnita. Stern, Tomás, Noelia, Enrique, Culbert y otros se
encontraban en el puente de mando después de hacer una recorrida
general por el resto de las instalaciones. Era el momento de trazar
el camino a seguir.
— ¿Para dónde vamos, entonces? —
preguntó Noelia, la encargada del timón.
— Aún no lo sé — respondió
Stern — lo único que me ha dejado en claro nuestro Señor es que
no podemos volver hacia atrás.
— ¿Por qué? — quiso saber
Enrique, desde su consola de comunicaciones.
— Por el diluvio, desde
luego.—respondió Stern con la misma naturalidad que si hubiera
estado hablando de la lista de compras del supermercado.
— ¿Diluvio?
— ¡Sí! ¡Una lluvia sin fin! ¡De
fuego y azufre! No hay a donde volver, porque nuestro antiguo hogar,
aquel nido de incontables desdichas y desigualdades será consumido
dentro de siete días. ¡Así me lo ha revelado nuestro Padre en una
visión!
Tomás decidió bajar la vista. Algo
en su interior le dijo que podía ser peligroso cruzar miradas con
cualquiera. Sobre todo con Culbert vigilando cada expresión, listo
para reportar y, de ser necesario, juzgar. Por el momento le seguiría
la corriente. Pero a pesar de que las probabilidades de que una nave
espacial se apareciera justo frente a alguien que durante años había
predicado que aquello iba a suceder eran astronómicas, se negaba a
creer que aquella era una nave enviada por algún incierto dios
dispuesto a incinerar su planeta. Al menos hasta tener a la deidad
frente a sus ojos.
— Si tenemos que elegir un camino
a seguir, creo que lo mejor es que decida nuestra navegante, propuso
Stern.
— ¿Yo? ¡Hay, ni idea! — dijo
Noelia, mirando el mapa que le mostraba su pantalla, lo pensó un
poco y agregó: ¡Ya sé! Siempre me gustó el horóscopo. Miro este
mapa y acá veo Libra, acá Sagitario, estas de acá son Acuario...
Yo soy de Tauro. ¡Pero una taurina atípica, ojo! ¿Les parece que
vayamos por ahí?
Al no tener una dirección definida,
cualquier punto les parecía bien. Así que el consenso fue general.
Y partieron hacia Tauro. A máxima
velocidad.
TOMÁS
El primer turno de Tomás había
transcurrido sin novedades. Cada centímetro que avanzaban en el
vacío era un récord en la historia de la humanidad, así que a
pesar de no haber visto más que aquel oscuro tapiz manchado de
estrellas, sentían una emoción reservada únicamente a los
pioneros. Aún así, se sentía agotado. Había pasado la primera
parte del turno sentado junto a Stern, escuchándolo hablar de la
supuesta "misión sagrada" que emprendían. El auto
proclamado capitán hablaba con tanto fervor y entusiasmo que no le
había dejado hacer ni un comentario. Y tenía un montón de cosas
que decir. Debían discutir varios asuntos. Aspectos fundamentales en
un viaje de aquella naturaleza. Por suerte, en medio de su monólogo
se interrumpió y decidió salir del puente para recorrer la nave.
Tomás se quedó un momento sentado en silencio, agotado. Quique
sonrió al verlo bostezar y le dijo:
— Es intenso el hombre, ¿eh?
Un chorro helado de adrenalina le
inundó las venas al escuchar aquello. Si Quique lo había notado,
entonces Culbert lo había notado. Y si aquel fanático podía
siquiera sospechar que alguien no estaba de acuerdo con los ideales
de Stern, las cosas podían ponerse muy feas.
— Estoy cansado, nada más. ¡Ya
en el festival me estaba muriendo de sueño, y todavía no me pude
acostar a descansar ni un rato!, dijo para disimular. Miró a Culbert
de reojo, pero no notó ningún tipo de reacción. O quizás estaba
imaginando cosas. Su hermano siempre le decía que era medio
dramático.Y al parecer su hermano tenía razón. Culbert seguía con
sus tareas de familiarizarse con su nuevo puesto de trabajo. Si había
notado algo de lo sucedido, no daba muestras de ello.
Decidió abandonar su puesto cuando
descubrió que se había quedado dormido sentado. Noelia y Enrique le
lanzaron una sonrisa entre burlona y cómplice. Dejó el puente a
cargo de Culbert y salió hacia el corredor que llevaba a su
habitación. Otro conocimiento adquirido inexplicablemente: la
ubicación de su cuarto. Sin embargo no pudo llegar a su destino. Se
cruzó con Stern en el camino y éste le dijo las palabras que uno
nunca quiere oír de una pareja o un jefe: "tenemos que hablar".
Caminaron hasta un recinto mucho más
grande que sólo unos pocos habían visto hasta el momento. Estaba
lleno de mesas y sillas. Sin lugar a dudas se trataba del comedor. Se
sentaron en una mesa. Poco después se les acercó una chica.
— ¿Quieren comer algo?, preguntó.
No podía decirse que expresara alegría al hablar, pero tampoco
tristeza. O enojo. Hablaba con el tono neutro y carente de emoción
de un androide de película de ciencia ficción. Como indiferente
ante ellos.
— ¡Tengo tanto sueño que no me
había dado cuenta del hambre que tengo!, dijo Tomás, intentando ser
gracioso. No le salió. La chica se volteó, volviendo a lo que
seguramente era la cocina, Stern apenas sonrió.
— Entonces, señor Stern...
— David, por favor. O Dave. O
Capitán, si estamos frente a alguien. Pero entre nosotros soy David.
¿OK?
— Ok, David.
— Te preguntarás por qué te he
traído hasta aquí. ¿Por qué te estoy robando preciosas horas de
sagrado descanso? — y sin esperar respuesta, agregó — Porque si
vas a ser mi mano derecha, necesito conocer a mi mano derecha. ¡Como
la palma de mi mano! ¿No?
Tomás se rió ante la ocurrencia.
No llegó a contestar. La chica que
los atendía regresó con dos platos de una pasta grumosa de un color
negro azulado. Y dos vasos con un líquido del mismo color.
Ambos hombres se miraron,
compartiendo su extrañeza. Tras dejar los alimentos, la chica empezó
a retirarse, cuando fue interrumpida por Stern.
— Perdón, pero... ¿Qué... Qué
es esto?
La chica alzó sus hombros.
— Es comida. Y bebida.
— Pero... No te lo tomes a mal,
pero... ¿No hay otra cosa?
— Es lo que hay. Es lo único que
hay, respondió ella, lacónica.
— ¡No podemos comer esto!, dijo
Tomás, ¡No sabemos si es algo apto para nosotros!
— Sí sabemos. — dijo la joven —
Se lo mostré a nuestra médica. Lo analizó y dijo que tiene todo lo
que necesitamos.
— ¿Alimento balanceado para
humanos?, bromeó Tomás. La chica rió. Fue el primer indicio de
emoción desde que habían comenzado a conversar.
— Hola, soy Florencia.
— Hola. Tomás.
— Sí, lo escuché a él cuando te
nombró.
— Soy David Stern, capitán de
este Arca que nos envía al Paraíso.
Florencia lo miró, inexpresiva.
Murmuró un "Hola" y se retiró. Ambos hombres se miraron,
extrañados.
— ¿Estará deprimida?, preguntó
Stern. Tomás se encogió de hombros.
— No me parece. Creo que es así
su personalidad, nada más.
Stern se mostró escéptico, por una
vez en su vida.
— No sé... Me titilan todas las
luces rojas que indican "Peligro, depresión". ¡No podemos
permitir que un estado de ánimo tan negativo se contagie en los
demás!
Era claro que había comenzado a
verla como una amenaza. ¡A aquella chica, que difícilmente podría
matar una mosca! Tomás supo que debía intervenir. Era ahora o
nunca.
— Voy a estudiarla, si te parece
bien. Así nos sacamos la duda de qué le está pasando.
— ¡Me parece muy buena idea!
Necesitamos conocer a nuestros fieles. — "Tripulación",
corrigió mentalmente Tomás. — Saber qué tan comprometidos están
con la causa. Saber si son felices. Por ejemplo, Tommy, ¿eres feliz?
¿Crees que llegaremos al Paraíso?.
Tomás suspiró. David parecía un
tipo simpático, pero no podía olvidar que el tiroteo en el festival
había sido por su culpa. Y si la DEA y Culbert habían estado allí,
sin dudas que era alguien peligroso. Así que debía ir con cuidado.
¡Si sólo no estuviera tan cansado!
— Voy a decirte la verdad. —
Stern asintió, sonriendo amable. Parecía al mismo tiempo una imagen
de Jesús y una foto de Charles Manson — No estoy del todo seguro
de que nos estemos yendo hacia un planeta paraíso. Pero tampoco
puedo negar que vos venís diciendo desde hace años que una nave
espacial te iba a sacar del planeta y ahora estamos en el espacio, la
frontera final, donde nadie ha llegado antes.
Terminó la frase y sintió que
empezaba a transpirar. Estaba tan nervioso que sin darse cuenta bebió
aquel líquido extraño.
— ¿Cómo está? — al principio
no entendía de qué le hablaba, hasta que Stern le señaló con la
mirada el vaso.
— Tiene un sabor que es una mezcla
entre un licuado muy aguado y cartón. Con la consistencia de un
batido.
— ¡Mmmm! ¡Yum yum! — ambos
rieron, lo cual tranquilizó a Tomás — ¡Tenemos que conseguir
mejor comida! ¡Las quejas por los alimentos son un factor importante
para los motines!
— Podemos conseguir comida si
encontramos otras naves y comerciamos. Pero antes de eso hay que
establecer un protocolo de primer contacto.
— ¿Primer contacto?
— Sí, qué hacer y cómo
comportarnos cuando encontremos una nueva especie.
— ¡Nah, eso es fácil! ¡Tengo un
talento natural para conocer gente! ¿O no? ¡Mira cómo nos estamos
llevando nosotros dos, que pocas horas atrás éramos un par de
extraños!
Tomás asintió. Más por obligación
que por convicción. Y continuaron conversando, sintiéndose ya más
tranquilo. El resto de la charla se dio de manera muy orgánica.
RAÚL
Su turno había terminado. Aquel
fragmento de tiempo había sido probablemente el más productivo de
toda su vida. Desde la Sala de Motores se dedicó a conocer al resto
de los "ingenieros" a cargo de mantener el funcionamiento
de aquella formidable y misteriosa nave espacial. La gran mayoría
habían sido mecánicos o artesanos en su "otra vida", allá
en la cada vez más lejana Tierra. Como él, que un día se cansó de
la monotonía de su rutina, tomó su mochila y se alejó de Cuzco.
Primero en ómnibus, luego a dedo y finalmente caminando. Había
hecho muchos amigos en el camino. Amistades de tierra adentro que
pronto se convertían en agradables recuerdos, cuando decidían
seguir distintos rumbos.
Y su rumbo, justamente, lo había
llevado hasta allí: cada vez más lejos del Sistema Solar, con
conocimientos técnicos dentro de su cabeza que si volviese a su
hogar le valdrían al menos una docena de premios Nobel en distintos
campos.
Se encontraba pensando en ello,
cuando literalmente tropezó con una chica. Era muy delgada, casi
transparente, por lo que el tropezón terminó con ella en el piso.
Avergonzado, Raúl la ayudó a levantarse. Le pidió disculpas y
aprovechó a presentarse.
— Me llamo Raúl Quiroga. Y parece
que estoy a cargo de los motores de la nave.
— ¡Raúl! ¡Soy Noelia! ¡Hablamos
hace un rato, cuando llamaste al puente!
— ¡Ya se me hacía conocida tu
voz!
— La tuya también, por el acento.
¿De dónde sos?
— Cuzco, Perú. ¿Y tu? ¿De
Buenos Aires?
— ¡Nuuu! ¿Porteña, yo? ¡Ni
hablar! Soy de Neuquén.
Ambos rieron. Una amistad comenzaba
a formarse. Comentaron las maravillas que estaban viviendo, la
nostalgia por lo que habían dejado atrás y las ansias por descubrir
qué les deparaba el futuro. Entonces Raúl se puso un poco serio.
— ¿Y qué opinas de nuestro
capitán?
—¿De Stern? Es excéntrico, pero
creo que algo de razón tiene.
—¿Crées que ha sido elegido por
Dios para llevarnos a un planeta paraíso? — sonreía con sarcasmo.
Noelia sonrió. Siempre sonreía, al parecer.
— Ya sé que suena a locura. Pero
también sonaba a locura que una nave espacial lo iba a sacar del
planeta. ¡Y acá estamos!
Raúl sacudió la cabeza de
izquierda a derecha, como sopesando sus ideas y las de ella.
— Sí, puede ser. En ese sentido
tienes razón... ¡Pero hay que admitir que sí es excéntrico! Pasó
hace unas horas por el cuarto de motores. Se presentó, nos dio un
discurso grandilocuente, intentando inspirarnos y luego se fue. En
todo el rato que estuvo allí, me dio la sensación de que no nos
miraba. De que buscaba a alguien. Alguien que no estaba allí.
— Mmm... ¡Interesante! ¿Alguien
como algún conocido?
— Puede ser. Seguramente. Después
de todo, se encontraba en el Uritorco con toda su secta, si mal no
recuerdo.
— Rauli, ¿Sabías que siempre me
gustaron los misterios? — el joven lo negó con la cabeza — ¿Y a
vos? ¿Te gustan?
— Me gustan.
— Entonces te propongo que
investiguemos mejor a nuestro capitán. ¡Mirá si resulta ser un
extraterrestre y fue él quien diseñó esta nave! — Raúl la miró,
escéptico — Digo, es una posibilidad. Hasta que no sepamos más,
no podemos llegar a ninguna conclusión.
— Yo digo que deberíamos
investigar bien a esta nave. Y luego buscar la relación entre ésta
y Stern.
— ¡Ey! ¡Me gusta mucho la idea!
— ¡Entonces es un trato!
Y se fueron a descansar.
CULBERT
Mientras Stern le hablaba, Culbert
tuvo un pequeño momento de dispersión. Es que escuchar a aquel
hombre, hasta el día anterior, le había dado náuseas. Ahora, todo
lo que él decía le sonaba sagrado. Y eso lo maravillaba.
Culbert había crecido en una
familia muy religiosa. Sus primeros recuerdos estaban llenos de
imágenes de iglesias, rezos y otros rituales. Su madre le había
inculcado que cada hecho de su vida, fuera éste agradable, triste o
doloroso, se debía a la voluntad de Dios. Y sólo Dios sabía el por
qué de aquellos sucesos.
Por eso no lloró cuando su madre
murió. Ni cuando su hermana abandonó la casa, embarazada y con sus
brazos llenos de pinchaduras de jeringas. O cuando su esposa lo dejó,
acusándolo de preocuparse más por su trabajo que por ella.
Sin embargo agradecía otras cosas,
como las oportunidades que había tenido a lo largo de su vida para
avanzar en su carrera dentro de la DEA y luego el FBI, donde había
logrado especializarse en sectas y cultos peligrosos. Y había sido
por esto, por su formación, que lo habían elegido para el caso
Stern.
— Quiero que comprendas que
entiendo que no todos nuestros pasajeros estarán de acuerdo con mi
doctrina, Culbert. — le dijo Stern, sacándolo de su
ensimismamiento — Pero si vas a ser mi mano derecha, necesito saber
por qué. Puedo desconfiar de muchos aquí arriba, pero no puedes
negar que, debido a nuestra historia previa, tú eres en quien menos
confío. El Señor sabe que me has dado más de un motivo para ello.
Culbert sintió una amarga mezcla de
vergüenza y arrepentimiento en su garganta. Y nada tenía que ver
con la asquerosa pasta negra azulada que estaba comiendo. Y tomando.
— Crecí en una familia muy
religiosa. Todo lo que siempre predicaste era una ofensa a las
creencias que me formaron. Y siempre tuve mis sospechas de que tu
secta...
— ¡Mi Congregación! ¡Detesto la
palabra "secta"! Es una palabra que las sectas con muchos
fieles utilizan para denostar a las verdaderas religiones. ¡Es un
instrumento de poder, para evitar que otras creencias puedan
prosperar y quitarles fieles!
Culbert daba por ciertas cada
palabra que salía de la boca de Stern.
— Congregación. Perdón. Los
viejos hábitos tardan en morir.
— No así quienes se apegan a
dichos hábitos, amenazó Stern, con una sonrisa bonachona.
Culbert tragó saliva. Se había
puesto nervioso, aún en contra de su entrenamiento. Bajó la mirada,
avergonzado.
— Nos estamos desviando. ¿Qué
decías de mi Congregación?
Tras recapitular, Culbert prosiguió.
— Siempre sospeché que tu
Congregación estaba metida en el tráfico de drogas. Cuando
finalmente pude probarlo y fui a arrestarte, ahí fue cuando
escapaste a Sudamérica.
— Y seguramente el tema de las
drogas es lo que te impide creer en mí.
Culbert sintió un golpe en el
corazón. Nitrógeno líquido comenzó a circular por sus venas, o al
menos así parecía. Se sintió como un niño que es descubierto
haciendo una travesura tan grande que sus padres no sienten enojo,
sino decepción.
— Es lo único que me impide creer
ciegamente en tus palabras. ¡Pero no me malinterpretes! ¡Creo en
tí! ¡Fervientemente!
