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EPÍLOGO
El funeral de Stern se realizó en el hangar.
La mayoría de los que se presentaron habían sido sus seguidores desde antes de
la llegada de aquella milagrosa nave, con la notable excepción de aquellos que
habían decidido regresar a la Tierra. Hubo otras dos ausencias que a muchos les
llamó la atención. Una de ellas era Michael Parrish. La otra era el Capitán de
la nave, Tomás.
Ambos se habían encontrado en el buffet,
dándole un cierre a su historia con el antiguo Capitán a su manera. Mike dudó
mucho antes de acercarse a la mesa de Tomás. Finalmente juntó valor y lo hizo.
— Pensé que iba a presidir la ceremonia,
Señor.
Tomás levantó la vista, sorprendido. No se
acostumbraba todavía al trato formal que venía con su nuevo rango.
— No, no creo que sea necesario. Tuve mi
despedida de él en el hospital de a bordo. No necesito volver a verlo.
Mike comprendió de lo que hablaba. Él sentía
lo mismo.
— Lo entiendo, en verdad. — Se quedaron
reflexionando un momento, en silencio. Luego, Mike no pudo resistirlo y habló:
— ¡Me siento obligado a pedirle perdón! Yo... ¡Mirando hacia atrás hay cosas
que no puedo entender cómo las hice!
Tomás no lo miró. Se quedó sentado allí, con
la mirada perdida en el horizonte, considerando si debía o no contarle la
verdad a aquel hombre.
— ¿Alguna vez escuchaste cómo escapó Manson de
su celda?
— No. Dave nos tenía prohibido leer sobre
Manson.
Tomás torció la cabeza, sorprendido por
conocer aquella actitud de Stern. ¿No quería que sus fieles los comparasen?
Probablemente.
— Se dice que Manson estaba encerrado y
simplemente le pidió al policía que lo custodiaba que abriera la puerta de la
celda. Y el pobre hombre no pudo evitarlo. — Mike abrió sus ojos, genuinamente
sorprendido — Lo que quiero decirte es que esos tipos tienen un nivel de
persuasión muy superior a cualquier persona que conozcas. Stern sabía qué
decir, qué hacer y cómo decirlo para obligarte a hacer su voluntad. No te
culpes, flaco. Acá la víctima sos vos.
El corazón de Mike latió con fuerza al oír
aquello. Contra todo protocolo o enseñanza previa decidió hacer, por una vez en
su vida, lo que sentía. Y abrazó fuerte a su nuevo Capitán.
— ¡Gracias, Señor! ¡Muchas gracias!
Fue más fuerte que él. Para algunas cosas,
Tomás todavía era aquel ingenuo chico que había dejado atrás los conflictos de
una familia muy difícil. Sus mejillas se tiñeron de rojo.
Camino al puente se cruzó con Enrique. El
oficial de Comunicaciones intentó disimular lo que estaba haciendo, sin mucho
éxito. Tomás lo había sorprendido conversando con Valeria, la antigua novia de
Stern. Cuando lo vieron venir ambos se alejaron un paso hacia atrás y se
despidieron. Ella pasó junto a Tomás y lo saludó:
— ¡Capitán!
Ella escondía mejor sus nervios que su amigo.
Enrique y Tomás caminaron juntos, al principio
en silencio. Hasta que Quique decidió explicarse:
— ¡Capitán, le juro que no estaba pasando
nada!
Tomás lo estudió, en silencio. No era el mejor
juzgando las intenciones de la gente, pero su interlocutor no tenía por qué
saberlo.
— ¿Nada como qué, Quique?
El joven tragó saliva ruidosamente.
— ¡Nada de nada! ¡Bah, nada malo! ¡Estábamos
hablando, nada más!
Tomás dejó de caminar. Quería terminar aquella
charla afuera del puente, entre ellos dos.
— Quique, yo sé que vos estuviste del lado de
Stern, ya me enteré. Pero también me contó Culbert que sin tu ayuda yo no
estaría acá. Yo creo en eso, chabón. Creo en ese Quique que se jugó
literalmente la vida para lograr que yo pudiera volver. — El joven DJ suspiró
aliviado — ¡Pero ojo! Esa chica puede ser todo lo linda que quieras, pero no te
olvides que cuando empezó a pasar hambre, lo primero que hizo fue intentar
seducir a Stern para ganar una posición de privilegio. Y ahora él ya no está.
¡Estate atento! ¡Que no te use!
Enrique lanzó una pequeña carcajada. Tomás lo
miró sin comprender.
— Justamente eso estábamos hablando recién.
Que vamos a ir despacio. Y que cada cual tiene que tener su espacio, sus
opiniones. — Bajó la voz para hacer una confesión. — ¡Nunca tuve una relación
seria! Y ella quiere eso. Pasó mucho miedo al lado de Stern.