Stern sonrió. Era aquella sonrisa
de tiburón que rara vez dejaba escapar.
— Vivíamos en un mundo sucio,
cruel y hostil. Un mundo condenado a morir por sus pecados. Un mundo
donde sin dinero no se podía mantener la estructura de una religión.
Las drogas me facilitaron el dinero para poder cumplir con mi Misión.
Para poder salvar a aquellos que nuestro Señor ha decidido salvar.
Aquellos a quienes mis drogas envenenaron, aquellos que murieron por
los crímenes que quienes consumían las drogas perpetraban, todos
ellos ya estaban muertos, en los planes del Señor. Algunos, los que
verdaderamente lo merecen, están ahora allí en nuestro destino,
sentados a su diestra, esperando para agradecerme. Los que no lo
merecen, se revuelcan en el fuego y azufre por toda la eternidad.
¿Ahora lo entiendes, "Agente"?
El sarcasmo en la última palabra
fue otro golpe para él. Una cachetada de desprecio dada con el
reverso de una palma oral. Sus ojos ardieron. También su garganta.
La congoja del fanático se hacía presente en su ser. Y cuando abrió
la boca, terminó su resistencia y lloró al decir "¡Perdón!".
Stern tomó sus manos. En su rostro todo era carisma y compasión. Ni
un rastro de aquel sarcasmo y desdén de apenas segundos atrás.
— Te perdono, hijo mío.
STERN
Las ideas de Tomás eran bastante
buenas, evaluó Stern, sentado sólo en la mesa del salón comedor.
Se había entrevistado con casi todos los que estaban asignados a
puestos de mando. Y aunque no todos estaban completamente convencidos
de su doctrina, tampoco había notado focos de disenso importantes.
Se levantó. Saludó con una
inclinación de cabeza a la joven que atendía el lugar. "Esta
chica es peligrosa, como la loca que gritaba que quería volver a la
Tierra a buscar a su hija. A esta chica la noto deprimida, o
indiferente. No parece contenta de estar acá. Tengo que tenerla
vigilada. ¡No puedo permitirme un suicidio! ¡Bajaría la moral
terriblemente!", pensó. Y se dirigió a su habitación. Nunca
había sido de los que duermen demasiado y se sentía sobreexitado
por todo lo que estaba sucediendo, pero sus párpados insistían en
recordarle que ya estaba extendiendo su vigilia por un tiempo mayor
del aconsejable.
"¡Un censo! ¡Eso tengo que
hacer! Necesito saber si alguien de mi grupo llegó a abordar. Cuánta
gente de confianza tengo realmente acá. Porque si tengo que matar a
alguien, no creo que pueda contar con Culbert. Al menos no todavía.
Tengo que trabajarlo más."
El cansancio y sus pensamientos se
vieron interrumpidos de repente por un encuentro fortuito.
— ¿Dave? ¡Al fin te encontré!
Aunque la voz venía desde detrás
suyo, no necesitó más para saber quién le había hablado.
— ¡Mike! ¡Mi viejo y querido
amigo!
Ambos se abrazaron, sonriendo. Se
conocían desde hacía años. Lo suficiente como para que con una
mirada David pudiera explicarle que allí no podían hablar con
libertad.
— ¡Siempre supe que estabas en lo
cierto! ¡Nunca dudé de tus palabras! ¡De tus enseñanzas!
— Tranquilo, viejo amigo. Nuestro
Padre Celestial nunca podría haberte abandonado en aquella Tierra
destinada a arder. No a tí, el más fiel de mis discípulos.
Y continuaron así hasta llegar a
los aposentos del capitán. Allí ambos sufrieron una transformación
alquímica. O más bien, pudieron mostrarse sin disfraces.
— ¿Cuántos sobrevivieron?, quiso
saber Stern.
— No muchos. Parker, Bench,
Morales, Keegan. Y un puñado de ovejas. Por lo que pude averiguar
hasta ahora, unos diez o doce. Pero puede haber más.
Stern sopesó la información. Su
mente comenzó a planificar estrategias y descartarlas. Era lo que
siempre hacía. Era lo que lo había llevado hasta allí.
— Somos pocos. Necesitamos
evangelizar. Quiero que le hables a los del Círculo Interno.
Necesitamos más ovejas. Y necesito que identifiques los posibles
focos de problemas. ¡No quiero motines, ni insurrecciones! Hay una
joven en el comedor que parece estar siempre deprimida. Y apenas
llegamos tuve una breve discusión con una loca que quería volver a
la Tierra para encontrar a su hija. Quiero que las investigues.
Mike asintió. Luego tragó saliva
ruidosamente. David reconoció ese gesto: estaba por darle malas
noticias.
— Culbert está aquí.
Stern se asustó. Luego comprendió
que con "aquí" se refería al Arca, no a su habitación.
Sonrió aliviado.
— El bueno de Culbert se ha
convertido en la oveja más oveja que puedas imaginar.
Ambos rieron sonoramente.
— ¿Ese boy scout? ¿Cómo?
Stern lo miró, extrañado. Su
sonrisa se evaporó como alcohol en el desierto.
— Porque vio la incuestionable
verdad, desde luego. — Mike lo miró sin comprender, entonces
agregó — ¡Que mi religión es la verdadera, por supuesto! ¿O lo
estás dudando?
Mike lanzó una carcajada. La
silenció al ver la expresión de furia de su amigo.
— ¿No crees en mi palabra,
Michael?
Intentó responder, pero no le salió
la voz.
— ¿Crées que estamos aquí, cada
vez más lejos de la Tierra, por una simple e improbable casualidad?
— No, Dave, yo...
— ¿Debo preocuparme porque aquel
que en otra vida fue mi mano derecha ahora se me opone?
— Dave, mi vida es tuya. Siempre
lo ha sido.
Stern sonrió. Una lluvia de fuego y
azufre había erradicado todo signo de enojo de su rostro.
— ¡Eso es todo lo que quería
escuchar, Mike! — Y tras un silencio juzgador agregó — Mike,
todo lo anterior, las drogas, los engaños, las mujeres, sacarle las
casas a los incautos... todo eso quedó atrás. Somos nuevas
personas. Con nuevas vidas. Lo anterior fue un medio. Y estamos yendo
hacia el fin que justifica dichos medios. ¿Entiendes?
Mike bajó la mirada. Asintió
levemente.
— ¿Entonces, Mike, ¿eres un
hombre nuevo, o eres un problema?
Todavía mirando al piso, murmuró
"un hombre nuevo". Stern sonrió y le palmeó el hombro. Al
hacerlo, notó una expresión de dolor en su amigo.
— ¿Ahora te molesto cuando te
toco? ¿Ese es el hombre nuevo en que te has convertido?
Una inyección de adrenalina congeló
las venas del hombre. Sin pensarlo, se rompió la camisa, dejando su
hombro izquierdo al aire. Había un vendaje en él.
— Fue un disparo. Arriba del
corazón. Casi muero, Dave. ¡Casi muero por tí! ¡La doctora de la
nave tuvo que hacer un milagro para no perder el brazo!
Stern se notó genuínamente
sorprendido.
— ¡Mike! ¡No tenía idea!, hizo
un breve silencio para asimilar la noticia y agregó:
— ¡Supongo que le debemos tu vida
a la buena doctora, entonces! ¿La conocemos?
— No es de los nuestros. Era
local, una argentina.
David asintió. Su mirada se perdió
en un punto varios años luz detrás de la pared. Permaneció así
demasiado tiempo. Mike iba a volver a hablar, cuando Stern dijo:
— Todavía no conozco a todos
nuestros tripulantes. ¿Qué clase de líder soy? ¡Pero somos
tantos! ¡Pasé buena parte del día familiarizadome con los sistemas
de la nave y entrevistando a aquellos más cercanos a mí. ¡Pero
todavía no conozco a todos!
— Ya habrá tiempo. Vamos a tener
un largo viaje. Y mañana será sólo un día más.
David lo miró, sonriendo. Había
ternura en su mirada. Se le acercó.
— Siempre sabes qué decir para
hacerme sentir bien, Mike. Por eso eres mi favorito. Y tomándolo de
la nuca le besó los labios.
Una hora después, Stern dormía
tranquilo.
Mike no.
NOELIA
¿Era el comienzo de un nuevo día?
No había manera de saberlo, sin un Sol para indicarle el paso del
tiempo. En cualquier caso, ella se sentía descansada y lista para
volver al timón. Se levantó, evitó el momento del desayuno (antes
de acostarse había pasado por el comedor y ya sabía cuál era el
menú, por lo que no estaba ansiosa por volver a comer) y se dirigió
al puente. Cuando estaba llegando se encontró con Tomás. Hablaron
brevemente de la necesidad de ampliar el menú del buffet y luego
ella sintió la necesidad de preguntarle algo importante:
— Te va a sonar un poco raro,
porque yo soy la que supuestamente conozco mejor el sistema de
navegación, pero... ¿Cómo sabemos que estamos yendo en la
dirección correcta?
Tomás la miró. Ella era pura
inocencia. Era improbable que le hiciera esa pregunta a pedido de
Stern. Era una duda genuina.
— No lo sabemos. Por otro lado,
¿cómo sabemos que el camino que elegimos seguir en nuestra vida es
el correcto? Tampoco lo sabemos, ¿no?
Ella sonrió. Luego lanzó una
carcajada y le golpeó un hombro con el dorso de la mano.
— ¡Fuaaa! ¡Pará, Señor
Miyagui! ¡No te hacía tan filósofo!
Él se unió a su carcajada,
haciendo un risueño dueto. Llegaron al puente mientras aún reían.
Enrique los miró, sorprendido. A Tomás no le importó. Realmente
necesitaba las risas. Le aflojaron la tensión en la espalda que ni
el sueño le había quitado.
Se fueron a sus respectivos puestos,
reemplazando a quienes los ocupaban. Buscó en su pantalla la
constelación de Tauro, pero no la encontró. Tampoco estaban ahí
Virgo, o Piscis. Eran todas formas nuevas. Y comprendió que se debía
al movimiento de la nave. Estaba viendo las mismas estrellas, desde
otra perspectiva. Buscó al Sol. Lo encontró allí, al borde de la
pantalla, casi a punto de desaparecer del mapa. Habían avanzado un
montón mientras ella descansaba. No sabía cómo sentirse al
respecto.
— ¿De qué se reían?, preguntó
Enrique.
— De la vida, respondió Tomás,
provocando otro estallido de carcajadas en Noelia. Su risa era tan
contagiosa que todos empezaron a reír.
Entonces las puertas se abrieron al
llegar Culbert, quien, sorprendido, se congeló en la entrada,
mirándolos a todos con una mirada mezcla de intriga y desdén. En
menos de diez segundos, todas las risas se apagaron. Había algo en
aquel hombre que a Noelia le provocaba escalofríos. No podía
confiar en alguien que todo el tiempo miraba a todos con
desconfianza.
Decidió concentrarse en lo que
aparecía en su pantalla. Aquella era su tarea. Ya tendría tiempo de
reír cuando terminara. O al menos cuando Culbert se retirara del
puente.
Quique la sacó de su
ensimismamiento, varias horas después.
— Noelia, tengo un mensaje del
Capitán Stern. Quiere verte en el salón de entrada. — Su voz
mostró sorpresa — ¡Dice que de inmediato!
Noelia barrió el puente con los
ojos. Cruzó miradas disimuladamente con Tomás. ¿Será que Culbert
le había dicho que estaban riendo? ¿Acaso estaba prohibido reír?
Realmente no sabía qué pensar, ni qué esperar. Así que llamó a
su reemplazo y fue al encuentro de Stern, preparada para lo que
fuera. O al menos eso pensaba.
No estaba realmente preparada para
lo que sucedió. Esperaba una reprimenda, un castigo, o hasta incluso
una llamada de atención.
En lugar de eso, se encontró a
Stern mirando hacia el exterior por una de las ventanas. Al
voltearse, sonreía.
— ¡Señorita Noelia! ¡La estaba
esperando! ¡Por favor, acérquese!
Así lo hizo. Stern le indicó con
una seña de su mano que mirara las estrellas junto a él.
— ¿Qué opina?, ella lo miró sin
entender así que agregó: ¡De la vista! ¿Qué ve cuando mira a
través de esta ventana?
Ella miró, algo nerviosa. No porque
la situación fuese particularmente estresante, sino porque ella era
así. Se ponía nerviosa cuando un superior le hablaba.
— Ahí está Geminis. Parte de
aquellas estrellas son de Cáncer, pero aquellas otras no. No sé por
qué, ni como, pero sé mucho más de todo lo que estoy viendo que
antes.
— También habla inglés a la
perfección.
Ella arqueó una ceja.
— ¿Inglés? No, ni una palabra.
Yo más bien diría que usted habla español muy bien.
Ahora fue Stern quien arqueó una
ceja.
— ¿Estoy hablando español? ¿En
serio? — ella asintió, tímida — ¡Wow! ¡Qué extraño! ¡No me
había dado cuenta!
Rieron mientras miraban las
estrellas pasar.
— La mandé llamar porque quiero
conocerla mejor. Vamos a trabajar mucho tiempo juntos, así que
necesito saber quién es cada uno de mis tripulantes.
— Entiendo, dijo, más relajada.
Comenzaba a sentirse cómoda ante su presencia.
— Quiero saber qué opina de
nuestra misión.
Ella lo pensó un poco antes de
responder. Finalmente sintió cómo sus mejillas comenzaban a
enrojecerse y confesó:
— La verdad que no entiendo mucho
cuál es nuestra misión, si me permite decirlo.
Stern la observó, sin expresión en
el rostro. Parecía más una máquina escaneando un objeto que una
persona observando a otra. Finalmente mostró una melancólica
sonrisa, llena de tristeza.
— Todos tenemos nuestras
limitaciones. Nadie es perfecto, sin importar cuánto uno crea serlo.
El que usted no entienda la misión así lo demuestra.
Noelia comenzó a sentirse ofendida
por el comentario. Entonces Stern agregó:
— No soy el buen comunicador que
creía ser. De serlo, usted y varios otros de nuestra tripulación
sabrían muy bien qué es lo que hacemos aquí. — tomó sus manos
entre las suyas — ¡Gracias, Noelia! ¡Gracias por ser sincera
conmigo! Esta charla me motiva a mejorar mi manera de comunicarme con
ustedes. Hoy pienso dar un discurso explicando bien lo que vamos a
hacer.
Ella se ruborizó como nunca lo
había hecho antes. Lanzó la misma risita nerviosa que había
soltado algunos años atrás, cuando el chico que le gustaba la había
besado por primera vez. Aunque aquella historia no había terminado
bien.
Y esta tampoco lo haría.
TOMÁS
Llegó la hora del descanso y Tomás
abandonó su puesto. Culbert lo acompañó por el pasillo, al
principio en un incómodo silencio, hasta que se decidió a romperlo.
— Entonces, señor Culbert, ¿qué
opina de nuestra situación?
El hombre que había sido un agente
de la DEA y el FBI por un momento pareció despistado, como sacado a
la fuerza de sus pensamientos. Segundos después retomó su habitual
expresión de sagacidad.
— ¡Es tan curiosa! ¡Y a la
vez... fascinante! Si hace un par de días alguien me hubiera dicho
que hoy iba a ser uno de los principales ayudantes de Stern,
probablemente lo hubiese encerrado por faltarme el respeto. Hoy, debo
admitir que todo lo que creí desde mi cuna era falso.
— ¿Sólo porque la nave
apareció?, interrogó Tomás, a sabiendas de que mostrarse escéptico
ante aquel hombre podía ser peligroso.
— Porque apareció, como él lo
profetizó, donde él lo profetizó.
Tomás se sorprendió al oír esto.
Quizás, después de todo, Stern fuera realmente mucho más que lo
que él pensaba.
— ¿David profetizó que la nave
iba a caer en Argentina?
Culbert sonrió. Era una visión
extraña el verlo sonreír.
— Desde luego. Fue por eso que
llevó a su culto a Sudamérica. Claro que sólo les dijo que "allí
estaba su destino". Como podrás imaginar, en aquel momento
pensé que estaba escapando de mí por haber expuesto su relación
con el narcotráfico. ¡Qué corta había sido mi visión! ¿Cómo no
pude ver que no se trataba de mí, sino de algo mucho más grande?
Pero sí había algo más grande. ¡Y ahora soy parte de aquel
"algo"!
Alguna expresión debió escapar del
autocontrol de Tomás, porque Culbert le clavó la mirada con
firmeza.
— ¿Aún no crees que esta es una
misión divina?, preguntó el ex agente con curiosidad. El pánico
invadió a Tomás, quien se limitó a balbucear una muy obvia
mentira:
— Todavía no. ¡Pero cada vez
estoy menos escéptico!
Culbert respondió con un mísero
"Mhm". Caminaron juntos en silencio hasta que tomaron
caminos diferentes.
"¡Esto salió muy, pero muy
mal!", se dijo.
Sin proponérselo, terminó en el
buffet. La chica que lo había atendido antes, durante su reunión
con Stern, se le acercó.
— Hola, Tomás. ¿Te traigo lo de
siempre? Ambos rieron. El batido negro azulado, con un plato de pasta
haciendo juego, era el único alimento disponible en aquella supuesta
"Arca de salvación".
— ¿La verdad? Tengo más ganas de
conversar que de comer.
Ella no entendió al principio.
Luego cayó en cuenta de la invitación, sonrió levemente y se
sentó. Las otras mesas estaban vacías.
— ¿Todo bien en el puente?,
preguntó Florencia. Por primera vez parecía genuínamente
interesada en algo.
— Sí, estamos viajando hacia la
constelación de Tauro. Aunque ya no tiene la forma de un toro, vista
desde acá. Ni estamos seguros de que sea el rumbo correcto. Sin
mencionar el hecho de que no me animo a opinar sin sentirme amenazado
de muerte por la mirada de Culbert o Stern. Fuera de eso, todo bien.
Ella se lo quedó mirando con la
mirada ausente, como masticando cada palabra, analizando cada frase.
Después de un rato dijo:
— Culbert es un tipo muy callado.
Está muy solo. Todos estamos solos, pero él está solo con sus
pensamientos. Y piensa mucho. Ya vino como tres veces acá y nunca me
habló más de lo necesario. Y siempre se sienta solo.
Fue el turno de Tomás de analizar
lo que le decían. Finalmente dijo:
— ¿Vos decís que necesita un
amigo?
— Todos necesitamos un amigo.
Todos necesitamos confiar en alguien. O al menos tener la ilusión de
que se puede confiar en alguien.
Su voz volvió a sonar melancólica,
como cuando la había conocido, durante la entrevista con Stern.
— ¿Y vos como te estás adaptando
a esto?, Florencia alzó los hombros y miró más allá de donde
Tomás estaba sentado.
— Estaba sola en la Tierra. Estoy
sola ahora. La única diferencia es que si miro por la ventana, a
cada rato veo una nueva maravilla. Así que creo que estoy bien.— e
hizo una casi imperceptible sonrisa. Tomás sonrió, una sonrisa que
transmitía bondad.
— Sola no. Acá estoy yo. Cuando
necesites un amigo para hablar, avisame.
Ella asintió con timidez. Por un
breve instante sus ojos se mostraron capaces de mostrar expresiones.
Entonces Tomás agregó:
— Me debe haber hecho bien hablar
con vos.
— ¿Por qué lo decís?
— Porque ahora me dio hambre.
Y lanzaron una carcajada al unísono
mientras ella se levantaba para ir a buscar aquella insulsa excusa de
alimento.
Volvió a cruzarse con Culbert algo
mas tarde. Éste lo saludó apenas con una leve inclinación de su
cabeza. Tomás decidió acercarsele. Después de todo, a quien
realmente le temía era a Stern. Culbert era sólo un pobre hombre
atrapado en las redes místicas de aquel auto proclamado "profeta".
Quizás, apelando a su cordura podría establecer una relación más
estable con él. Además, tanto mirar por encima del hombro, tanto
tener que cuidarse de cada palabra y gesto que deseaba expresar, le
recordaba a su vida en casa de sus padres. Y ese era uno de los
motivos por el que se había ido de allí.
— Señor Culbert, ¿puedo hacerle
una pregunta? — éste asintió en silencio. Era evidente que no
tenía ganas de hablarle, pero Tomás no dejó que eso lo detuviera.
— ¿Cuántos años ha pasado persiguiendo a Stern?
— Ocho, contestó a secas. Siguió
caminando, como dando por concluida la conversación.
Tomás sonrió. Porque cuando se
ponía nervioso no podía evitar sonreír como un tonto. Juntó
coraje y continuó la conversación:
— ¡Ocho años es mucho tiempo!
Usted debe ser quien mejor lo conoce de los que estamos aquí.
— Me he cruzado con algunos
miembros de su culto. ¡Religión!, se corrigió de inmediato. Miró
alrededor como temeroso de haber sido escuchado.
— ¿Hay más de su grupo? ¡No
sabía! Y dígame, ¿cómo fue que tuvo la revelación de que él era
el Elegido?
Intentaba sonar genuínamente
interesado. Pero Culbert debió interpretar que se estaba burlando,
porque en lugar de responder preguntó:
— ¿Por qué le interesa tanto
conocer su pasado, cuando es su futuro lo que debería tener en
cuenta? ¡Estamos hablando de un hombre santo que, contra todo dogma
conocido, eligió llevar una vida de pecado como penitencia para
preparar su alma para éste viaje. ¿Sabe el sacrificio que ha hecho
David? ¿Y para qué? ¡Para que ingratos como usted elijan
cuestionarlo, ponerlo en duda y hasta ridiculizar sus enseñanzas!
¡No, señor! ¡No puedo permitir esta actitud! ¡Él debe saber a
quién ha elegido como su ayudante!
Y se marchó, dejando atrás a un
preocupado y sorprendido Tomás.
CULBERT
Caminaba a paso rápido, respirando
con furia por la nariz. Stern le había ordenado buscar amenazas ¡Y
la principal era aquel joven que él había elegido para ser su mano
derecha! ¿Cómo reaccionaría su líder? ¿Lo encerraría? ¿Lo
mandaría matar? ¿O quizás lo educaría? No importaba el método.
Lo importante era encargarse del asunto.
Pasaba por el hall de entrada,
camino al puente, cuando sintió un cosquilleo en todo el cuerpo.
Segundos después, algo lo golpeó con fuerza en la nuca.
Fue lo último que sintió en mucho
tiempo.
ENRIQUE
Había oído que en el vacío del
espacio el sonido no se transmite. Sin embargo, lo que oía por sus
audífonos era una sinfonía cósmica. Una serie de ritmos
discontinuos e impredecibles, dignos de una buena mezcla de temas
dubstep puestos en random. Cometas desintegrandose, asteroides
chocando entre sí, campos magnéticos rozandose entre sí,
explosiones estelares, la propia vibración de su nave. Todo era
música. Y cada molécula era un instrumento que colaboraba a dar
forma al ensamble.
Esto era, sin dudarlo, lo mejor que
le había pasado en la vida. Al principio lo había negado, pensando
que todo lo que estaba viviendo era una fantasía producto de alguna
sustancia alucinógena que alguien le había dado en el Encuentro.
Pero con el tiempo comprendió que aquello era real. Y casi llora de
emoción.
Dedicaba buena parte de su turno a
buscar señales de comunicaciones de otras especies. Nuevas
civilizaciones que les indicaran que no estaban solos, viajando
temerariamente más allá de lo que muchos habían llegado a ver con
sus telescopios.
El resto de su tiempo en el puente
de mando lo dedicaba a transmitir los mensajes de Stern a la
tripulación.
Aquella mañana comenzó de una
manera muy extraña. Sus compañeros fueron tomando sus puestos,
relevando a quienes cumplían el turno anterior. Comenzaba el tercer
día del viaje y habían logrado establecer una cierta rutina para
trabajar de manera mas ordenada.
Entonces llegó Tomás.
Enrique no había hablado demasiado
con él, pero las pocas veces que lo había hecho, notó que se
trataba de un buen pibe. Algo cauto, quizás demasiado, pero también
alguien en quien se podía confiar. Enrique separaba a la gente en
dos grupos: aquellos con quienes se podría sentar a comer un asado y
aquellos con los que no. Y había decidido que Tomás era un posible
invitado. Sin embargo, aquella mañana llegó al puente con una
actitud muy extraña. Miraba hacia todos lados, se sobresaltaba cada
vez que una puerta se abría y al menos cinco veces en menos de diez
minutos le preguntó si sabía algo de Stern. Enrique era bastante
bueno para leer a las personas. Y era obvio para él que Tomás no
confiaba para nada en quien se había declarado Capitán de la nave.
Así que no entendió por qué tanta ansiedad por conocer su
ubicación.
Finalmente, Stern llegó al puente.
Enrique notó que Tomás se contenía. Miraba fijamente a su líder,
siguiendo con su mirada el recorrido desde la puerta del pasillo
hasta su asiento. Stern lo notó y antes de sentarse se lo quedó
mirando, todavía de pie, desde lo alto.
"¿Todo bien?", le
preguntó.
"Todo bien", respondió
Tomás.
Stern se lo quedó mirando, como
estudiando su nerviosa actitud. Y luego preguntó, mirando alrededor:
"¿Alguien ha visto a Culbert?
¡Está llegando tarde, y tenemos algo importante que hablar!"
Enrique revisó sus pantallas. Luego
lo llamó por altavoz. Minutos después, aún no había tenido
respuesta. Durante aquellos tensos minutos, la contención de Tomás
comenzó a desgranarse.
Y entonces sucedió. Aquello que
tanto había esperado.
Primero fueron sonidos de estática.
Algo parecido a lo que podía oírse con las viejas radios de UHF
cuando uno juega con la perilla del sintonizador. Luego esos sonidos
se intercalaron con otros: gruñidos, graznidos, cloqueos. Enrique
tardó un momento en darse cuenta y se tomó otro instante para
asegurarse de que estaba en lo correcto. Todo indicaba que sí. Así
que gritó, lleno de emoción:
— Creo que... ¡No! ¡Estoy
seguro!
Todos lo miraron, extrañados y
agregó: ¡Estoy captando una transmisión extraterrestre!
Las palabras resonaron en las
cabezas de todos los presentes durante los cinco segundos de silencio
que siguieron a sus palabras.
STERN
"¿Extraterrestres? Pero...
¿Cómo? ¿Serán iguales a nosotros? ¡Deberían serlo! Después de
todo, fuimos hechos a imagen y semejanza de nuestro Padre.
Pero... ¿Y si no lo son? ¿Les digo
que son demonios? ¡No! ¡No estamos en condiciones de pelear con
nadie... todavía!
¡Ángeles! ¡Son los enviados del
Señor para desearnos buen viaje!
Sí... Puedo creer eso. Y ellos
también van a hacerlo.
NOELIA
¿Extraterrestres? ¿Cómo serán?
¿De dónde vendrán? ¿Cómo será su planeta? ¿Sus ciudades?
¿Tendrán horóscopos? Acá las constelaciones son distintas. Y
deben tener otras mitologías y otras faunas. No creo que conozcan lo
que es un carnero, un pez o un cangrejo. ¡Tendría que hacerles un
horóscopo para ellos!
¿Serán los dueños de esta nave?
¿Qué va a pasar si la quieren de vuelta? ¿Y cómo sabemos si es
verdad, en caso de que la reclamen? ¡Tengo que hablar con Raúl!
TOMÁS
¡Una nave! ¿Justo ahora? ¡No
estamos preparados!
Tengo que manejar esto bien. Tengo
que evitar que Stern meta la pata. Si hacemos todo bien, puedo
intentar irme con los extraterrestres antes de que Stern me
descubra...
CULBERT
¿Qué me pasó? ¡Ah! ¡Mi cabeza!
¿Dónde estoy? ¿Qué... qué es eso?
STERN
Había dado la orden a Noelia.
Cambiaron de rumbo, hacia el punto de origen de la señal. Pero la
otra nave parecía alejarse cada vez más, incluso yendo a máxima
velocidad.
Tomás intervino, aconsejando
preguntar al cuarto de máquinas si era posible aumentar la
velocidad. Lo notaba muy nervioso. ¿Qué le habría pasado? Ya le
pediría a Culbert que lo averiguara. Por el momento, su consejo era
bueno y decidió seguirlo.
Raúl, luego de pensarlo, encontró
la forma de aumentar la velocidad un poco más. Aunque según los
cálculos de Noelia aún con ese incremento no sería suficiente para
alcanzar a la otra nave en al menos dos días, salvo que los
extraterrestres se detuvieran. Estos cálculos pusieron todavía más
nervioso a Tomás, quien se acercó al puesto de la navegante,
exigiéndole revisar sus cuentas. Así lo hizo, revelando los mismos
resultados.
Ahora sí que David notó algo muy
extraño en su conducta. Dejó el puente a cargo de Noelia y le
ordenó a Tomás acompañarlo al pasillo.
— ¿Qué demonios te sucede? ¿Cómo
vas a perder la compostura de ese modo? ¿Por qué estás tan
nervioso?
Tomás respiró profundo. Intentaba
calmarse. Cuando la gente estaba nerviosa, pensó Stern, era cuando
cometía los errores más estúpidos. Era el momento de aprovecharse
de eso.
— ¿Es porque encontramos
extraterrestres? ¿Te preocupa lo que encontremos?
— Sí — mintió Tomás y David
lo notó — ¡No podemos equivocarnos!
— No, no. Seguro que no. — Lo
evaluó en silencio unos segundos. Había comenzado a normalizar su
respiración. Era el momento de atacar. — Ya sé cual es tu
problema — Calló, observando su reacción. Se había sobresaltado,
pero no tanto. — ¡Tu problema es que te falta un trago! A mí
también, pero debemos conformarnos con la Cartón Cola azulosa.
Tomás sonrió con la boca, pero sus
ojos seguían expectantes. Estaba listo para otro ataque.
— No intentes mentirme, Tommy
Boy.— Tomás balbuceó unas palabras de excusa. "¡Así que
todo es por una mentira!", pensó. — ¡Es un trago lo que
necesitas!" — Tomás lo miró, como sin poder creer lo que
escuchaba. El viejo tira y afloja de insinuaciones funcionaba muy
bien con él. Ya casi podía sacarle qué sucedía.
— ¡Tengo una idea! ¡Una charla
de bar! Discutiremos los protocolos a seguir para el primer contacto,
como aconsejaste. ¿Qué te parece? — Tomás sonrió, aliviado. Era
el momento de contraatacar con artillería pesada. — ¡Una mesa de
trabajo con nosotros dos y Culbert! ¿Estás de acuerdo?
Tomás perdió por un segundo el
poco control que aún mantenía. Logró acomodarse, pero lo
suficientemente tarde para que Stern lo notara. ¡Era algo con
Culbert! ¿Tendría que ver con su repentina ausencia?
Fue en ese momento que Mike los
interrumpió.
— ¡Señor! ¡Necesito hablar con
usted! — miró fijo a Tomás y añadió — En privado.
Stern lo miró tan fijo que sus ojos
parecían gritarle todo lo que su boca no podía en aquel momento.
Luego miró a Tomás, quien comenzaba a recuperarse del sutil
interrogatorio y comprendió que ya era tarde. Su segundo al mando se
había librado — por ahora — de revelar aquello que lo afligía.
Así que le palmeó un hombro y le dijo, rebasando una alegría
ficticia:
— ¡Parece que tendremos que dejar
ese trago para otra ocasión! Lamento tener que dejarte, por ahora. —
Miró fijamente a Mike y agregó — lo lamento muchísimo.
Como ya habían acordado, caminaron
por los pasillos hasta entrar a su habitación. Allí, una vez más,
el "Capitán Stern" volvió a ser "Dave". Y
"Dave" estaba furioso.
— ¡Odio ser interrumpido! ¡Estaba
logrando algo ahí! — apoyó una mano entre el hombro de Mike y su
cuello, apretando con el pulgar hasta hundirlo en su carne — ¡Más
te vale que sea importante!
Intentando disimular una mueca de
dolor, Mike balbuceó:
— La mujer... la que me pediste
que investigara... ya la encontré. Se llama Diana Carrizo.
Stern aflojó su mano, pero la dejó
apoyada en el mismo lugar.
— Quiero que la hagas desaparecer
ya mismo, antes de que convenza a otros de volver a la Tierra. ¡Y
quiero que seas discreto! ¡No puedo permitir que Culbert empiece a
hacer su trabajo de detective!
— Va a ser algo difícil... —
había terror en su voz. La amable mano se convirtió una vez más en
una garra de acero que inflingía tanto dolor como miedo.
— ¿Me estás cuestionando? ¿Tú
también, hijo mío?
— ¡No! ¡Nunca me atrevería a
tanto, por favor! Es que ella... Diana... es la doctora que me salvó
la vida... ¡Es nuestra única doctora!
DIANA
Sus primeros momentos a bordo de la
nave habían sido caóticos, como mínimo. En lo único que pensaba
era en Juliana. Su hija. La había perdido durante la confusión del
tiroteo. La muchedumbre asustada las había empujado y sus manos se
habían soltado. No había habido una última mirada, una frase de
despedida ni nada similar. Tan sólo un fuerte tirón en su mano y la
sensación de vacío en sus dedos. La había buscado entre los
sobrevivientes, entre aquellos que habían logrado abordar aquella
nave espacial del demonio. Pero había sido inútil.
Ahora ella estaba ahí, en el negro
vacío interestelar. Y Juliana sola en la Tierra, sin nadie que le
recordara dónde había dejado sus pastillas para la tiroides, o su
ventolín.
Lloró. Gritó. Exigió regresar. Y
entonces encontró a un hombre sangrando. Al ver la herida lo supo:
herida de bala sin orificio de salida, pero sin daños en ninguna
arteria u órgano importante. Pidió ayuda y entre dos lo llevaron a
la enfermería. Para cuando lo había curado, se había corrido la
voz. Ahora tenía varios casos de fracturas, golpes y contusiones. Y
nadie que la ayude. Y así se mantuvo ocupada, ajena a las intrigas,
complots y sutilezas que transcurrían en el resto de la nave.
Casi no había tenido tiempo de
poder descansar, apenas unas micro siestas de alrededor de media hora
cada tanto. Lo suficiente como para seguir funcionando sin
desmayarse.
Pero ahora todo estaba relativamente
tranquilo en la enfermería. Las dos personas que seguían internadas
estaban estables y fuera de peligro. Así que el recuerdo de Juli
volvió a acecharla.