— Me imagino. — Quiso terminar la charla
dejándole algo en claro: — Allá en el puente voy a ser tu Capitán, sí. Pero
allá, acá y en cualquier planeta que visitemos, podés contar conmigo como
amigo. ¿Sabés?
Enrique le palmeó la espalda.
— Ya sé, man. Ya lo sé.
Entraron al puente. Enrique ocupó su puesto.
Tomás se acercó a Culbert.
—Señor Culbert, ¿Cómo viene con la redacción
de las leyes?
— Bastante bien. Siendo que la mayoría de los
tripulantes son argentinos, estoy familiarizándome con su sistema legal, así
establecemos algo que casi todos ya conozcan. Y lo estoy modificando con
cláusulas o leyes de otros países.
Tomás se mostró complacido.
— Buen trabajo. Una sola cosa te pido: no
incluyas ninguna ley que autorice a portar armas. Somos exploradores, no
soldados.
Culbert asintió.
— ¡De acuerdo, Señor!
— Hay otra cosa que quiero pedirte: Voy a
diseñar protocolos y procedimientos para las tareas de rutina. Necesito tu
ayuda. Tenemos que coordinar con los jefes de cada sección para conocer bien la
manera de trabajar de cada uno. ¡Ya no vamos a ser un grupo de improvisados!
¡Vamos a mejorar la eficiencia de nuestra gente!
Había entusiasmo en su voz. Estaba haciendo
aquello que había anhelado hacer toda la vida, sin siquiera saberlo.
Culbert asintió, notoriamente contento.
Finalmente se sentía cómodo en su trabajo. No le importó para nada que aquella
tranquilidad estuviera basada en una mentira.
Tomás se sentó en su silla. Llamó a la sala de
motores y pidió hablar con Raúl.
— Dígame, Capitán.
Tomás respondió, sonriendo:
— ¡Capitán!
Raúl lanzó una sonora carcajada y redobló la
apuesta:
— ¡Gracias! ¡Muchas gracias!
Tomás no pudo mantenerse serio, aunque lo
intentó con todas sus fuerzas y respondió:
— No hay de queso, nomás de papa.
La respuesta fue una nueva carcajada que se
contagió por ambas secciones de la nave. Los únicos serios y hasta confundidos
eran Culbert en el puente y Caz en la sala de motores.
— ¡No sabía que en Perú miraban Chespirito!
Ahora hablando en serio, Raúl, ¿Cómo es el asunto de la copia off-line de
Internet que me comentaron? ¿Se puede hacer todo lo que podíamos hacer allá en
la Tierra?
— Todo. Y más también. Con las limitaciones de
una copia off-line, desde luego. Podemos bajar archivos, navegar, leer, etc.
También podemos usar los programas hackeadores del sistema autónomo de la nave
para deshabilitar contenido cifrado o en la Deep Web. ¡Hace un rato uno de mis
muchachos consiguió violar la seguridad de la bolsa de comercio de Tokio! ¡Sólo
por diversión, por supuesto! No es que le redituara de alguna forma.
— Ustedes se divierten de maneras bastante
inusuales allá abajo. Yo me hubiera bajado un emulador y algún buen juego. Lo
que me lleva a lo que estaba pensando. Quiero que se instalen en el buffet
terminales con acceso a Internet. ¡Que todo el personal pueda conectarse!
Raúl aprobó la idea. Sin decirlo, se le notaba
el entusiasmo en el rostro. Algo similar sucedió con la gente del puente.
— ¡Podemos hacerlo, sí!
— Y algo más. — El jefe de ingenieros lo miró
desde la pantalla, expectante — Quiero diseñar un programa de entrenamiento
para nuestras funciones. Desde luego que no va a haber nada parecido a lo que
estamos haciendo en ningún sitio de Internet. Por eso voy a hacerte una lista
de libros, series y películas de ciencia ficción que me parecen importantes
para nuestra vida de exploradores.
Noelia interrumpió la charla para hacer una
sugerencia:
— Vamos a necesitar una sala de cine,
entonces.
Raúl asintió.
— El hangar 18 está sin uso.
Tomás estuvo de acuerdo con la propuesta.
— ¡Entonces que el hangar 18 sea nuestra nueva
sala de cine! Noelia, ¿Querés encargarte de organizarla?
Los ojos de la joven brillaban.
— ¡Obvio que sí!
Había un aire nuevo en el ambiente. Y cada vez
se notaba más.
Al finalizar su turno, decidió dar una caminata
antes de irse a dormir. Sin quererlo, llegó hasta el mirador. Ahí pudo
contemplar en vivo aquello que ya había visto un rato antes en la pantalla
principal del puente: un sistema binario, con una estrella enana roja orbitando
una gigante azul. Era un espectáculo fascinante.