Por primera vez desde el inicio del
viaje, abandonó su lugar de trabajo. Tenía hambre. Aquella chica,
Florencia, le había estado trayendo aquella pasta que usaban para
comer, primero para analizarla y ver si realmente era comestible,
luego como una atención, para que no tuviese que abandonar a sus
pacientes. Era hora de devolverle las visitas.
Llegó al buffet y encontró varias
mesas ocupadas y el rumor en el aire de una decena de conversaciones.
Buscó una mesa apartada y se sentó. Poco después apareció
Florencia, con un plato y un vaso de pasta nutriente.
— ¿Qué pasa que hay tanto
quilombo?, preguntó molesta. La chica se le acercó y dijo, en voz
baja:
— Parece que encontraron una
transmisión extraterrestre. Dicen que cambiaron el rumbo para
encontrar el lugar de origen. Pero no sé si es tan así. El único
que nos podría decir algo es Tomás. Y no está de humor para
hablar, me parece.
— ¿Quién e' ese Tomás? —
preguntó barriendo el salón con la mirada. Adivinó que era aquel
joven que estaba sentado solo, comiendo con la mirada baja. — Me
voy a sentar allá, con él. ¡Ya me acordé de quién es!
Caminó dando grandes zancadas,
hasta la mesa en la que Tomás almorzaba. Sin preguntar tomó asiento
frente a él y le dijo:
— ¡Yo te conozco! Vos estaba' en
el puente. ¿Te acordá' de mí?
El joven abrió sus ojos,
sorprendido y hasta un poco sobresaltado. Aún así, la reconoció en
segundos.
— La señora que quiere volver.
Usted perdió a su hija en la confusión.
Diana había sido muchas cosas en su
vida: empleada en un almacén, vendedora de cosméticos, empleada
doméstica y tarotista. Ahora, según este muchacho, era "la
señora que perdió a la hija". Y eso le dolió en el centro de
su corazón. Por un momento se quedó mirando la mesa en silencio,
con la mirada perdida en el mismo punto que estaba mirando Tomás.
— ¡Perdón! Disculpe la falta de
tacto. Me agarró distraído y se me olvidaron los modales.
Diana sonrió para sus adentros. Por
fuera su rostro era un yunque: imperturbable, duro, severo.
— ¡Sé! ¡Perdí a mi hija y
quiero volver! ¿Qué estamo' haciendo al respecto? ¿Eh?
Ese acercamiento tan agresivo sacó
al joven del aturdimiento en el que estaba. Como si se hubiera
despertado de una larga siesta, sacudió la cabeza para acomodar sus
ideas y se defendió:
— Apenas la sacaron a usted del
puente mandé atrapar una sonda de la NASA. Adentro de esta sonda hay
un mapa que muestra cómo volver a la Tierra.
Eso agradó a Diana, pero no tenía
intención de demostrarlo, así que contraatacó.
— ¿Nada má'? ¿Y qué voy a
hacer yo con un mapa? ¡No tengo idea de donde estamo' ! ¡Acá
adentro parece que soy la doctora, o algo así, no una seguidora de
mapas, o lo que sea!
Tomás levantó una ceja. No estaba
acostumbrado a ese trato. Pero entendió que la mujer tenía razón.
—¡Déjeme terminar de explicarle!
No puedo hacer volver a todos. Stern no me lo permitiría. Pero le
prometo que cuando encontremos una nave con extraterrestres en los
que podamos confiar, les voy a dar el mapa y van a poder ir con ellos
todas aquellas personas que deseen volver a casa.
Diana lo miró. Parte de ella le
creyó. Otra parte se puso a comparar lo que le decían con aquel
discurso político que prometía viajes a la estratósfera.
— Sí, sí. Promesa', promesa'.
¡Cuando lo vea, lo voy a creer! Mientra' tanto, voy a seguir en la
enfermería, emparchando a lo' que se lastimen por culpa de tus
decisione' y las del Stern ese.
Tomás sintió verdadera culpa. Lo
sabía. Oficialmente él estaba prácticamente al mando. Y aquellos
que están al mando son los que hacen que los que no lo están
mueran.
— ¿Le cuento un secreto, señora?,
preguntó con un hilo de voz.
— Me llamo Diana.
— Diana, por favor no diga nada,
pero la verdad que no tengo idea de por qué estoy acá. — ella se
sorprendió, sin terminar de entender lo que le decía el joven —
Usted tiene conocimientos de medicina, Noelia ganó conocimientos de
astrometría y pilotaje, este chico Raúl se volvió ingeniero
espacial de un momento a otro... ¿Y yo? ¿Qué soy? — Diana estuvo
por responder, cuando Tomás la interrumpió — soy un inútil, eso
soy. Igual que en mi vida allá en la Tierra. No sabía para donde
disparar allá, y parece que acá tampoco.
— So' la mano derecha de Stern. El
que le da las idea', dijo la doctora, confundida.
— No, Diana. Eso es lo que él
dice, porque se me ocurrieron un par de pavadas. Pero él hace lo que
se le canta.
— Entonce' a lo mejor tu trabajo
es que no haga siempre lo que se le cante. A lo mejor tenés que
imponerte, llevarle la contra. ¡Yo te apoyaría! No me caés bien,
pero me caés mejor que ese yanqui loco.
Tomás sonrió. Tenía razón.
Quizás debía pensar menos y actuar más.
Llegado el momento vería cómo
actuar. Por lo pronto, se contentó con saber que había ganado una
amistad. O algo parecido.
ENRIQUE
El sonido de la otra (posible) nave
era cada vez mas fácil de encontrar. Por momentos desaparecía, sólo
para resurgir con mayor nitidez un par de horas mas tarde. ¡Se
estaban acercando!
Apartó la vista de su tablero y se
lo comunicó al capitán. Stern hizo su característico choque de
palmas (sólo un aplauso) y tras decir un discurso demasiado largo en
la opinión de Enrique sobre la importancia de establecer nuevas
relaciones con otros seres, dio la orden de enviar un mensaje
dirigido al rumbo probable en que se encontraba la otra nave.
Justo en ese momento llegó al
puente Tomás, quien lanzó una contra orden:
— ¡Cancelá esa orden, Quique!
¡No mandes ningún mensaje!
Todos se volvieron a verlo,
sorprendidos. Todos excepto Stern, quien se había quedado con la
mirada fija en algún punto indefinido, allá en el horizonte.
Enrique se quedó paralizado,
esperando a ver qué tenía que hacer. Esperando la reacción de
Stern. El capitán finalmente se giró en su silla, lentamente, hasta
quedar frente a Tomás, y le preguntó con voz serena:
— ¿Y por qué no debemos enviar
este mensaje? ¿No quedamos en que debíamos contactar a otras
culturas? ¿En que era bueno para poder comerciar y obtener
información sobre a dónde dirigirnos?
Tomás se veía nervioso, pero no
tanto como un par de horas antes.
— Sigo opinando igual. Pero creo
que va a ser más seguro primero saber a quién estamos saludando,
antes de emitir cualquier comunicación. Pueden ser agresivos, o
amables. Puede ser una mejor idea evitarlos que conocerlos. Creo que
Culbert estaría de acuerdo conmigo.
Enrique consideró que Tomás tenía
razón. Todavía no tenía ni idea de a qué clase de cultura podían
pertenecer las transmisiones que estaba recibiendo. Tenía sentido lo
que decía.
— Creo que tienes razón — dijo
Stern, sorpresivamente — ¡Cancele esa orden, entonces! ¡Pero no
deje de escuchar! Necesito saber qué dicen nuestros elusivos amigos.
Enrique asintió. Volvió a
concentrarse en su consola, buscando patrones de sonido. Ritmos en el
vacío. La repetitiva música de un lenguaje desconocido.
STERN
Dejó pasar un tiempo prudencial
antes de reaccionar. Era importante que nadie lo viera perder el
control. Él era un líder religioso, un hombre espiritual. Su época
de criminal había quedado atrás, era una horrible crisálida que
había descartado al volar fuera de su mundo natal. "Ahora soy
una mariposa espacial", pensó, y no pudo evitar una pequeña
carcajada. Tomás, quien se encontraba sentado a su derecha, lo miró,
extrañado. Su única respuesta a una muda pregunta fue:
— Me río porque soy una mariposa.
Lo cual dejó todavía más
confundido a su ayudante, cosa que le levantó el ánimo.
Cuando lo consideró oportuno, apoyó
su mano en el hombro de Tomás y lo invitó a tomar algo.
— Creo que uno de los dos debería
quedarse en el puente. Por si logramos comunicarnos.
— ¡Tommy Boy! ¡Siempre tan
cauto! ¡Enrique todavía está descifrando su idioma! ¡Y en
cualquier caso, aún estamos a varios días de distancia! ¡Vamos!
¡Hay algo que quiero preguntarte!
Su voz invitaba, pero sus ojos
estaban gritando una orden. Tomás no tuvo más opción que aceptar
la invitación.
TOMÁS
Salieron del puente con Stern
hablando pavadas en voz alta y alegre, mientras gesticulaba como
solía hacer cuando daba un discurso. Pero varios pasos más tarde,
su actitud cambió drásticamente. Hizo silencio como nunca lo habían
visto en aquella nave y sus brazos cayeron al costado de su cuerpo,
casi inertes. Tomás lo siguió en silencio, visiblemente nervioso.
Toda la charla que había tenido con Diana parecía perderse mientras
caminaba, como un trozo de barro atrapado en el relieve de las suelas
de sus zapatillas. Entonces notó que no se dirigían al buffet. ¿A
dónde iban? No quería preguntar. El silencio, aunque tenso, era
mejor que escucharlo hablar. Y más todavía con aquella actitud.
Se detuvieron frente a una de las
habitaciones. La de Stern. Una vez adentro, Tomás quizo adelantarse.
— Si esto es por haberte
contradicho, te pido disculpas, pero creo que es mi función. Aportar
lo que sé para que puedas tomar mejores decisiones. ¡Conseguir que
lleguemos a destino! Yo sé que tenemos nuestras diferencias
ideológicas, pero...
La mano de Stern había ido subiendo
lentamente hasta llegar a la altura de la cara, allí levantó su
dedo índice y lo ubicó frente a la nariz, haciendo el gesto
internacional de silencio.
— Shhhh... No es por eso que te
quiero hablar. Me toca el ego que me contradigas frente a los demás,
no voy a negarlo, y tu falta de fé la tomo como un desafío, yo sé
que al final admitirás que mi credo es el correcto. — Su voz era
tranquila, demasiado tranquila.
— ¿Y entonces para qué me
trajiste acá?
La tranquilidad se convirtió en
seriedad. Una seriedad sepulcral.
— ¡Culbert! ¿Qué hiciste con
él? ¿Lo mataste?
NOELIA
El bostezo fue la luz de alarma que
le indicó que ya era hora de irse a descansar. Con Melina, su relevo
en el timón, habían arreglado que los turnos de trabajo serían de
ocho horas, salvo que alguna quisiera quedarse más tiempo. Hacía ya
dieciséis horas que no se movía de su consola, esperando el momento
en que los extraterrestres les hablaran, buscando fervientemente en
cada estrella a la que se acercaban una señal de vida inteligente.
Pero hasta ahora apenas habían logrado acercarse un poco más a la
fuente de origen de las transmisiones que habían captado.
Melina, que estaba tan entusiasmada
como ella con su nuevo trabajo, se encontraba en el puente desde
hacía un par de horas, esperando que su compañera decidiera que era
el momento de dejar su puesto. Así que no tardó nada en relevarla.
— ¡Al primer signo de un contacto
me llamás! ¿Estamos?, dijo, apuntandole con el dedo índice.
Ninguna de las dos pudo contener la risa. Y se fue a descansar. Pensó
en pasar por la sala de motores, para ver si Raúl estaba ahí. Y
allí lo encontró, dirigiendo a los demás con una competencia que a
él mismo le asombraba.
— ¿Hace mucho que estás de
turno?, le preguntó. Raúl se sonrojó.
— ¿La verdad? ¡No tengo idea!
Doce horas, catorce. ¡Ni me fijé!. Ambos rieron.
— ¡Yo tampoco! ¡No quería irme
del puente! ¡Estamos tan cerca...!
—... Y a la vez tan lejos. Lo sé.
Por eso no me he ido. Porque creo que puedo aumentar la velocidad en
un 15 por ciento. Sé que no suena a mucho, pero...
— Te entiendo. Pero eso nos puede
ayudar a encontrarnos con la otra nave más rápido, lo interrumpió
ella.
— Un quince por ciento antes.
Volvieron a reír. Los ojos de Raúl se desviaron por un momento.
Algún panel detrás suyo reclamaba su atención. Antes de volver a
perderlo, le hizo una propuesta:
— Venía a invitarte a investigar
la nave. Ver si encontramos algún indicio de lo que le pasó a la
gente que manejaba esta nave antes que nosotros — y agregó en voz
baja — y ver si Stern tiene algo que ver con ella.
— ¡Buen plan!, dijo sonriente.
Minutos después se encontraban
caminando por los pasillos centrales, aquellos que vinculaban la sala
de motores con otras áreas vinculadas al funcionamiento de la nave.
Noelia quiso saber si ya habían explorado la totalidad de los
sistemas.
— Para serte franco, apenas hemos
podido ver todo aquello que sirva para mantenernos vivos y en
movimiento. Somos muy pocos y estamos todos trabajando un montón. Lo
bueno es que en estos sistemas no hay nada de qué preocuparse.
— ¡Eso es bueno! — Raúl la
miró sin comprender — Quiero decir, es bueno para nosotros. Porque
significa que hay varias partes de la nave que todavía no conocemos.
¡Tenemos más para explorar!
Él se sonrió. ¡Esta chica parecía
encontrarle el lado bueno a todo! En cierta forma, era el complemento
ideal para su natural pesimismo.
Mientras avanzaban por los pasillos,
internándose cada vez más en los rincones poco explorados de la
nave, Raúl le iba explicando qué había detrás de cada puerta:
"Aquí está el sistema de prevención de incendios", "Éste
es el núcleo generador de la atmósfera,"Por éste corredor se
llega a la centrífuga que genera la gravedad artificial", "¡Sin
eso no vivimos! ¡Es el contrarrestador de inercia!". Hasta que
finalmente llegaron a una puerta donde no supo qué responder cuando
Noelia le preguntó qué había detrás. Entusiasmada, con la luz de
mil soles en sus pupilas, le dijo: "¡Vamos a averiguarlo! ".
Raúl abrió su kit de herramientas,
el cual había encontrado convenientemente ubicado sobre una de las
consolas de mantenimiento, al igual que el resto de los integrantes
del equipo de trabajo de Ingeniería, y tomó una especie de
destornillador que se usaba para abrir las puertas y escotillas. Pero
no pasó nada.
— ¿Qué pasa?, preguntó Noelia.
Raúl hizo una mueca, torciendo la comisura de su boca.
— No funciona. Es como querer usar
un destornillador Philips en un tornillo de punta plana.
— ¿Y no tenés la punta para
abrirla?
Raúl revisó su maletín. Había
varias herramientas. Pero ninguna era apropiada para la tarea.
— Me temo que no. — Ella se
mostró decepcionada, como un niño al que se le acabara de pinchar
su globo— ¡Pero no olvides que soy artesano! ¡Mañana tendré la
punta que necesitamos!
Ella volvió a sonreír.
— ¡Buenísimo! ¡Acá adentro hay
algo! ¡Y quiero saber qué es!
STERN
Tomás le había jurado que no había
matado a Culbert. Aunque sí había admitido que la última vez que
se vieron habían discutido. ¿Podía ser tan estúpido como para
inculparse siendo culpable? ¿O era tan inteligente como para hacerlo
y así pasar por estúpido? Claro que puede ser que solamente
estuviera nervioso y hubiese hablado sin pensar.
— Tom, hay algo que me siento
obligado a decirte. Culbert no está, nadie lo ha visto. Y si tú
eres el último que lo vio con vida...
— Sí, ya sé. Eso me convierte
automáticamente en el principal sospechoso. No soy idiota.
Stern lo miró, sorprendido. ¿Le
estaba leyendo el pensamiento? Conocía a un tipo (líder de otro
culto, en California), que afirmaba poder leer el pensamiento de sus
fieles y competidores. Nunca lo había creído, pero... tampoco había
creído que algún día una nave espacial iba a ir a rescatarlo de
aquel mundo en ruinas. ¡Y allí estaba!
— Sí, tengo que admitir que no se
ve nada bien... Especialmente teniendo en cuenta tu nervioso
comportamiento desde la última vez que se vieron. ¡Estás tan
nervioso como si hubieras matado a alguien! ¿Entiendes lo que te
digo?
Sus frases eran acusatorias, pero su
tono de voz era comprensivo.
— Entiendo. Culbert no se tomó
muy bien el hecho de que yo no sea un creyente.
— Que no seas un creyente, todavía
— corrigió David, con una sonrisa. Tomás pareció tranquilizarse.
— Todavía.— dijo y suspiró
aliviado.
— Esto nos deja con tres intrigas:
¿ Dónde está Culbert? ¿Alguien le hizo daño? Y si es así,
¿Quién?
Tomás lo pensó un poco.
— ¿Quién puede tener algo en su
contra? ¿Alguien de tu... Congregación?
Stern meditó al respecto. "¡Mike!",
pensó. Pero respondió:
— No lo creo. No quedamos muchos a
bordo. Y los pocos que quedaron serían incapaces de lastimar a
alguien. Estamos hablando de gente muy pacífica y espiritual.
¡Hippies del siglo XXI!
Tomás prometió investigar el caso.
Con Culbert fuera de juego, no quedaba nadie que lo reemplazara. Y
aunque él todavía no tenía muy claro cuál era su rol en aquella
nave, recordaba historias de su padre y su hermano acerca de algunas
investigaciones que habían hecho. Quizás había huído tan lejos
sólo para terminar haciendo aquello que su padre le había querido
imponer. Quizás era su destino.
David le dio permiso para investigar
y lo dejó ir. Aprovechó que estaba solo en su habitación para
analizar la situación mientras miraba por la ventana cómo quedaban
atrás las estrellas.
Algún tiempo después golpearon a
la puerta. Esperaba encontrar a Mike, o a Tomás. Pero en lugar de
ellos, una atractiva joven con una expresión de enojo lo estudió de
arriba a abajo.
— ¿Vos sos el jefe acá? —
Sonaba impetuosa, ofendida y enojada. Como una niña caprichosa, pero
de veinte años.
— Soy el Capitán y líder
espiritual de la nave. ¿Cuál es tu nombre y el motivo de tu enojo?
Había conocido mujeres así. Le
divertían. Le gustaba disfrutar de sus bríos, observarlas así,
salvajes y aguardar el momento oportuno para hacer su movida y
dominarlas. No tanto por el hecho de que fueran mujeres, lo que a él
realmente le gustaba era dominar personas. Lo del género era
secundario. Y la manera más fácil de dominar a alguien era a través
del sexo.
— Me llamo Valeria, y vengo a
quejarme de un montón de cosas.
Su voz era aguda. Muy aguda. Un poco
más aguda, evaluó Stern, y sería un excelente silbato para perros.
— ¡Pues adelante! ¡Pasa,
querida! Para eso estoy, para servirles a ustedes. — Tomó una de
sus manos entre las suyas y mirándola fijamente a los ojos se la
besó. La soltó lentamente y justo antes de separarse, añadió —
Para servirte a tí.
Fueron apenas unos segundos, pero
Stern alcanzó a notar que la respiración de Valeria se aceleró. Y
que su voz tardó un poco en retomar su tono ofendido.
— Hay... ¡Hay mucho por lo que
quejarse! La comida, por ejemplo. ¡Bah! ¡La cosa esa a la que
llaman comida!
— Sí, es horrible, reconoció,
¡Tiene gusto a papel sanitario!
Ella se sonrió. Fue involuntario,
lo suficiente como para tomarla por sorpresa.
— Dime, Valeria, ¿Te gustan las
manzanas?
— Sí, respondió, confundida.
— Bueno, resulta que uno de mis
fieles me regaló en secreto unas manzanas que tenía en su mochila
al momento de abordar. Puedo compartirlas contigo. — la miró a los
ojos, serio, cambiando el tono de su voz — Es bueno ser el líder.
Y también lo es estar cerca del líder... o a su lado.
Posó su mano en el hombro de la
joven, sintiendo cómo su cuerpo temblaba. Continuó mirándola fijo,
con la austera expresión de un encantador de serpientes.
Pero por dentro se relamía de
gusto.
TOMÁS
Comenzó su búsqueda en el último
lugar en el que había visto a Culbert, en aquel pasillo donde habían
discutido. No pudo evitar recordar aquella discusión. Su miedo ante
el fanatismo del antiguo agente. Siempre le habían parecido extrañas
las personas radicales. En especial si eran religiosas. Ya le costaba
entender que alguien estuviera dispuesto a matar a otro por ideas
políticas, o por los colores de su equipo deportivo, mucho más le
costaba entender esa actitud ante una creencia en un ser
sobrenatural. Aunque ahora tenía la palabra de Stern de que eso no
era importante para él. Y si a él no le importaba, Culbert iba a
tener que guardarse su opinión.
Pero para eso, primero tenía que
encontrarlo.
Recordó que la discusión había
terminado con el ex agente yendo al encuentro de Stern para contarle
de su falta de fé. Para eso tendría que haberse dirigido al puente.
Continuó por el pasillo, pasó por el hall de entrada de la nave —
aquel lugar donde todos habían despertado, donde su viaje había
comenzado —, continuó por el corredor que conectaba con el centro
de mando y terminó su recorrido.
Nada. Ni una mancha de sangre en el
piso, ni un pedazo de tela de su ropa. Nada que indicara que alguien
había atacado a Culbert.
Pero, ¿Y si no había seguido aquel
camino? ¿Qué tal si alguien le había dicho que Stern se encontraba
en el buffet, por ejemplo? ¿O en su cuarto?
Volvió atrás, hasta el hall de
entrada, y esta vez tomó el camino hacia el buffet. Al llegar se
encontró con Florencia, quien estaba limpiando una mesa.
— Hola.
Ese fue su saludo, breve, conciso. A
ella no le gustaba usar palabras de más.
— ¡Hola, Flor! Te hago una
consulta, ¿Lo viste a Culbert?
— No, hace rato que no viene. Debe
tener comida guardada, como algunos otros.
— ¿Hace mucho que no lo ves?
— Desde que estuvo acá con Stern.
Comió una sola vez en todo el viaje.
— ¿Ni siquiera lo viste pasar por
la puerta, o venir de paso, buscando a alguien?
Florencia lo miró inquieta.
— No. ¿Qué pasó?
— No sabemos. Desapareció. Para
peor, la última vez que alguien lo vio fue discutiendo conmigo.
Ella se quedó pensando en esas
palabras. Sus manos tomaron el trapo con el que estaba limpiando la
mesa y comenzaron a retorcerlo copiosamente. Luego dijo:
— ¿Pero te dejaron investigar a
vos, aunque seas el principal sospechoso?
— Idea de Stern.
— A veces me da la sensación de
que no tiene idea de lo que hace ese hombre.
La frase lo tomó por sorpresa. Él
pensaba lo mismo, pero nunca se animaría a decirlo tan abiertamente.
Sólo se limitó a expresar una leve sonrisa y asentir.
— Si llegás a saber algo, ¿me
avisás?
— Obvio.
Se estaba yendo cuando ella lo
detuvo.
— ¿Te puedo mostrar algo?
— Obvio, sí.
Se fue, corriendo, hasta la
estructura que hacía las veces de mostrador. Buscó algo debajo y
volvió con una bandeja. Sobre ella había una escultura hecha con la
pasta alimenticia, la única fuente de alimento disponible. Florencia
la había moldeado en forma de un pollo al horno.
— ¡Está muy bueno! ¡Si no
prestás atención al color, parece un pollo de verdad!
Ella se sonrió, con sus mejillas
tomando un notorio color rojizo. Bajó la vista y un mechón de pelo
le ocultó la mitad de la cara. Se apresuró a correrlo, como si le
molestara.
— Tengo la teoría de que si le
doy forma de comida, nos va a parecer más una comida. Y no va a ser
tan desagradable comerla.
La idea era buena. Tenía cierto
sentido.
— ¡Me gusta la idea! Si no te
complica mucho, estaría bueno que siguieras haciéndolo. Por lo
menos hasta que consigamos otra fuente de alimento.
— ¡Ok! ¿Querés probarlo?
— Ahora no puedo. Estoy tratando
de encontrar a Culbert y saber qué le pasó. ¡Pero guardame un pata
muslo para la cena!, le dijo, sonriendo, mientras se iba. Ella lo
saludó con la mano, mostrando una tímida sonrisa.
FLORENCIA
Mantener esa sonrisa hasta perderlo
de vista le costó horrores. Cuando Tomás finalmente salió del
buffet, sintió que algo más fuerte que ella se estaba apoderando de
sus ánimos. Era una vieja sensación, desaparecida hacía mucho
tiempo, que ahora regresaba. Y ella sabía que sin sus medicamentos,
resistirse era inútil. Así que se dejó ganar.
NOELIA
No veía la hora de terminar su
turno. Por primera vez desde el comienzo del viaje, había encontrado
algo aún más fascinante que pilotear una nave espacial. No podía
dejar de pensar en aquella puerta cerrada. ¿Por qué estaba cerrada?
¿Habría alguien escondido adentro? ¿Qué secretos se escondían
allí, algo mas abajo de la sala de motores? Estaban en el espacio.
Una semana atrás aquello le habría parecido imposible. Así que,
literalmente, cualquier cosa podía suceder.
El movimiento de las estrellas a su
alrededor de pronto se le antojó monótono y aburrido. ¡Necesitaba
terminar aquel turno! Quizás Melina podría cubrirla. Pero, ¿Iba a
poder escaparse de sus tareas Raúl? Una de sus pantallas le dio la
respuesta: la gente de mecánica estaba resolviendo una fuga de
energía que habían captado hacía un par de días. Así que no. No
iba a poder pedirle a Raúl que la acompañara. Era todo cuestión de
guardarse la ansiedad y esperar. Suspiró, intentando que su soplido
alejara las ansias que revoloteaban a su alrededor.
Tenía la mirada perdida en la
pantalla, cuando algo le llamó la atención y la obligó a prestar
atención. Un cuerpo, allí, en la esquina más lejana de su monitor.
Tenía el tamaño de un cometa, o un asteroide. Pero comenzó a
desaparecer y aparecer, como si saltara. Volvió a mirar, ahora
completamente enfocada en ello.
— ¡Quique! ¡Hay algo ahí...!
¡Viene para acá!
Enrique la miró, entre asustado y
eufórico.
— ¡Lo oigo! ¡Es nuestro amigo,
el que viene transmitiendo desde antes de ayer! ¡Cada vez lo escucho
más cerca!
Se miraron entre todos los
presentes. Alguien preguntó:
— ¿Qué hacemos?
Pero Noelia ya había tomado los
controles para analizar la trayectoria y calcular el tiempo de
encuentro, mientras Quique llamaba a Stern.
STERN
"¡Capitán Stern, al puente
por favor!"
Stern despertó sobresaltado. ¿De
dónde venía la voz? ¿Dónde estaban los parlantes? No importaba.
Lo importante es que tenía que estar en el puente lo antes posible.
Había un cierto tono de urgencia en la voz de Enrique. Urgencia y
algo de... ¿miedo? ¿exitación? No podía precisarlo.
Se levantó de la cama y despertó
a... ¿Cómo se llamaba? ¿Eugenia? ¿Valencia? ¡Valeria!
— ¡Arriba, vamos! ¡Me necesitan
en el puente!
Ella entre abrió los ojos y
murmuró.
— ¿A mí también me necesitan?
Al principio él no comprendió.
Luego entendió para dónde iba la conversación y respondió:
— No, sólo a mí. Porque soy el
Capitán. Y ser el Capitán tiene sus privilegios. Como elegir quién
duerme y quién no en mis aposentos. ¡Y te falta mucho todavía para
ganar ese privilegio!
Ella lo miró ofendida, todavía
acostada. Su respuesta fue el silencio.
— ¡Vamos! ¡Arriba, que estoy
apurado!
Tiró de las sábanas, destapándola.
Mientras con una mano tomaba su calzado, con la otra le arrojó a
Valeria sus ropas. Ella seguía muda, con los labios formando una "O"
mayúscula y el ceño fruncido en un enojo como pocas veces había
tenido. Cuando él terminó de calzarse la miró. Ella se encontraba
en la misma posición.
— ¡Hey! Entiendo que esta no es
la manera más romántica de continuar lo que hicimos anoche, pero
debes entender que tengo mis obligaciones. Y eso es lo más
importante.
Su rostro se suavizó un poco. Él
se acercó y le acarició una mejilla con el dorso de su mano.
— Pero eso no significa que no
valore lo que hicimos. ¿Entiendes?
Ella asintió.
— ¡No te olvides que pertenecer
tiene sus privilegios, pero también sus obligaciones! Y esas
obligaciones, en este momento me reclaman. ¡Así que a levantarse y
a salir de mi cuarto! ¡Ya habrá otra oportunidad de continuar con
esto!
Valeria comenzó a vestirse
rápidamente.
Notó al momento el alivio de los
demás al verlo entrar al puente. Eso le gustó.
— ¿Qué está pasando?
Enrique y Noelia empezaron a hablar
a la vez. Tras mirarse un segundo, él le cedió la palabra.
— La fuente de emisión de la
señal que veníamos siguiendo... Confirmamos que se trataba de una
nave, y no un planeta. Y... ¡Está viniendo para acá!
— ¿Para aquí...?, pero no supo
qué preguntar a continuación. Eran grandes noticias. Todo lo que
estaba intentando construir podía quedar confirmado o truncado,
según cómo saliera todo.
Enrique intervino.
— ¡Están viniendo cada vez más
rápido! ¡Noelia, fijate en cuanto tiempo van a estar acá, a ver si
tengo razón!
Así lo hizo. Levantó la vista
sorprendida.
— ¡Tenés razón! ¡Van estar acá
en menos de cinco minutos!
— ¡Muy bien, todos a sus puestos!
Esto es lo que se conoce como "Primer Contacto". Debemos
ser muy cautelosos y hacer las cosas bien. Estos extraterrestres
pueden saber dónde queda el Paraíso... o ser enviados de Satán
para impedirnos cumplir con nuestra misión. Así que les ordeno que
me dejen hablar a mí. ¿Entendido?
— ¡Sí, Señor!, respondieron
todos. Y sonó como música para sus oídos.
Poco después, la consola de Enrique
comenzó a emitir un sonido. Era un aviso indicando que estaba
entrando una comunicación. Todos se miraron, nerviosos y tomaron
aire. Enrique activó la pantalla.
La criatura que apareció en el
monitor no se parecía en nada a las distintas espectativas que cada
uno tenía. Noelia había visto en Internet, hacía mucho, una foto
de un oso que había perdido el pelo por una enfermedad. Algo así se
veía la criatura con la que se estaban comunicando. Sólo que estaba
vestida con una especie de armadura metálica, decorada con lo que
parecían ser vísceras, enganchadas y enroscadas por todo su robusto
cuerpo.
La visión de las vísceras colgando
fue demasiado fuerte para Stern, quien apartó la vista asqueado. El
ser de la otra nave emitió una serie de gruñidos y cloqueos. Al no
obtener respuesta, volvió a reiterar los sonidos. Noelia y Enrique
se miraron, asustados, sin saber qué hacer. Enrique preguntó:
— Capitán, ¿qué le contesto?
Stern tomó aire una vez más,
volvió a mirar hacia la pantalla y no pudo evitar otra mueca de
asco.
— ¡Saludos! Venimos del planeta
Tierra, y buscamos...
Antes de poder continuar con su
saludo, el ser gruñó fuertemente y cortó la comunicación.
Segundos después, la nave tembló. Stern miró asustado a Enrique,
quien le devolvió una mirada de puro terror
— ¡Nos disparan! ¡Y el único
que sabe cómo defendernos es Culbert!
TOMÁS
No sólo no había ni un rastro de
dónde podía estar Culbert, sino que además no tenía idea de cómo
continuar con su búsqueda. Era como si hubiera desaparecido, al
igual que los anteriores tripulantes de la nave (si es que alguna vez
había existido tal cosa).
El cimbronazo interrumpió su
concentración. "¿Qué está pasando?", se preguntó. Otro
golpe. Y otro más. Hubo gente que pasó corriendo al lado de él, a
muchos no los conocía aún. Los paró y les preguntó qué sucedía.
— ¡Recién me crucé con alguien
que estaba cerca del puente! ¡Parece que nos atacan!
Una ola de adrenalina inundó los
sistemas de Tomás. Un explosivo cóctel de miedo, instinto de
supervivencia y determinación llegó a su cerebro, electrizando sus
sentidos. Fue como despertar, estando ya despierto.
Y corrió hacia el puente.
— ¡Capitán, sigo intentando
mantener la comunicación, pero no me responden!, gritó Enrique.
— ¡No puedo establecer una ruta
de escape! ¡Es una sola nave, pero se las ingenia para mantenerse
frente a nosotros cada vez que intento girar en alguna dirección!,
informó Noelia.
— ¡Capitán! ¿Qué hacemos?,
preguntó Enrique, asustado. Stern comenzaba a responder, cuando la
puerta del puente se abrió. Era Tomás.
— ¡Informe de situación!
— ¡Es una nave mucho más chica
que la nuestra, pero también recontra ágil!, respondió Noelia.
— ¡Y cortaron toda comunicación
con nosotros! ¡No están interesados en hablar!
Un nuevo impacto sacudió la nave,
como subrayando las palabras de Enrique.
— ¿Estado de nuestras armas?
— Hasta ahora resisten, ¡pero no
sabemos cómo manejarlas!, explicó Stern.
Tomás se ubicó frente a la consola
que originalmente era el lugar de trabajo de Culbert. Reconoció de
inmediato los controles. Activó las defensas automáticas. Aquello
entretendría a sus adversarios, dándoles tiempo para planificar una
estrategia.
— Noelia, la nave tiene algo que
sirve para simplificar el proceso de orbitar un planeta, ¿verdad?
— Sí, el ancla gravitacional. Es
como una cuerda de energía que se une al campo gravitacional de un
cuerpo, empujando a la nave hacia el punto de atracción. En teoría
nos va a facilitar muchísimo el establecer una órbita alrededor de
un planeta o satélite. Es lo que usamos para recuperar la sonda
Voyager.
— ¿En teoría?, preguntó Stern.