Diana y Florencia venían caminando por el lado
contrario. Se le unieron a mirar el espectáculo.
— ¡Qué de cosa' linda' que hay en el espacio!
¿No?
Los jóvenes asintieron, mudos ante semejante
belleza. Finalmente Tomás habló:
— ¡Gracias por quedarte, Diana! Honestamente,
pensé que ibas a ser la primera en irte.
— No tengo nada allá, nene. — Respondió ella,
con su voz inundada de lágrimas reprimidas. — Hay un par de viejas loca', como
yo, que a veces nos juntábamo' a jugar al truco y chusmear. Pero nada má'. Y
recuerdo'. Demasiados recuerdo'. Acá, en cambio, la tengo a ella. — Abrazó a
Florencia con un brazo, ella intentó brevemente separarse, pero luego cedió. —
Ademá', alguien tiene que vigilarte, pá que no termine' metiendo la pata con el
próximo loco religioso que te cruces.
Los tres rieron. Entre risa y risa, Diana le
lanzó una fugaz mirada seria que Tomás entendió. Aquello no era una broma, se
quedaba también para protegerlo. Recordó lo sucedido en el hospital de a bordo
y sintió una corriente helada en su espalda.
— ¡Bienvenida, entonces, a la Nave de los
Pioneros!
La doctora frunció la boca.
— ¡Más bien, la nave de los loco'!
Y Florencia agregó:
— Creo que tenemos un poquito de cada una de
las dos. Si no es que son sinónimos entre sí.
Tomás y Diana festejaron la ocurrencia. De
pronto, la doctora pareció recordar algo.
— ¡Me tengo que ir a la guardia! ¡Parece que
una de las chica' de la sala de motore' tiene un retraso. ¡Mirá si tenemo' un
bebé en camino! ¿No sería lindo? ¡Nos vemo'! —Y mientras besaba a Tomás en la
mejilla le susurró: — ¡Y vó' a ver si te avivás de una vé', nene! ¡Ya te lo
dije!
La doctora se marchó, dejando atrás a un joven
Capitán con su rostro enrojecido por la vergüenza.
Tomás y Florencia se quedaron mirando aquellas
estrellas, dos grandes bolas de fuego entrecruzadas en un baile milenario.
Ninguno de los dos se animaba a decir algo. Finalmente fue ella quien habló:
— Diana no lo sabe, pero tengo muy buen oído.
Tomás volvió a ponerse colorado. Florencia
también.
— Yo... — Comenzaron a decir ambos al mismo
tiempo. Tomás le cedió el turno. — Vos primero. Por favor.
Ella dudó. Finalmente se decidió a hablar.
— Yo... No soy fácil, ¿Sabés?
— Nadie es fácil, Flor.
Le agradó aquella respuesta. Sin embargo
acotó:
— No, en serio. Tengo tres millones de dramas.
Y no siempre vas a entender de dónde vienen, porque muchas veces yo misma no lo
entiendo.
— Igual yo. Y todos los demás. Acá, en la
Tierra y seguramente en otros mundos también. Todos somos complicados. Todos
somos difíciles. Lo importante es no dejar de respetar al otro, ¿no?
Los labios de Florencia hicieron una leve
sonrisa.
— Y no dejar de ser amigos. — Agregó ella — La
amistad es importante.
Tomás estuvo de acuerdo.
Se perdieron en la visión de aquella inmensidad.
Era el lugar perfecto para un primer beso. La tomó de la mano suavemente y sin
que se lo esperara, ella se soltó. Luego lo miró, avergonzada.
— ¡Perdón! ¡Me hace muy mal cuando me rozan la
piel y...!
— Tranquila, Flor. No tenés por qué
disculparte. Perdón por haberte hecho mal, en todo caso. Ya nos vamos a ir conociendo
mejor y saber qué nos gusta y qué no. ¿Te parece?
Ella estaba por responder cuando la voz de
Enrique por los altavoces los interrumpió:
— ¡Capitán! ¡Al puente, por favor! Captamos
una señal de auxilio proveniente de uno de los mundos de este sistema. ¡Ya
iniciamos protocolos de evacuación en hall de entrada, para evitar incidentes
con el traductor/transportador!
Se miraron. Y rieron. Él le dijo, sonriendo:
— ¿Ves lo que te digo? ¡Yo tampoco soy fácil!
Esto va a pasar bastante seguido, me parece.
Ella miró su reloj pulsera.
— ¡Andá tranquilo! Igual ya tengo que irme a
hacer la cena, o Tobermory va a empezar a protestar.
— Ok. ¡Pero esta historia continuará! ¿No es
cierto?
Ella le acarició una sien.
— ¡Por supuesto!... ¡Capitán!
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