Noelia lo miró con tristeza.
— Es que nunca lo probamos. ¡Ni
sé si vamos a llegar a hacerlo!
Tomás habló con una inusitada
seguridad:
— ¡Vamos a llegar! ¡Vamos a
viajar mucho y vamos a ver muchas maravillas! ¡Pero primero tenemos
que sacarnos a estos mosquitos de encima!
Noelia asintió, sonriendo con
esperanza. Porque era verdad. Aquella otra nave, comparada con la que
ella piloteaba, era apenas un molesto mosquito intentando inútilmente
desangrarla a base de minúsculos picotazos.
— Quiero que inviertas la
polaridad del ancla y la uses para repelerlos. ¡No queremos
matarlos! ¡Queremos calmarlos!
Noelia comprendió. Activó el ancla
gravitacional, pero no acertó. Lo que sus atacantes carecían de
fuerza les sobraba de velocidad y agilidad. Volvió a disparar, y
volvió a fallar. No quiso levantar la vista, pero tampoco gritó de
frustración. En lugar de eso, inconscientemente comenzó a tararear
una canción. Enrique fue el único de la habitación en reconocerla
y no pudo evitar una tímida carcajada: era un tema de batalla de un
famoso videojuego RPG japonés.
Al cuarto intento la cuerda
gravitacional golpeó el flanco izquierdo de la pequeña nave lo
suficiente como para desestabilizarla y Noelia gritó "¡Yattaze!"
El minúsculo vehículo comenzó a girar sobre sí mismo y sin ningún
tipo de control se alejó de ellos girando como un trompo.
— ¡Muy bien, Noelia! — lo pensó
un momento y preguntó — ¿Qué dirección está tomando la otra
nave? ¿Podés proyectar un rumbo estimado?
Ella lo miró, sin entender. Luego
calculó la trayectoria de sus adversarios y lo miró, sorprendida.
— ¡Si no corrigen el rumbo en los
próximos cinco minutos van a quedar atrapados en el campo de
gravedad de aquella estrella! ¡En menos de una hora van a ser
aplastados e incinerados!
El encargado de los sensores
externos de la nave, un chico llamado Gonzalo, agregó:
— ¡Leo signos vitales muy
débiles! ¡Todos, salvo un tripulante, quedaron muy afectados por el
golpe que les dimos!
— ¡Noelia, acercate a ellos!
¡Cuando estés bien cerca, volvé a activar el ancla, pero en un haz
más amplio! Vamos a hacer lo mismo que con la Voyager.
Atraparlos fue más fácil que
repelerlos. Lo consiguió al primer tiro. Cuando logró estabilizarlo
y se aseguró de que su moméntum era seguro, los soltó.
— Los signos vitales de los
extraterrestres se estabilizan, informó Gonzalo, y agregó
¡Rápidamente!
Menos de un minuto después, Enrique
recibió una notificación: la otra nave quería comunicarse
nuevamente.
Stern le advirtió:
— ¡Cuidado! ¡Se visten con
tripas! ¡No les demuestres que te dan asco!
Tomás lo miró, indignado. ¿Por
eso había sido todo el problema? ¿Porque le había dado asco sus
ropas? Agradeció que se hubiera tratado de una nave que no era rival
para ellos.
La pantalla se encendió. La
criatura apareció en ella, con las vísceras que adornaban su
armadura colgando desordenadas por la feroz fuerza centrífuga a la
que había sido expuesta. Volvió a lanzar una serie de gruñidos,
pero esta vez apareció una transcripción de lo hablado en la
pantalla de Enrique, quien leyó en voz alta.
— Ustedes son una especie muy
extraña. Nos acercamos a saludar y nos responden con rechazo. Los
atacamos y consiguen derrotarnos, pero en lugar de festejar la
victoria, nos salvan la vida. Las tradiciones de mi pueblo demandan
que nuestras especies se consuman en el fuego de la guerra hasta que
sólo el más fuerte prevalezca... Sin embargo, ustedes nos conocen
muy bien. — Todos se sorprendieron al escuchar aquello — Sí, nos
conocen y nos han enviado un guerrero, para efectuar el Grohlrargr
Cnock. Y por eso ahora estamos en deuda con ustedes.
Tomás lo miró a Enrique, sin
entender, pero éste se alzó de hombros. Estaba tan confundido como
él.
— ¿Un guerrero? ¿Puedo ver a ese
guerrero del que hablan?
— Él es quien está traduciendo
mis palabras, pero lo relevaré un momento de sus tareas. ¡Ven aquí,
Bufanda—de—Intestinos!
El mensaje se interrumpió
bruscamente. Segundos después, apareció en pantalla
Bufanda—de—Intestinos.
También conocido como el Agente
Benjamin Culbert.
CULBERT
Dos días atrás...
Despertó confundido. Sentía el
mismo aturdimiento y la misma confusión que había sentido cuando
despertó en la nave, menos de una semana atrás. Pero... ¿Qué
había pasado? Lo último que recordaba era estar discutiendo con
aquel tipo, Tomás, acerca de su fé. O la falta de esta, en
realidad. Luego se había dirigido hacia el puente y de pronto sintió
un golpe en la cabeza. ¿Lo habían atacado? ¿Y quién? La lógica
indicaba que Tomás, pero podía equivocarse.
Alguien pasó caminando cerca de
donde él se encontraba tirado. No alcanzó a verlo bien, pero de
acuerdo con su silueta se trataba de un hombre muy alto y robusto.
¿Un jugador de Football americano? ¿Un físicoculturista? Por
extraño que pareciera, le dio la impresión de que era alguien
incluso más grande. No recordaba haber visto a nadie con semejante
cuerpo en la nave.
Entonces notó que las paredes eran
distintas a las de "su" nave. ¡Alguien o algo lo había
secuestrado!
El pensamiento le provocó una
inyección de adrenalina. Se incorporó de un salto, miró
rápidamente los alrededores, evaluando potenciales escondites y vías
de escape, y corrió a esconderse en un recodo oscuro, detrás de una
especie de columna.
Se tomó un momento para aclarar la
cabeza. ¿Qué cómo había llegado allí? Por ahora no importaba. Su
prioridad era evaluar la situación. Poco después, dos de las
criaturas se cruzaron en el corredor cercano a donde se encontraba y
escuchó una conversación. En realidad era una sinfonía de gruñidos
y sonidos guturales, pero él comprendió toda la charla.
— ¿Hueles eso,
Saboreador—de—Médulas?, preguntó uno de los gigantes.
— Lo huelo,
Cazador—de—Presas—Ágiles. ¡Delicioso! Deben ser los animales
que cazamos en aquella luna.
— Puede ser. Huelo a sapiencia.
Aquellas bestias habían empezado a usar herramientas.
— El sabor de la sapiencia es
delicioso. Pero no puedo evitar apenarme tras consumir una cultura
tan primitiva.
— Sí, te entiendo. En unos
cuantos años, con el estímulo adecuado, habrían llegado a las
estrellas. Al devorar a los lanza piedras perdemos la posibilidad de
que nuestros descendientes puedan enfrentar mayores retos.
— Es así,
Cazador—de—Presas—Ágiles. Es el misterio de la Cadena
alimentaria.
— Eres sabio,
Saboreador—de—Médulas. Tienes bien ganado tu nombre.
— Y tú el tuyo, mi igual.
El alienígena conocido como
Saboreador—de—Médulas siguió su camino, mientras que el otro se
quedó allí un instante, olizqueando el aire y emitiendo una suerte
de ronroneo. Luego miró hacia el rincón donde se escondía Culbert
y volvió a olfatear. Mostró los dientes, quizá sonriendo, quizá
amenazando. Culbert no pensaba quedarse a averiguarlo. Así que saltó
sobre él, golpeando su tráquea con una mano, el único punto débil
que encontró en aquel uniforme metálico. El ser se llevó las manos
al cuello, mientras caía de rodillas. Culbert aprovechó aquel breve
lapso de debilidad para estrellar su pie contra el lateral de la
cabeza de la criatura. Esta cayó, aturdida, pero aún sosteniéndose
con uno de sus brazos. Pateó aquel brazo, grueso como un tronco,
pero no sirvió de nada. El extraterrestre sacudió la cabeza,
intentando aclarar su mente y lanzó un amenazante rugido, grave y
potente, similar al de los leones. Apurado, golpeó una vez mas con
todas las fuerzas de su pierna en la cabeza del gigante. Esta vez
logró dejarlo inconsciente.
Cuando levantó la vista se encontró
con otros dos seres tanto o mas grandes que aquel con el que acababa
de pelear. Iba a ser imposible escapar. Así que tomó el arma que
Cazador—de—Presas—Ágiles llevaba en su uniforme. Sólo
esperaba estar agarrandola del lado correcto, ya que no se parecía
en nada a cualquier arma que hubiese visto antes. Los seres se
detuvieron, sorprendidos de ver a un compañero en aquella posición.
Culbert gritó:
— ¡Atrás! ¡Si se acercan o me
atacan, me llevaré su vida conmigo!
Los seres intercambiaron miradas. No
supo leer las expresiones, pero parecían miradas de sorpresa y algo
más. Algo que no supo bien cómo interpretar, pero parecía...
¿Alegría? ¿Felicidad? No, tenía que estar equivocado, como cuando
un chimpancé sonríe y en realidad está haciendo un gesto
amenazante. Forzó a su rehén a dirigirse más cerca de la esquina
de la habitación, para evitar que los rodearan. Uno de los seres
habló. Estaba cubierto con una cantidad mayor de vísceras que los
demás:
— Soy el Líder de la nave de caza
Colmillo Agudo, mi nombre es Otros—lo—Siguen. ¿Quién eres y
cómo entraste en mi nave?
Culbert vio en su propio
desconocimiento de la respuesta la oportunidad de hacer parecer que
tenía todo bajo control.
— Soy Benjamin Culbert, del Arca.
No voy a revelar cómo entré, pero sepan que no estoy sólo.¡ Y mis
compañeros pueden venir tan fácilmente como yo, en cualquier
momento!
El líder de la nave dio un violento
paso al frente, como un gorila marcando su territorio, y gruñó:
— ¿Me estás diciendo que
intentas provocar un Grohlrargr Cnock?
Culbert no tenía idea de qué
estaba hablando, pero consideró que lo mejor era seguirles la
corriente, por lo que respondió afirmativamente. El Líder lanzó un
rugido mientras asentía, el otro ser lo imitó y con una voz mucho
más potente que la de sus compañeros, gritó:
— ¡Grohlrargr Cnock!
Los compañeros de su rehén
comenzaron a lanzar gruñidos y ladridos a dúo. Al parecer había
provocado algún tipo de ritual o celebración.
Cazador—de—Presas—Ágiles giró la cabeza y susurró:
— ¿Qué esperas? ¡Ahora debes
soltarme! ¡Ya te han reconocido como un cazador superior a mí! ¿O
deseas humillarme todavía más?
Culbert evaluó la situación.
Estaba rodeado. Ya no podía escapar. Su única esperanza era que su
rehén dijera la verdad. Que todo aquel despliegue no fuera parte de
un plan de los alienígenas para liberar a su compañero.
"El que no arriesga, no gana",
pensó y lo soltó. Todos comenzaron a golpear el piso con sus pies,
sin dejar de ladrar. Cazador—de—Presas—Ágiles se volteó para
quedar frente a frente con él. Lo estudió con sus ojos y mostró
los dientes, en aquel extraño gesto que era a su vez una sonrisa y
una amenaza. Se le acercó, lentamente. Luego lo tomó de la nuca y
lo atrajo, hasta que la boca de Culbert quedó junto a su cuello.
— Ahora muerdeme, le susurró.
Extrañado, Culbert hizo lo que su
antiguo rehén le indicó. Le mordió el cuello, sin llegar a sacar
sangre, porque sus dientes no lograron penetrar el grueso cuero que
era la piel de su rival. Cazador—de—Presas—Ágiles bajó los
brazos, dejándolos flaccidos junto al cuerpo. Los demás festejaron.
El Líder se les acercó. Tomó las cabezas de ambos y los separó.
— Muy bien. Has cumplido el ritual
con honor. ¡Ahora a trabajar!
El grupo se disgregó. Cuando sólo
quedaron Culbert y Cazador—de—Presas—Ágiles, el humano quiso
saber qué debía hacer ahora.
— ¿Realmente no lo sabes? ¡Ahora
buscamos a los tuyos y nos devolverán a tu manada!
— ¿Nos devolverán?
— ¡Claro! ¡Te has ganado mi
vida! Después del Grohlrargr Cnock me convertiste en tu presa. Aquí
tienes mis trofeos.
Y diciendo esto le entregó las
vísceras que colgaban de él. Culbert tomó unos intestinos y los
cruzó en su cuello, con asco.
Se dirigieron al puente, para
indicar el rumbo a seguir. Al llegar, los otros dos seres lo
recibieron con festejos. El Líder gritó:
— ¡Bienvenido a la Tribu,
Bufanda—de—Intestinos!
Notó en seguida que se trataba de
una nave mucho más chica que la que el Señor le había enviado a
David Stern. Calculó un tamaño similar al de un avión de pasajeros
de los grandes. O un porta aviones. Y aparentemente aquellos tres
eran toda su tripulación.
— ¡Cuéntame de tu gente,
Bufanda—de—Intestinos! ¿Son cazadores o presas?
Tras pensarlo brevemente, decidió
que debía hacer parecer a la Tierra aún más violenta de lo que era
en realidad. No podía arriesgarse a que consideraran la idea de usar
su planeta como coto de caza, así que respondió:
— Definitivamente cazadores.
Cazamos animales para comer. Hay quienes lo hacen por deporte.
También nos cazamos entre nosotros.
— ¿Entre ustedes? ¿Cómo es
eso?, preguntó sorprendido Otros—lo—Siguen.
— Hay quienes buscan a los más
débiles para sacarles lo que es suyo. Se llaman ladrones. También
hay quienes cazan a aquellos que les sacan a los demás. Como yo.
El Líder emitió un gruñido
aprobatorio.
— Eres un Caza Raptores.
Interesante. ¿Qué hay de tus Líderes? ¿Son grandes cazadores?
Culbert sonrió y respondió.
— Hay quienes dirían que la
mayoría son Raptores. Pero siempre hay alguien intentando cazarlos.
¡Muchas veces se cazan entre ellos!
Otros—lo—Siguen hizo una mueca
de sorpresa que en aquel rostro feral se vio muy cómica.
— Bien dicen que nunca hay que
juzgar a una especie por sus gobernantes.
Culbert lanzó una carcajada que
pronto se extendió entre los otros dos tripulantes.
Cazador—de—Presas—Ágiles preguntó a continuación:
— ¿Y cómo nos encontraron? ¡No
puedo encontrar tu nave ni aún con todos los sensores a máxima
potencia!
— Busquennos y nos encontrarán.
Estamos por ahí. Estamos probando sus habilidades de caza.
Cazador—de—Presas—Ágiles
sonrió, complacido. Evidentemente a los suyos le gustaban los
desafíos. Con respecto a aquello de que los encontrarían si los
buscaban, hablaba más por esperanza que por convicción. ¿Qué
había pasado? ¿Cómo había llegado allí? Si estos seres no lo
habían secuestrado ni sabían nada del Arca, ¿Dónde estaban Stern
y los otros?
Durante los días siguientes se
encargó de construir un mito alrededor de los humanos. Que eran
grandes cazadores, que hacía años que estaban estudiando a la
especie de Cazador—de—Presas—Ágiles (luego supo que se hacían
llamar Graahrknut, que en su idioma significaba "Los que están
en la cima de la cadena alimentaria". Y también, por supuesto,
les siguió diciendo una y otra vez que la nave que lo había llevado
hasta allí era una de las tantas que los humanos poseían. No podía
confiar en que aquella gente que había dedicado toda su cultura a
exaltar los valores de la cacería se interesaran por la Tierra.
Y continuó así hasta que
Saboreador—de—Médulas encontró el rastro muy leve de una
transmisión. Al principio Culbert supuso que era una falsa alarma,
pero a medida que se acercaban se dieron cuenta de que seguían una
buena pista. Ver el Arca desde afuera lo llenó de esperanza y dicha.
Pero cuando intentaron comunicarse, se dio cuenta de que sus
compañeros no conocía el inglés, el castellano o cualquier
lenguaje terrestre. Es más, no eran los Graahrknut quienes hablaban
en inglés, o español. ¡Era él quien todo este tiempo había
estado hablando en Graahrknut!
"Ya habrá tiempo para pensar
en eso", se dijo a sí mismo. Y se ofreció a oficiar de
traductor.
STERN
Había varias cosas que David
Matthew Stern no soportaba. Pero una de las peores era sentir que
había quedado en ridículo. Y en aquel momento sentía que había
hecho el ridículo. ¡Delante de todo el personal del puente, para
peor! Ese... argentino, ese tipo tan... insulso. ¡Humillado por
alguien tan inferior!
Podía sentir el río de lava
candente deslizándose lentamente por los recovecos de su cerebro,
odiando todo a su paso. Sus dientes debían haberle dolido, por la
fuerza con la que los apretaba, casi haciendo que estos se
convirtieran en diamantes, de tanta presión a la que estaban siendo
expuestos.
Y entonces, en medio de aquel
violento proceso casi geológico que amenazaba con hacer estallar su
verdadero rostro con una erupción digna del volcán Yellowstone y
arruinar sus planes a corto plazo, una débil vocecilla intentó
hacerse oír. David la escuchó por casualidad, entre rugidos de
montañas y explosiones de cráteres renacientes.
"¡Tranquilo!", le decía
la pequeña voz. "Tranquilo. Ten paciencia. Ya llegará tu
momento." Era la voz de la razón. Su razón, al menos.
Y sonrió pacíficamente, imitando a
una estatua de Buda.
TOMÁS
Habiendo solucionado el malentendido
que casi arruina el Primer Contacto, Tomás invitó a los tripulantes
de la nave extraterrestre a visitarlos, para conocerse mejor,
comerciar y procurar la devolución de Culbert. Noelia recomendó
vincular ambas naves en uno de los muelles de atraque, que
casualmente era el hall de entrada en el que ellos habían
despertado, luego del tiroteo en el Uritorco. Tomás recomendó
cercar los alrededores del lugar, para evitar curiosos que pudieran
interferir en el encuentro.
La comitiva de recepción estaba
formada por Tomás, Stern y otros tres tripulantes, a cargo de la
seguridad de la nave, entre ellos Mike. Estos últimos, sólo por
precaución, llevaban cada uno un arma de fuego, una de las pocas que
habían ingresado a la nave. Curiosamente, inventariar las armas
había sido una de las primeras ideas y tareas de Culbert, antes de
desaparecer.
Pronto, Enrique les avisó por el
altavoz que el atraque había sido exitoso. Cuando las puertas se
abrieron, tres figuras enormes surgieron de ellas, junto a una
silueta familiar. Culbert había vuelto al Arca.
El Líder de la nave Graahrknut
habló:
— Grrorgr knugrr. Raarrgh
grohrgknack rawl Graahrknut.
Culbert comenzó a traducir:
— Somos los Graahrknut, a bordo de
la nave de caza...
Y entonces sucedió.
Unos brazos metálicos surgieron del
techo y las paredes. Con una puntería excepcional se dirigieron
hacia los cráneos de los tres Graahrknut, clavándose en sus nucas.
Los ojos de los visitantes se pusieron en blanco. Cuando los
soltaron, sus cuerpos cayeron, inconscientes.
— ¿Qué... Qué pasó?, preguntó
Culbert, asustado. Nadie supo responderle.
Los seres no se movían, pero
estaban vivos. Tomás llamó a Diana. Si estaban vivos, había que
tratarlos antes de provocar un incidente aún peor.
Stern preguntó a Culbert:
— ¿Alguien más sabe de esto?
¿Llegaron a informarlo a su planeta, o algo así?
— No — contestó Culbert — son
una cultura cazadora. Esta era una expedición exploradora, en busca
de nuevas presas y desafíos. Están muy lejos de su hogar.
Había tristeza en su voz.
— Bien. — exclamó Stern,
aliviado — ¡Tommy Boy, si al despertar están furiosos, quiero que
los eliminen y destruyan su nave!
Culbert intentó protestar, pero
Stern le plantó cara y le dijo:
— ¿Te atreves a contradecirme,
Agente? — Culbert bajó la vista, avergonzado — ¡Bien!
¡Recuerda tu misión! ¡Nuestra misión! ¡No la pienso arriesgar
por unos... animales!
— Sí, Señor.
Y Stern se marchó, dejando a cargo
a Tomás.
DIANA
Cuando Diana llegó y se encontró
con quienes serían sus pacientes, lo primero que dijo fue:
— ¿Cómo quieren que los atienda?
¡No soy veterinaria!
— Bueno, tampoco sos una doctora,
técnicamente hablando, bromeó Tomás. Cuando estaba muy nervioso
podía hacer las bromas más estúpidas.
— Puede ser. ¡Pero desde que
estamo' en esta nave del diablo me conozco todo' los rincone' del
cuerpo humano y cómo arreglarlos! ¿Sabé'? ¡Así que no te hagás
el cancherito conmigo!
Cuando Diana estaba nerviosa podía
ponerse muy agresiva.
— No se enoje, Doctora. Pero le
pido que los revise y trate de ver si están bien, si se pueden
salvar.
— Yo recomiendo matarlos antes de
que despierten, opinó Mike.
— ¡Sí, claro! — exclamó con
sarcasmo Diana — ¡Primero me vas a tener que matar a mí! ¿Sabé'?
Mike se la quedó mirando,
sorprendido. Él le debía la vida, no había manera de que le
disparase. ¿O sí? Permaneció congelado un segundo más de lo
debido. Lo suficiente para que ella dejara de interesarse por su
reacción y volviera a enfocarse en sus pacientes.
— ¡A ver usté! ¡El que anda por
ahí con los chinchuline' colgando del cuello!
— Me llamo Benjamin Culbert.
— ¡No me importa! ¡Lo que me
importa es que usté' vivió un par de día' con ellos, ¿No?
Culbert asintió.
— Ajá. ¿Todos esto' órganos y
vísceras que están acá tirado' son de ello', o son adorno'?
— Son... trofeos. Usan en sus
ropas las entrañas de sus presas, como nosotros usamos medallas.
Diana hizo una mueca de asco.
— ¿Seguro que ninguna de las
vísceras es de alguno de ello'? — Culbert negó con la cabeza —
Entonce' están bien. Lo único que tienen es esa herida en la parte
posterior del casco, pero no es algo grave.
Tomás la miró, confundido, y
preguntó:
— ¿Cómo sabe que no es grave?
Diana le pidió a uno de los hombres
de seguridad que se acercara. Le bajó el mentón y corrió los pelos
de la nuca. Había una herida igual que la que ahora tenían los
extraterrestres.
— Todos las tenemo'. Yo creo que
lo que les pasó a ellos es lo que nos pasó a nosotro' cuando
subimo' acá. Es más, yo creo que así es como aprendimo' a ser
doctore, piloto, ingeniero' y lo que sea que vos sea'. — Dijo lo
último mirando a Tomás, quien bajó la cabeza avergonzado. Ella
lamentó haber dicho eso. Tenía ese problema, a veces era demasiado
franca y terminaba lastimando a las personas.
— ¡Tiene sentido! — dijo
Culbert. — ¡Eso explicaría también por qué todos hablamos en
español!
— Sé, ponele, dijo Diana.
Hizo un breve silencio, mientras
evaluaba lo que veía y avisó:
— ¡Atentos! ¡Estos bicho' están
por despertar!
Uno de los extraterrestres gritó.
Un rugido furioso que puso a todos en estado de alerta. Sus
compañeros comenzaron a imitar su comportamiento, aunque aún no
despertaban. Parecía como si los primeros indicios de su conciencia
los obligaran a emitir esos sonidos en caso de inconsciencia,
posiblemente para ahuyentar posibles predadores. Puede que también
lo hicieran para despertarse entre sí, porque es lo que comenzó a
pasar.
TOMÁS
Los gritos habían ido menguando
hasta convertirse primero en gruñidos, luego en ronquidos y
finalmente en ronroneos. Verlos así, tan pacíficos, bajó los
niveles de adrenalina de los humanos que allí se encontraban.
Culbert ordenó bajar las armas. Por el momento no representaban una
amenaza, al parecer.
Claro que todo era parte de una
estrategia de caza.
Otros—lo—Siguen se incorporó de
un salto. Tomó por sorpresa al guardia que tenía cerca suyo y le
golpeó el abdomen con una de sus enormes manos, levantándolo en el
aire. Cazador—de—Presas—Ágiles se levantó dando una pirueta
en el aire y con una feroz patada le rompió la mandíbula a Mike.
Tomás tiró de las ropas de Culbert, alejándolo del ataque de uno
de los seres. Ambos cayeron hacia atrás. Saboreador—de—Médulas
se aprestó a rematar al guardia derribado por su Líder. Tomó una
de las armas que ahora estaban tiradas en el suelo, pero no pudo
accionar el gatillo porque sus dedos eran demasiado gruesos. Entonces
decidió usarla como garrote. La levantó sobre su cabeza y cuando
iba a bajarla se escuchó un disparo.
Todos permanecieron inmóviles,
congelados ante el inesperado sonido de aquel imposible trueno que
había sonado a años luz de cualquier atmósfera natural. Todos
miraron hacia el origen del sonido y vieron a Stern, pistola en mano,
todavía apuntando en diagonal hacia su derecha. Cuando tuvo la
atención de todo el grupo, cambió el objetivo de su mira, listo
para acribillar a alguno de los seres. Tomás aprovechó para hablar:
— ¡Tranquilos! ¡Todo fue un mal
entendido! ¡Los invitamos aquí para conocernos mutuamente!
Otros—lo—Siguen habló, con una
voz ronca. Sus palabras parecían ser esculpidas desde la garganta,
en vez de habladas. Pero, como había predicho Diana, sonaban en
español.
— ¿Conocerrrnos? ¡Nos
invitarrron parrra cazarrrnos!
— ¡Les juro que no!, intentó
explicar Tomás, pero el Líder de los Graahrknut no lo dejó
continuar.
— ¡Porrr supuesto que sí! ¡Nos
tomarrrron por sorrrprrresa! ¿Saben cuántas especies nos han tomado
porrr sorrrprrresa desde que comenzamos a cazarrr entrrre las
estrrrellas? — nadie contestó — ¡Sólo una!
Al decir esto, sus congéneres
comenzaron a aullar. El recuerdo de aquella derrota debía ser
bastante reciente, o al menos nunca había sanado propiamente.
— Insisto, no fue nuestra
intención que se sintieran agredidos. Nuestra nave...
— Nuestra nave está preparada
para atrapar las mejores presas. No nos gustan las crías, o las
especies frágiles. ¡Queremos verdaderos guerreros! ¡Queremos
nutrirnos con su gloria!, dijo Culbert desde el piso. Tomás lo miró,
preguntándole con la mirada si se había vuelto loco. Pero el Agente
le susurró "Confía en mí, sé lo que estoy haciendo".
El Líder de los Graahrknut lo
observó detenidamente. Lo estudió con detalle. Y finalmente soltó
un sonido extraño, que a Tomás le pareció una llamada de
apareamiento. Pero no, era el equivalente Graahrknut de una
carcajada. Sus compañeros rieron también. Tomás, Culbert y Diana
se permitieron soltar un suspiro de alivio.
Minutos después, el grupo de
visitantes se encontraba reunido con Stern, Tomás, Noelia, Culbert y
otros. Diana había llevado a Mike a la enfermería, ayudada por el
otro miembro de Seguridad. Los ánimos ya eran mas distendidos.
— ¿Entonces usted es el Líderrr
de esta nave?
Stern saboreó el momento. Luego
respondió afirmativamente. Aprovechó la ocasión para disculparse
por su reacción inicial al conocerlos.
— No comprrrendo su concepto de
"pedirrr disculpas". Hubo una ofensa de su parrrte, los
desafiamos a una pelea justa y nos derrotó, borrando dicha ofensa.
Ustedes son mejorrres cazadorrres que nosotrrros, por lo que están
en todo su derrrecho de burrrlarse.
Tomás quiso explicar que todo era
un mal entendido, pero Culbert le hizo señas para que no hablara.
Después de todo, lo importante era que los Graahrknut ya no los
atacarían.
Con eso solucionado, había llegado
la hora de comerciar.
Otros—lo—Siguen explicó que en
su cultura, no tenían dinero, sino que los intercambios de bienes se
cobraban en alimento o presas vivas. Tomás mandó llamar a
Florencia, entonces, para que trajera un plato de aquella pasta negro
azulada que era hasta el momento su única fuente de alimento.
Minutos después la chica a cargo del Buffet hizo su aparición, con
su timidez característica. Traía una bandeja con varios platos de
pasta alimenticia cortada en cubos.
Los Graahrknut tomaron los cubos con
dos enormes dedos, los llevaron a su hocico y olfatearon. Se miraron
entre ellos y finalmente los llevaron a sus bocas. Luego de
tragarlos, Otros—lo—Siguen dio su veredicto:
— No tiene saborrr. Su texturrra
es desagrrradable. No tiene... no hay palabrrras en su idioma parrra
lo que voy a decir, perrro no tiene Rrargargnng.
— Alma de la presa — aclaró
Culbert.
— ¡Exacto! Alma de la prrresa...
Y aún así tiene todos los nutrrrientes necesarrrios parrra que un
cazadorrr se mantenga en forrrma durante larrrgos viajes.
Saboreador—de—Médulas acotó:
— Y almacenarrrla ocupa mucho
menos espacio que nuestros corrales de a borrrdo. Si aprrrendemos a
prrroducirrr algo así, podrrríamos optimizarrr el espacio interrrno
de nuestrrras naves.
— ¡Podrrríamos llegarrr más
lejos! ¡Encontrarrr nuevos desafíos! — dijo su Líder.
— Es verrrdad — agregó
Cazador—de—Presas—Ágiles, y luego cuestionó — ¿Pero
valdrrría la pena un viaje con esa comida?
Saboreador—de—Médulas lo miró
y se quedó en silencio, analizando la cuestión. Luego emitió su
veredicto:
— Sólo las potenciales
victorrrias a conseguirrr después de semejante viaje podrrrán
saberlo. Quizás sí. Quizás no.
Stern habló:
— Tenemos un dicho en nuestro
mundo: "El que no arriesga, no gana".
Otros—lo—Siguen sonrió al
escuchar esa frase. Miró detenidamente a Stern. Luego dijo:
— Su gente es sabia. Ustedes son
una especie muy... parrrticularrr. Se han ganado nuestrrro rrrespeto,
cuando conocimos a Bufanda—de—Intestinos. Luego los
desprrreciamos al conocerrrlos en video. Volvierrron a ganarrrse
nuestrrro rrrespeto al salvarrrnos. Luego nos atacan a trrraición. Y
ahorrra nos demuestrrran sabidurrría. — nadie supo qué decir. Las
siguientes palabras definirían si todo terminaría en un apretón de
manos o a los tiros. — ¡Aceptamos su extrrraña comida! Y les
daremos trrres bueyes Rrohmg a cambio.
— Esos bueyes harrrán que mi
viaje sea un poco mejorrr — comentó Cazador—de—Presas—Ágiles.
Los humanos se lo quedaron mirando, sin entender. Otros—lo—Siguen
se sintió obligado a explicarles.
— Su Exploradorrr,
Bufanda—de—Intestinos, tomó de rrrehén a
Cazadorrr—de—Prrresas—Ágiles y luego le perrrdonó la vida.
Porrr eso, su existencia le perrrtenece. No se puede separrrarrr
aquello que una cacerrría ha unido.
Culbert miró a sus compañeros,
confundido. Luego a aquel grandulón de no menos de 300 kilos que
acababa de convertirse en su responsabilidad.
Cazador—de—Presas—Ágiles levantó su labio superior y resopló
por el hocico. Era un equivalente Graahrknut a un guiño de ojos. Los
extraterrestres lanzaron una vez más aquel ladrido que tenían por
risa.
— Bien — dijo Tomás, cortando
aquel incómodo momento de estupor — entonces... ya que vas a ser
uno más de nosotros... ¿Cómo era tu nombre?
El gigante lo miró y dijo, con
orgullo:
— Mi nombrrre es
Cazadorrr—de—Prrresas—Ágiles, un nombrrre que gané en mi
Rrrito de Crrrecimiento.
— ¿Podemos llamarte de alguna
manera más corta? — preguntó Noelia — ¿Caz, por ejemplo?
Cazador—de—Presas—Ágiles
gruñó, disgustado. Otros—lo—Siguen golpeó la mesa con el codo.
Cazador—de—Presas—Ágiles lo miró y bajó la vista. Luego
dijo:
— Sólo si aquel que me ha vencido
lo aprrrueba.
Culbert asintió.
— No tengo ningún problema.
El oso extraterrestre contuvo otro
gruñido y dijo a regañadientes:
— Entonces pueden llamarrrme Caz.
CAZ
Varias horas después, habiendo
recibido bastante información sobre el territorio en el que se
encontraban en aquel momento y las civilizaciones que lo poblaban,
llegó el momento de decir adiós. Adiós a sus compañeros. A su
vida como la había conocido. A su nombre. ¿A la posibilidad de
volver a cazar? Sintió una fuerte ansiedad.
Se encontraban frente a la puerta de
salida de la nave que a partir de ahora sería su hogar. Sus antiguos
compañeros de viaje hablaban despreocupados con estos nuevos seres.
Estos... Humanos. No pudo seguir conteniéndose y soltó un ronroneo
de fastidio. Saboreador—de—Médulas lo oyó y se le acercó con
presteza. Le habló en su lengua natal:
— ¡Silencio! ¡Esas muestras de
frustración son típicas de niños y estúpidos! ¡Y no eres ninguna
de las dos cosas!
— Pero... ¡Mi destino no está
aquí, entre estos pequeños y debiluchos seres! ¡Mi destino está
allí, entre las estrellas! ¡Rastreando comunicaciones y signos de
vida con ustedes! ¡Buscando nuevos cotos de caza, nuevos sabores con
los cuales enriquecer nuestro menú!
— Tu destino aún no llega, joven
Cazador—de—Presas—Ágiles. Crees que tu vida es la piel de tu
presa, pero aún te falta descubrir su carne, sus vísceras, y el
interior de sus huesos.
— ¿Dices que mi viaje recién
comienza?
Su amigo sonrió con picardía.
— No por nada me llamo
Saboreador—de—Médulas, jovencito. He vivido mucho. He tomado a
la presa de mi vida y la he saboreado hasta el tuétano. No me
importaría morir, ahora que he tenido una existencia plena. Pero sí
me molestaría ver que te rindes, cuando aún no entiendes que el
verdadero festín no está en la cacería en sí, sino en los
compañeros con quienes disfrutas dicho festín... Sin importar qué
tan improbables sean estos compañeros.
Y se alejó sonriendo, hacia el
interior de su nave.
Cuando llegó el momento de
despedirse de Otros—lo—Siguen, Cazador—de—Presas—Ágiles se
preparó para atesorar aquellas palabras de despedida, dichas en su
lengua natal. Sabía que no volvería a oír su idioma en mucho
tiempo.
—Nunca olvides tu nombre. Y
recuerda que la más ágil de las presas es la vida misma.
Cazador—de—Presas—Ágiles
saboreó cada matiz idiomático de aquella frase. Había
implicaciones más profundas en el idioma Graahrknut que lo meramente
dicho con palabras. Era una combinación de imágenes sensoriales que
se incluían entre cada palabra. Y Otros—lo—Siguen había
incluido el sabor de la carne, la sensación de la adrenalina
fluyendo por las venas, los sonidos de una presa desprevenida,
indefensa, y la dicha que se sentía cuando entre compañeros se
disfrutaba del festín posterior a la cacería.
Cazador—de—Presas—Ágiles
ronroneó complacido. Ambos extendieron sus brazos hasta que la mano
de cada uno estuvo entre los dientes del otro. Y se mordieron con
fuerza, hasta que cada uno saboreó la sangre del otro.
Y cuando se separaron y la puerta se
cerró detrás de su antiguo Líder, Cazador—de—Presas—Ágiles
dejó de existir.
Y nació Caz.
DIANA
Había sido un buen golpe el que
había sufrido Mike. Su mandíbula estaba fuera de lugar y fracturada
en tres partes. Por suerte la enfermería estaba muy bien equipada.
Diana uso una especie de lápiz que servía para adormecer los
nervios y calmar el dolor. Era lo más parecido a un anestésico que
tenía a su disposición, pero era igualmente efectivo, así que no
se quejó. Luego reconstruyó la mandíbula, desde el hueso hasta los
dientes, pasando por los tendones y músculos, y comenzó a
fortalecer la estructura ósea usando un artefacto al que ella
llamaba "el suelda huesos". Cuando estaba casi terminando,
fuera ya de toda presión, recién ahí se puso a hablar.
— ¿Tas mejor? — preguntó, sólo
para agregar — ¡No hables, nene! ¡Esa quijada va está delicada
como dos hora' má'!
Mike asintió. Ella le palmeó el
hombro con fuerza.
— Así que ya sabé, ¡Chito la
boca! ¿Estamo'? — se alegró cuando su paciente solamente asintió
— Bien, así me gusta, que le haga caso a la "dotora".
Se puso a acomodar los utensilios
que había usado para curarlo. Y mientras, siguió hablando.
— Ahora, cuchame una cosa, ¿Ya es
la segunda vez que te emparcho, ¿no? ¿Te vas a andar lastimando
seguido vó'? — No esperó ni se fijó si había una respuesta a su
pregunta. Siguió hablando. — ¡Casi muerto estabas la otra vé'!
¡Todavía guardo la bala que te saqué de la panza! ¡La primera
bala que saqué en mi perra vida!, perdón por la "espresión".
Siguió guardando cosas, en
silencio. De golpe se paró a pensar algo, como considerando una
idea. Dejó lo que estaba haciendo y se le acercó, mirándolo fijo.
— Vó sos yanqui. ¿Sos amigo del
loco ese? ¿El que dice que Jesú es un marciano? — Mike asintió,
preocupado — ¡Tranca, nene! ¡Por mí, que crea que Jesú es una
piba de Loma de Zamora! ¡Tá todo bien! ¡Si por eso fuimo' con mi
Juli a ese Encuentro! ¡Pá tené la cabeza abierta! — Contuvo el
llanto mientras decía la última frase. Por un momento reinó el
silencio en la enfermería, hasta que ella inspiró profundamente y
siguió trabajando. — ¡Bué, ya está! ¡Ahora nada de comer
sólido', ni agarrarse a las piña'! ¿Estamo'? — bufó una sonrisa
irónica y acotó — Con lo de no comer sólido no vas a tener
problema', igual.
Mike sonrió tímidamente. Ella le
golpeó el hombro con fuerza.
— ¡Ya podés hablar tranquilo,
paparulo!
— ¡Oh, OK!, respondió
sorprendido.
— Te decía, que si sos amigo del
yanqui.—Mike asintió — Bueno, entonce' te voy a pedir un favor:
necesito que le recuerde' que yo quiero volver a casa. Que quiero
volver a ver a mi hija. Porque todo muy lindo con este viaje por las
estrella', pero mi Juli está solita allá en la Tierra y me
necesita. Tá enferma, pobrecita. Y creo que ahora sé cómo curarla.
¿Estamo'?
— Estamos — respondió Mike,
mostrándose mucho mas convencido de lo que en realidad estaba.
RAÚL
Acababan de decirle que el
extraterrestre iba a trabajar con él. Eso le pareció extraño. De
alguna manera podía aceptar estar viajando en una nave espacial,
podía aceptar todos aquellos conocimientos técnicos tan avanzados
que tenía en su cerebro, y hasta que Dios lo había elegido para
aquella misteriosa peregrinación. Pero el tener un ser de otro mundo
a su cargo... eso le daba otra perspectiva al asunto. Era la
confirmación de que todo lo otro era más que una simple fantasía.
Por suerte, en aquel viaje estaba
Noelia, quien le aportaba su cuota de "normalidad", con su
carácter luminoso y sus proyectos divertidos. Pensaba en ello
mientras terminaba de construir la "llave", el aparato que
iban a usar para forzar la misteriosa puerta que habían encontrado.
Su turno ya estaba terminando, así
que llamó a su amiga y se lo contó. Arreglaron encontrarse frente a
la puerta, en quince minutos.
— ¿Nerviosa?, preguntó el joven,
sonriendo, cuando llegaron allí.
— ¡Ansiosa!, respondió Noelia.
Ambos rieron.
Al principio la puerta se resistió.
Parecía querer usar toda su voluntad para evitar que los secretos
que resguardaba se descubriesen. Hasta que finalmente cedió. Y lo
que había del otro lado los dejó mudos...
...de la decepción.
No había nada, ni nadie. Al otro
lado de la misteriosa puerta cerrada herméticamente tan solo había
una habitación vacía. Otro de los tantos cuartos vacíos que
poblaban la nave, esperando ser transformado en una oficina, un
dormitorio o incluso un armario para guardar escobas.
Los amigos intercambiaron miradas de
desilusión.
— Quizás haya un panel oculto, o
una puerta secreta, bromeó Raúl.
— O una cámara de los secretos,
continuó la broma Noelia.
— ¿Expelliarmus?
Ambos lanzaron una sonora carcajada
que ahuyentó al fantasma del desencanto.
La risa de Noelia se interrumpió de
golpe.
— ¡No voy a rendirme, Raulo!
Él la miró y asintió.
— Yo tampoco, Noe.
Y continuaron recorriendo los
sinuosos corredores.
CULBERT
"De vuelta en casa", pensó
cuando entró a su habitación. No gastó tiempo en pensar que
todavía no se cumplía una semana desde que habían abordado aquel
Arca. Mucho menos en considerar que había pasado los últimos dos
días fuera de ésta. Lo que le importaba era que aquella habitación
se sentía como un hogar, incluso cuando su única decoración era la
pequeña foto de sus padres que había sacado de su billetera para
pegarla en una de las paredes.
Se tiró un momento a descansar. Las
últimas horas habían sido realmente agotadoras. Y entonces
golpearon a su puerta.
Era Caz. El gigante de piel grisácea
lo miró fijamente desde sus dos metros y medio de altura. Todavía
se estaba familiarizando con las expresiones de los Graahrknut, pero
estaba seguro de que no había furia ni hambre en sus amarillos ojos.
— ¿Qué sucede, Caz?
El extraterrestre se mordió un
labio al escuchar el apócope de su nombre. Fue su única muestra de
disconformidad.
— Me prrresento ante tí,
Prropietario.
Una de las cejas de Culbert se alzó.
— ¿Propietario?
— Errres dueño de mi vida y mi
destino. Soy tu prrropiedad y lo serrré hasta mi muerrrte.
Culbert intentó explicarle que en
su cultura nadie podía poseer a otra persona, a lo que Caz
respondió:
— De acuerrrdo con mi cultura, si
no me aceptas como tu prrropiedad estoy obligado a cazarrrte y luego
de devorrrarrrte deberrré acabarrr con mi vida. La muerrrte porrr
rrrechazo es una de las peorrres muerrrtes. No tiene honorrr.
— Ok, ok. ¡Serás mi Propiedad!
¡Pero quiero que nos tratemos como iguales! ¿Entendiste?
El extraterrestre lo miró
confundido. Luego se golpeó las piernas con las palmas de sus zarpas
y murmuró disgustado "¡Humanos!"
Entró en la habitación, todavía
con su bolsa de pieles cosidas que usaba para transportar sus cosas.
— ¡Un momento, un momento! ¿Qué
estás haciendo?
Caz abrió la bolsa y desparramó su
contenido en un rincón. Había piedras, pastos secos, huesos y, por
supuesto, vísceras y carne. Mientras las acomodaba en el lugar que
había elegido como suyo, formando una especie de nido, dijo:
— Preparando mi lugar para dormir.
— ¿Vas a dormir aquí? ¡No tengo
otra cama!
— No necesito una cama,
Prropietario. El suelo está bien parrra alguien como yo.
— ¡Pero tenemos habitaciones de
sobra!
— ¡Mi lugarrr es aquí, contigo!
Culbert se dio cuenta de que era
imposible discutir con aquel ser. Se volteó y fue a acostarse, pero
no pudo dormir. Por más que le diera la espalda no podía evitar
pensar en que alguien estaba allí a su lado, durmiendo en el suelo.
Así que tomó sus sábanas, las sacó de su cama y las tiró en el
rincón opuesto al que había elegido su compañero de cuarto.
— ¿Ves?, — le dijo, enojado—,
¡Iguales!
Y se acurrucó en el piso.
Lo último que escuchó antes de
dormirse fue un bufido de su compañero y una palabra:
— ¡Humanos!
TOMÁS
En uno de los corredores laterales
de la nave había una sección de aproximadamente cinco metros de
largo totalmente transparente. Había sido descubierta por uno de los
ingenieros, que se lo había reportado a Raúl, quien inmediatamente
se lo contó a Noelia y al resto del personal del puente. Lo habían
bautizado "El Mirador". Tomás había querido verlo desde
que se enteró que existía, pero no había tenido tiempo para
hacerlo. Y ahora que lo hacía, estaba tan fascinado por la vista,
que no tenía posibilidad de pensar en cuánto lamentaba no haberlo
hecho antes.
En aquel momento pasaban a cierta
distancia de una guardería estelar. La enorme nube de gas y polvo se
iluminaba con miles de luces provenientes de estrellas recién
nacidas. Era la más maravillosa de las vistas que había disfrutado
en su vida.
Una silueta en el borde de su visión
lo sacó del ensimismamiento. Era Florencia. Estaba congelada a unos
pasos del comienzo del majestuoso ventanal. Congelada de miedo, por
la expresión de su rostro.
Se le acercó un poco, conservando
algunos metros de distancia.
— ¿Estás bien?
Ella asintió enfáticamente. Luego
lo miró brevemente a los ojos y bajó la vista al suelo. Negó con
la cabeza.
— Nun... Nunca me animé a venir
acá.
— ¿Por? ¿Tenés vértigo, o algo
así?
Ella empezó a asentir, pero se
interrumpió. Los dedos de su mano derecha tamborileaban
nerviosamente sobre su mano izquierda.
— Tengo vértigo, pero acá no.
Tomás no entendió. Se quedó
esperando una explicación, pero no llegaba, así que le dijo:
— Perdón, no te entendí.
Ella tomó aire. Sus dedos eran los
palillos de la batería de una banda de power metal.
— En una terraza, un balcón, un
avión o arriba de una silla sí tengo vértigo. Porque si me caigo
me golpeo contra el piso. Acá no hay piso, ergo, no tengo vértigo.
— ¿Entonces?
— Entonces que en el buffet tengo
paredes. Y piso. Y techo. Como en mi casa. Puedo escuchar a todos
hablando de tal estrella, o de cual nebulosa, o hasta de
extraterrestres. Pero para mí están hablando de Star Wars, y me
quedo tranquila. Esto es distinto.
— Esto te prueba que es real eso
de estar viajando por el espacio.
Florencia no respondió, pero dio a
entender con el rostro que Tomás había acertado.
Durante un tiempo se quedaron así,
ella mirando el piso, él mirándola a ella. Entonces recordó algo.
— Una vez en el secundario tuve
que leer a un filósofo que decía que nada es real. — Ella lo
miró, intrigada — El tipo decía algo así como que de lo único
que uno puede estar seguro es de que uno existe, porque está
pensando en su propia existencia. Nunca se me dio por leer filosofía,
pero creo que según lo que decía este chabón, no tendrías que
tenerle miedo a esta ventana, porque a lo mejor te la estás
imaginando. Y no hay nada peor que tenerle miedo a algo que no está
ahí, ¿No?
Ella mostró una sutil sonrisa. Y de
a poco se fue acercando a él. Cuando estuvieron uno al lado del
otro, ella se animó a mirar por el ventanal. No pudo evitar un
suspiro de sorpresa.
— Hermoso, ¿no?, le dijo y ella
asintió, muda de asombro.
— Descartes — dijo ella, de
repente. Él la miró sin comprender, así que agregó — Es el
nombre del filósofo que me decías recién. A mí sí me gusta la
filosofía.
Y siguieron mirando en silencio,
hasta que Tomás empezó a sentirse incómodo por la situación.
— Tengo que irme — dijo, sin
molestarse en plantear una excusa. Ella lo miró, inexpresiva.
Cuando había avanzado unos diez
pasos, escuchó a Florencia llamándolo. Se giró. Ella aún miraba
las estrellas y sin dejar de mirarlas le dijo:
— Gracias por ayudarme, jefe.
Una vez más no le entendió, pero
ella tampoco le explicó nada. Siguió mirando hacia afuera incluso
después de que él la perdió de vista.
STERN
"Soy el Profeta. El elegido de
Dios. El descendiente de Moisés, Jesús, Smith y los demás. ¡No
voy a dejar que un sudamericano cualquiera me quite mi lugar en la
historia! ¡Porque Dios me eligió a mí, no a él!".
Eso era lo que pensaba Stern,
mientras se reunía con Mike, Valeria y un puñado de tripulantes
fieles en su habitación. Desde luego, lo que dijo fue completamente
distinto:
— Les pedí que vinieran porque
confío en ustedes. Como bien saben, estamos en una misión sagrada.
Tras sufrir durante largos años las burlas y humillaciones, tras
haber sido perseguidos y denunciados, calumniados y amenazados,
finalmente llegó el único juicio que debe importarnos: el Juicio de
Dios. Y él, en su infinita sabiduría nos ha encontrado dignos y nos
ha salvado. Como también ha salvado a otros. Hermanos que no
comparten nuestras creencias, que incluso se burlan de ellas. Por eso
está en nosotros el poder evangelizarlos, el convertirlos a nuestra
religión y hacerles ver lo erróneo de su visión del mundo. Porque
somos los elegidos, los portadores de la luz de la verdad. Y aquellos
que no están en la luz, están en la oscuridad. Y en un planeta
paraíso no hay lugar para la oscuridad. ¡Así que vayan, mis hijos!
¡Prediquen la Palabra! ¡Salven las vidas de aquellos que nuestro
Padre ha preseleccionado! ¡Porque si Él los eligió, es que en
algún recodo de su alma hay un pequeño destello de luz, o una
prueba que debemos afrontar!
Todos aplaudieron y salieron a
cumplir con su "misión sagrada". Todos, excepto Valeria y
Mike, a quienes detuvo Stern. Cuando quedaron a solas, el tono
teatral de Stern cambió hacia formas más confidenciales.
— No todos van a salvarse —
confesó, y agregó — Y no quiero que todos se salven. Valeria,
quiero que vigiles bien a ese Tomás. Me dejó en ridículo frente a
los Graahrknut y nuestra tripulación. Mike, va lo mismo con nuestra
doctora.
— ¿Con la doctora? ¿Por qué?
Stern lo miró, con suma violencia
en sus ojos. Sin embargo, habló con una calma congelante.
— La doctora quiere volver a la
Tierra. Eso puede provocar que otros quieran acompañarla. Y perder
gente es un lujo que no podemos darnos. Así que vas a vigilar a tu
amiga la doctora...
— ¡No es mi...! — y prefirió
interrumpirse al ver la cara de su Líder.
— Vas a vigilar a tu amiga la
doctora. Y me vas a contar todo lo que hace y dice.
Valeria habló, aún acostumbrándose
a esta posición de confianza:
— ¿Y qué va a pasar con este
Tomás y la doctora si no se convierten?
Stern sonrió y le acarició con
ternura la nuca.
— A ellos dos no los quiero
convertidos. ¡Los quiero muertos!




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